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El PP, del franquismo al totalitarismo por Antonio Mora Plaza

Los partidos de izquierda en España cometen el error de considerar al PP como un partido más dentro de la democracia española, como si fuera un partido que hubiera asumido los principios de una democracia. Y sin embargo el PP no se comporta como tal, como luego enumeraremos. El PP es el heredero de Alianza Popular, que fue el recipiente donde fueron a caer los franquistas de la dictadura que quisieron seguir en el poder –fuera pequeño o grande, local o estatal–. En Alemania, en Italia, en Francia, los partidos que estuvieron al lado o justificando el nazismo fueron desapareciendo e, incluso, fueron ilegalizados. Es en los últimos tiempos donde han renacido de nuevo, aunque con otras etiquetas. En España, tras una transición oportunista por todos los lados, los franquistas permanecieron en el poder, en el judicial, en el poder local y, más tarde, en el autonómico, además de el estatal. Sólo hay que ver algunas biografías de algunos de los actuales líderes (Aguirre, Gallardón, Oreja, Rato, Aznar, etc.).

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Fraga, un ministro del dictador y genocida Franco, fue varias veces ministro y embajador en el Reino Unido durante la dictadura, y este tipo fue durante mucho tiempo –hasta su muerte– presidente del PP. El inmenso error de los partidos de izquierda –PSOE Y PCE– fue considerar que la democracia se constituiría sobre dos pilares: la confusión entre sistema electoral y democracia, y la llamada “reconciliación”. Con ello quedó indemne todo el poder franquista en las instituciones. Pero lo peor de esta falsa transición y esa falsa reconciliación es que ha dejado un cuerpo electoral de origen franquista que vota ahora en masa y acríticamente al PP. No es que todo el que vote al PP sea franquista, pero sí es verdad que todos los franquistas votan al PP. Que los partidos de izquierda hayan confundido la política como manera de ocupar las instituciones con la sociología política –que atañe y se manifiesta en las elecciones– se debe a que estos partidos se han creído el mito de la transición ejemplar y se han olvidado de la sociología política. El llamado suelo electoral del PP es franquista, suelo al que se han incorporado nuevas generaciones que aspiran a algún tipo de privilegio o que desean mantener el que creen tener. No debiera sorprender esta permanencia en la historia, y menos en la historia de España, donde un fenómeno menos traumático que una dictadura de 40 años como fue el carlismo ha sobrevivido durante más de un siglo (recuérdese los sucesos de Montejurra de 1976). Y ahora, cuando este partido heredero del franquismo ha obtenido de nuevo la mayoría absoluta, asoma lo que siempre han tenido los partidos de derecha en España desde que existen como tales (desde el reinado de Isabel II): su carácter totalitario. Me refiero a los partidos de ámbito nacional, no así los partidos nacionalistas, que han tenido otra historia, a veces enfrentada con los nacionales.

Ahora el PP se va atreviendo con todo: 1) De entrada su llamativa oposición y boicot a la almibarada ley de la Memoria Histórica, que el partido que la promulgó –el PSOE, claro- la dejó en manos de los poderes locales; 2) Llamativo es el cambio de la ley para el nombramiento de un comisario político en RTVE. Como alumnos de Goebbels -el famoso ministro de propagada nazi- los del PP saben de la importancia de la propaganda, sobre todo cuando se hace lo contrario de lo que se promete y se miente sobre la realidad (Zapatero manirroto, cuando fue el líder socialista quien comenzó con los recortes en mayo del 2010); 3) Es imprescindible para seguir engañando crear todo un diccionario de eufemismos para no llamar a la realidad por su nombre (“gravamen” por amnistía, “retraimiento” por eliminación, “ayuda” por rescate), lenguaje que recuerda los inventados por Aldous Huxley en Un Mundo Feliz; 4) El ataque al Estado de Bienestar, reduciendo sus presupuestos hasta llevarnos a una segura recesión económica. El PP habla de reducir el gasto público en ¡102.000 millones de euros en tres años!, cantidad que es casi un tercio del presupuesto español actual. Si eso se llevara a cabo volveríamos a la época del Auxilio Social y las cartillas de racionamiento; 5) Y este ataque viene respaldado a su vez por uno de los mantras que se ha instalado en el PP y en sus votantes: que los funcionarios son demasiados, además de ser unos vagos redomados (lo del cafelito del cretino de Beteta). Y lo terrible no sólo es este nuevo chivo expiatorio que el PP ha hecho explícito, sino cómo quiere cargarse este partido la función pública, función que es imprescindible para el mantenimiento del Estado de Bienestar: mediante la eliminación de una paga (que otro cretino como Montoro lo llama “retraimiento”). Eliminación, además, de dudosa constitucionalidad. Es todo un golpe al Estado; 6) No hay que olvidar la laminación del derecho laboral de hace unos meses, de segura inconstitucionalidad en algunos puntos; 7) También las dudas sobre si mantener o no los 400 euros a los parados que hubieran agotado las prestaciones contributivas; 8) La amnistía fiscal a los que, teniendo una deuda tributaria según las leyes existentes, se les ofrece lo que llama el ministro de Hacienda un “gravamen” de un 10% sobre dicha deuda, incluso aun cuando fuera una deuda de origen delictivo. Ley esta también de más que dudosa constitucionalidad;  9) Pero donde se manifiesta la vía totalitaria que ha emprendido el Partido Popular es el ataque sistemático a los inmigrantes. Es el nuevo chivo expiatorio, al igual que los nazis forjaron el antisemitismo como forma de culpabilizar de la situación económica de Alemania durante la República de Weimar. Ahora se intenta que los “sin papeles”, los ilegales, deban pagar 710 euros al año para ser atendidos dentro del Sistema Público de Salud. La cosa es cruel, porque serán ilegales o sin papeles según las leyes que el propio Rajoy y sus secuaces en el Gobierno vayan sacando. Bien es verdad que ya abrió esta caja de Pandora de alguna manera el propio PSOE en el gobierno anterior, uno de sus mayores errores; 10) Hay otros mantras totalitarios que el PP quiere ofrecer a sus votantes. Por ejemplo, el antisindicalismo, la admonición del sindicalismo bajo el pretexto de acabar con los liberados; 11) Otro más: la consolidación en el PP –a falta de ideas creativas– del antisocialismo y el antinacionalismo. Más en concreto, el anti-PSOE, el anticatalanismo y el antivasquismo. Nada originales, por cierto, porque sonantis importados del franquismo, que los ensanchó –no los inventó– junto con el anticomunismo, el antibolchevismo y las conjuras masónicas.

El uso de estos antis en plena crisis y futura recesión recuerda la creación y, sobre todo, el impulso del partido nazi en Alemania. Aquí, sin embargo y por motivos obvios, no hay el otro gran mantra que usaron los nazis del partido (NSDAP): las reparaciones de guerra. Digamos que el equivalente sería “la herencia recibida” del PSOE. Al igual que en el partido nazi y en contra de la creencia popular, tanto en el PP como en el NSDAP se dio ese divorcio tradicional de los partidos de la derecha: que sus militantes son de una extracción social y sus votantes son mayoritariamente de otra cuando adquiere su plenitud “la intención de voto”. Difícilmente pude pensarse que le conviene a los más de diez millones de votantes del PP la política del gobierno del PP. De ahí la necesidad de la mentira, de la propaganda, del eufemismo y del control de cuantos más medios de comunicación, sean públicos o privados. Ese divorcio también se vio en el surgimiento del fascismo, donde el apoyo popular es discutible desde que Mussolini creara el primer fascio (ver Historia general del siglo XX, de Giulano Procacci) en marzo de 1919. Tan poco se fiaba el dictador italiano de sus fuerzas que cambio desde el poder la ley electoral (la legge Acerbo) para asegurase su continuidad. Con esa ley sólo podían votar los mayores de 21 años que pagaran cuotas sindicales –el fascismo surge como una modalidad de sindicalismo vertical, otra analogía– o que pagaran impuestos de más de 100 liras. En el surgimiento del nazismo ese apoyo popular es más tardío. Desde que Hitler se convierte en líder del partido nazi (NSDAP) en 1921 hasta 1930 no pasa el partido de 12 diputados. Es en este año donde eclosiona el partido y saca 107 diputados al Parlamento con 6,4 millones de votos, pero inferior al partido socialista (SPD), que obtiene 8,5 millones en ese momento (verEl nazismo alemán, de Julio Aróstegui).

Aunque haya diferencias entre el surgimiento del PP y los partidos fascistas y nazis, resultan preocupantes sus analogías: el poco respecto a la democracia, confundiendo ésta con un mero sistema electoral, la creación de chivos expiatorios (judíos, inmigrantes), el asalto al Estado (cambio de la ley para controlar la televisión pública de ámbito estatal), los antis (antisocialismo en el PP,  antijudaísmo en el nazi), el intento de controlar los aparatos judiciales del Estado (el Consejo General del Poder Judicial, el Supremo, el Constitucional), la propaganda y la mentira como instrumentos de poder (la repetición de la mentira de Goebbels) y el divorcio permanente en la extracción social y de renta entre los militantes del partido y sus votantes. Coinciden también ese apoyo popular en dos crisis económicas, aunque se ha exagerado la influencia de la misma en el caso alemán y creo que se ha de apostar más por los mitos inventados por los propios nazis y por las reparaciones de guerra. El gran problema del PP es el nulo carisma y nulo también nivel intelectual de sus líderes actuales. Piénsese que Rajoy -y no digamos la inefable E. Aguirre– son prácticamenteanalfabetos funcionales. Y tampoco van más allá en el terreno intelectual los Aznar, los Oreja o las Barberá. Si han llegado al poder es fruto de una clarísima selección adversa.

Por ello me ha parecido siempre un error cualquier intento de llegar acuerdos con el PP. Este partido aspira a la totalidad, al poder absoluto, a saltar el escollo del sistema electoral para llegar al poder, considerando que cuando se ganan las elecciones se tiene derecho a cambiar todo y de cualquier manera, sin respectar el Estado de Derecho y el Estado de Bienestar. Creo que es hora de aislar al PP en su concha de tintes fascistoides y presentar un frente democrático para las próximas elecciones –que a lo mejor son antes de lo que pueda pensarse– para iniciar de verdad una transición democrática sociológica, no sólo meramente institucional como la que se ha dado. Que a estas alturas el PP siga manteniendo una intención de voto del 30% con todo lo que ha hecho este partido en el Gobierno es síntoma de que algo se viene haciendo mal desde la llamada Transición por los partidos de izquierda. El PP ha convertido con sus leyes en terroristas de Estado a sus propios votantes, porque un voto a este partido es un voto contra los inmigrantes, contra los funcionarios, contra el Estado de Bienestar, contra el Estado de Derecho, contra los derechos laborales, contra los nacionalismos históricos y por la recesión económica y el paro. Lo cual es gravísimo y significa que la estrategia de la izquierda ha estado errada desde hace mucho tiempo, desde la misma muerte sin juicio del dictador.

Fuente: nuevatribuna.es

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“La paradoja fue que las democracias vencieron al totalitarismo con ayuda de un régimen totalitario”

Algunas de las mayores barbaries cometidas en el siglo XX se han contado como si fueran el resultado de una patología capaz de inspirar acciones criminales más que como el resultado de decisiones políticas concretas.

Las ciudades rumanas de Ploiesti y Bucarest fueron bombardeadas durante la II Guerra Mundial por soviéticos, ingleses, estadounidenses y, después, por alemanes. “No una semana, tampoco un mes ni un año, sino años enteros”, escribe en sus memorias Raúl S-W Berg, el personaje que protagoniza la Enciclopedia B-S(Periférica), donde el historiador argentino José Emilio Burucúa reconstruye los avatares del siglo XX siguiendo los pasos de una familia judía centroeuropea. La Rumanía de Antonescu se situó desde el principio al lado del Eje. El 23 de agosto de 1944, sin embargo, el rey Miguel dio un golpe de Estado y su país empezó a combatir en el bando de los aliados. En el cielo cambiaron las banderas de los aviones, pero las bombas siguieron cayendo con puntualidad matemática y con más o menos puntería.

En uno de esos ataques los alemanes fueron particularmente certeros. Tras una acometida inicial se impuso la calma, así que Raúl abandonó el refugio y regresó a casa para recoger a Muqui, su perrita. Aprovechó entonces para afeitarse y en esas andaba cuando los aviones retomaron su rutina destructiva. Arrojaron nueve bombas en su calle, desde el número 1 al 17, y una de ellas cayó exactamente sobre el 11, su casa. Raúl y Muqui sobrevivieron sorprendentemente, pero la perrita quedó paralítica. Cuando regresó al refugio para dar noticias de que aún vivía, su mujer le puso un espejo delante: “Me miré; tenía todo el pelo blanco”.

“La brutalidad del comunismo rumano ocultó en gran medida la del nazismo anterior”, escribe José María Ridao en Radicales libres (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). Se ha detenido ahí, en Bucarest, porque está contando lo que pasó con algunos de los grandes intelectuales de aquel país durante ese periodo. Mircea Elíade y Emile Cioran formaron parte de la Legión de Hierro, la sanguinaria organización que permitió a Antonescu imponer en su país medidas parecidas a las que aplicó Hitler en Alemania. Eugène Ionesco y Mihail Sebastian, en cambio, prefirieron distanciarse de sus excesos.

A Raúl se le quedó el pelo blanco de puro espanto. Y ese espanto es una de las marcas del siglo XX, que ocupa seguramente el lugar central de ese libro de Ridao en el que ha reunido una colección de piezas —notas de lectura, apuntes de viajes, reflexiones sobre episodios puntuales de la actualidad, referencias a películas o a encuentros personales— que no parecen tener entre sí conexión alguna pero que terminan, acopladas una detrás de otra de manera cronológica, por proponer una escalofriante panorámica de cuanto les ocurre a hombres y mujeres cuando son atrapados en el torbellino de la historia. Algunos son seducidos por los reclamos de los poderosos, otros padecen sus delirios. Lo que José María Ridao procura es iluminar la “otra cara”, aquella de la que queda apenas rastro, la que atraviesan esos “seres solitarios avanzando en dirección contraria a la multitud, radicales libres”.

“La paradoja fue que las democracias vencieron al totalitarismo con ayuda de un régimen totalitario”

El recorrido empieza en el Egito faraónico, se detiene en el teatro romano de Bosra, pasa por las confesiones de San Agustín o el martirio de Santa Juliana, asiste al tratado de Tordesillas de 1494 o a las Capitulaciones de 1491, observa las infames maniobras de los Médici en la Florencia de Lorenzo el Magnífico, da cuenta de los viajes de Gulliver que contó Jonathan Swift. De Balzac recoge su desafío, con el que pretendió emular a Napoleón: “Lo que él comenzó con la espada, yo lo alcanzaré con la pluma”. Luego entra en Tocqueville y en Richard Burton para constatar como la aventura colonial en África comparte buena parte de sus presupuestos ideológicos con los totalitarismos del siglo XX, y se detiene en La avenida Sydenham, el cuadro que Claude Pisarro pintó durante su forzada estancia en Londres cuando huía de la guerra francoprusiana de 1870. Dostoievski, Turguénev, Ibsen, la invención del cine por los Lumière, la fascinación por la ciencia de Julio Verne, las aventuras de Tarzán, el compendio de sabiduría que arman Bouvard y Pécuchet de la mano de Flaubert.

Ridao entra en el siglo XX de la mano de Kafka y su muralla china. De Italo Svevo recoge un diagnóstico sobre el clima que se vive cuando la Gran Guerra —18 millones de muertos— está a punto de estallar: “Un presente en que el miedo se ha adueñado de la vida cotidiana”. Cuando analiza la obra de Sebastian Haffner sobre la revolución alemana de 1918-1919 apunta que el nazismo se ha estudiado más como una patología capaz de inspirar acciones criminales que como el resultado de decisiones políticas concretas. El testimonio de un viaje de André Gide en el verano de 1936 le sirve para mostrar la deriva totalitaria de la revolución soviética: “Lo que se quiere y lo que se exige es la aprobación de cuanto hace la URSS”, escribió el escritor francés, “lo que se busca, que esta aprobación no obedezca a la resignación, sino a la sinceridad, incluso al entusiasmo. Lo más sorprendente es que se consigue”.

Es imposible sintetizar Radicales libres pues cada pieza tiene vida propia y agarra a su manera los sucesos y las experiencias de momentos muy concretos. Baste señalar, acaso, dos corrientes que fluyen por sus páginas. Una de ellas abunda en una inquietante paradoja: que las democracias debieran parte de su victoria sobre el totalitarismo en la Segunda Guerra Mundial a un régimen totalitario. La otra, que Ridao aborda cuando muestra que no todos los actos de la Resistencia fueron irreprochables o cuando se refiere a la matanza de 22.000 oficiales polacos por parte del Ejército soviético en los bosques de Katyn, le permite subrayar que “lo que importa es recordar que la victoria no puede ser una justificación retrospectiva de todas las acciones que la propiciaron, como la destrucción planificada de Alemania…”.

Avanzar en dirección contraria a la multitud, dice Ridao de su tarea, y por eso se ocupa de desmontar los mitos que consagran un mundo en blanco y negro y que esquivan la complejidad con buenas intenciones. Las piezas de su libro son una invitación a mirar con coraje la infamia a la que tantas veces conducen las grandes causas, pero también a celebrar la valentía de cuantos se negaron a aceptar la versión establecida y pelearon por acercarse a la verdad. Tras la II Guerra Mundial, Ridao avanza a lo largo del siglo, y se sumerge en el laberíntico conflicto de Oriente Próximo, recoge el final del Che Guevara en la selva boliviana, habla del terrorismo de la Baader Meinhof o analiza la guerra de Irak, entre otros asuntos.

“José Emilio Burucúa, J. M. Ridao y Tony Judt procuran ver con claridad los árboles antes de entrar en el bosque”

La informe maraña de la pasada centuria que Burucúa ha atravesado siguiendo la vida de una familia judía y que Ridao, en una parte deRadicales libres, ha rastreado a través de sus lecturas, la aborda Tony Judt en una larga conversación con Timothy Snyder en Pensar el siglo XX (Taurus). En este caso, el historiador se niega a aceptar la versión oficial que de cuanto pasó fue solo “un lamentable historial de dictaduras, violencia, abuso autoritario del poder y supresión de los derechos individuales”. También hubo mejoras de la condición humana en general, dice. Así que se embarca, como Burucúa y Ridao, en la colosal empresa de volver a los hechos, a las vidas corrientes, a esas políticas concretas que se aplicaron en momentos concretos. “Lo primero es enseñar a la gente lo que son los árboles”, le dice Judt a Snyder. “La gente no debería aventurarse en los bosques, ni siquiera en bosques con las sendas marcadas, si no saben lo que es un árbol”.

Es necesario observar, por ejemplo, como hace Ridao, las distintas respuestas que dieron el general Paul Tibbets y el piloto Claude Eatherley a un experiencia que compartieron: arrojar sobre Hiroshima la primera bomba nuclear de la historia. Tibbets estaba convencido de que la bomba había ahorrado muchas vidas humanas y proclamo que “en las mismas circunstancias, volvería a hacerlo”. Eatherly, en cambio, no pudo ya conciliar el sueño y en un momento de extremo pesar, “valiéndose de un listín telefónico, redactó centenares de cartas que dirigió a otros tantos habitantes de Hiroshima escogidos al azar, y en las que simple y angustiosamente solicitaba su perdón”.

Fuente: elpaís.com

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