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¿Todo vale en un conflicto armado? Los límites de las leyes de la guerra
La alerta sobre el posible uso de armas químicas por parte de Bashar Al Assad para masacrar a la población siria motivó reacciones por parte de Estados Unidos y otros países. Aunque más adelante se desmintió la noticia, la mención de armas químicas hizo que Obama advirtiera de que su uso era una “línea roja” frente a la cual no se iban a quedar de brazos cruzados.
No todo vale en un conflicto armado. Las conocidas como “leyes de la guerra” (el Derecho Internacional Humanitario) establecen unos límites.
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¿Qué son y qué establecen las “leyes de la guerra”?
Lo que se conoce como “leyes de la guerra”, que configuran el Derecho Internacional Humanitario (DIH), tienen la difícil tarea de establecer la normas que deben imperar durante un conflicto armado.
El derecho de la guerra debe distinguirse del derecho a la guerra, que regula las circunstancias en que se permite el uso de la fuerza. El primero aplica a todas las partes del conflicto, independientemente de quién lo haya iniciado y de si se respetaron o no las normas sobre el uso de la fuerza.
El objetivo del DIH es atenuar en lo posible el sufrimiento en la guerra. Se aplican a todo conflicto armado, sea o no internacional, y obligan a las partes a respetar ciertas normas dirigidas a regular el modo en que se hace uso de la fuerza: los métodos y medios de combate y la protección de las personas civiles o de personas que ya no participan en el conflicto (estableciendo los derechos y garantías que deben aplicarse a los civiles o a los prisioneros de guerra).
Cómo hacer la guerra: los métodos y medios de combate
¿Qué armamento está prohibido utilizar en un combate? ¿Cómo deben llevarse a cabo los ataques o, mejor dicho, cómo no deben llevarse a cabo? Estas y otras cuestiones se encuentran en la parte del DIH que regula los métodos y medios de combate.
Se regula principalmente en los Protocolos de los Convenios de Ginebra de 1949 que se firmaron en 1977 y en convenciones o tratados que se han ido firmando (en particular para temas relacionados con armamento). Los protocolos establecen que “en todo conflicto armado, el derecho de las partes en conflicto a elegir los métodos o medio de hacer la guerra no es ilimitado”.
Varios principios rigen las normas sobre los métodos y medios de combate. El principio de distinción establece que se debe distinguir entre los combatientes y objetivos militares, por un lado, y las personas y bienes civiles, por otro. Se podrán atacar únicamente los primeros, y están prohibidos los ataques indiscriminados. Además, los ataques deben ser proporcionados y necesarios (desde el punto de vista de necesidad militar). También se prohíbe atacar o destruir los objetos que sean indispensables para la protección de los civiles, y se deben tomar todas las precauciones necesarias para evitar herir o matar civiles. Por último, y aunque sea difícil en un conflicto, rige el principio de evitar “daños superfluos o sufrimientos innecesarios”. Métodos como la perfidia, el terror u ordenar que no se dé cuartel están específicamente prohibidos.
Las armas
Una parte importante de este conjunto de normas es el que se refiere al armamento. De acuerdo con los principios mencionados, el Protocolo I prohíbe las armas, proyectiles, etc., que causen “males superfluos o sufrimientos innecesarios”, y aquellos que “hayan sido concebidos para causar, o de los que quepa prever que causen, daños extensos, duraderos y graves al medio ambiente natural”.
Además de lo que establecen los Protocolos, existen varios tratados internacionales que prohíben el uso de cierto armamento. Entre otros, desde 1925 está prohibido el uso de armas biológicas; desde 1997 el uso de minas antipersona; desde 2008, las municiones de racimo.
Las armas nucleares no están prohibidas por ninguna convención, pero el Tribunal Internacional de Justicia estableció en 1996 que el uso de armamento nuclear sería contrario a los principios y normas del DIH.
Uno de los grandes problemas a los que se enfrenta el DIH es la falta de control en el comercio de armas. El negocio de las armas representa uno de los negocios más lucrativos del mundo. Desde hace años se habla de la firma de un Tratado de Armas que no acaba de llegar.
El debate sobre la efectividad del DIH
Es difícil imaginar un conflicto en el que se respeten en su integridad las normas del DIH. Es innegable que el DIH tiene un problema de efectividad: es difícil controlar su cumplimiento. No dejan de llegarnos cada día noticias espantosas sobre masacres perpetradas en Siria tanto por las fuerzas de Al Assad como por los rebeldes sirios, o de las atrocidades que se cometen en Malí, por mencionar sólo algunos de los conflictos armados del planeta.
Es innegable que el control del cumplimiento del DIH es difícil. Los estados tienen la obligación de asegurar el respeto de las normas del DIH (que incluye la obligación de investigar y juzgar crímenes de guerra cometidos en su jurisdicción), y los individuos deben ser juzgados por crímenes de guerra que cometan. Aunque se han hecho avances importantes con la creación del Tribunal Penal Internacional y tribunales ad hoc, las posibilidades reales de juzgar las violaciones del DIH son limitadas.
Ante todo ello, y la innegable frustración del objetivo y razón de ser del DIH en tantas ocasiones, cabe preguntarse, no obstante, qué pasaría si estas normas no existieran. La respuesta es, seguramente, que las consecuencias serían más desastrosas todavía. No hay que perder de vista que, lentamente, se van juzgando algunas de las violaciones del DIH. Y más y más países se adhieren a tratados internacionales que limitan en uso de cierto armamento. La esperanza es que, con el tiempo, el horror de la guerra quede un poco atenuado por el respeto íntegro de las leyes de la guerra.
Ésta es una explicación sin ánimo de lucro
De Laia Tarragona, visto en www.unitedexplanations.org
Economía de guerra: España
Con un paro del 25%, y sin visos de bajar, la cohesión social en España está en peligro
Otro batacazo para la economía española. La tasa de paro ha rebasado el listón del 25% de la población activa en el tercer trimestre de 2012, una cifra nunca vista en la historia. España tiene hoy 5,77 millones de desempleados, una de cada cuatro personas en condiciones de trabajar, y no tardará muchos meses en superar los 6 millones. Lo peor es que ni siquiera parece que la escalada en la destrucción de empleo haya tocado techo. El año que viene, el consenso de los analistas prevé una tasa de paro del 26,1% de la población activa. Nacionales o extranjeros, ninguno vislumbra que la recuperación económica vaya a empezar hasta 2014 o 2015.

“Necesitamos cifras de crecimiento cercanas al 2% del PIB para que se cree empleo neto, y esto parece inalcanzable al menos hasta 2014”, considera Sara de la Rica, catedrática de Economía de la Universidad del País Vasco e investigadora de Fedea. “Si para entonces la recuperación bancaria va por buen camino, los intereses del pago de la deuda se han estabilizado en niveles mucho más bajos que los actuales, las reformas estructurales relacionadas con el sector energético, la liberalización de bienes y servicios, y otras como la implantación de la formación dual han comenzado a tener efectos y, además, el resto del mundo muestra niveles de demanda mucho más altos que los actuales, entonces podremos vislumbrar tasas de crecimiento del PIB suficientes para comenzar a crear empleo. Tienen que darse muchas contingencias positivas y todas a la vez para que empecemos a ver la luz”.
Desde que arrancara la crisis casi cuatro millones de personas han perdido su trabajo. “El desempleo ha configurado un nuevo perfil social con tres características: mucho volumen, mucho tiempo y muy mal distribuido. Y eso está provocando una nueva sociedad en la que el riesgo de pobreza se empieza a manifestar y donde la desigualdad crece rápidamente”, explica Marcos Peña, presidente del Consejo Económico y Social (CES). En su opinión, “a partir de la rehabilitación del sistema financiero, que pensábamos que iba a llegar a final de año y ahora se retrasa, la recuperación es imposible en un plazo inferior a 10 años. Y es optimista pensar que se van a crear más de 300.000 empleos netos cada año durante una década para volver a estar como estábamos en 2007”.
Aspirar al 8,6% de paro con que se cerraba ese año es un espejismo. “La historia nos dice que cuando llegue la recuperación podremos reducir algo más de un punto por año la tasa de paro. Y como el crecimiento español depende de qué acabe pasando con el rescate y las expectativas de la zona euro, y no parece que vaya a arrancar hasta 2014, nos quedan al menos ocho o nueve años para pasar del 25% al 15% de desempleo”, opina Raúl Ramos, profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Barcelona.
“Es un plazo demasiado largo. Pero también puede ocurrir que los inmigrantes retornen a sus países de origen y cambien el mapa del desempleo actual”, advierte Carlos Martín, economista de CC OO. Desde su punto de vista, nos enfrentamos a un mercado laboral nuevo, en el que la falta de trabajo ha afectado a todas las clases sociales, edades y niveles de estudios, pero donde tres colectivos son los que más pesan.
La mitad de los desempleados cuenta con niveles bajos de cualificación (como mucho, Enseñanza Secundaria Obligatoria). En general se trata de jóvenes que abandonaron los estudios con el boom de la construcción y de inmigrantes menos cualificados. “Ellos son los más preocupantes porque pueden convertirse en parados estructurales”, opina.
El otro 50% se reparte entre los desempleados que cuentan con cualificación media-alta. Ellos serán los que abandonen el paro cuando la economía repunte, continúa Martín. Y los denominados cónyuges incorporados, en general amas de casa que entraron al mercado de trabajo cuando sus maridos perdieron sus puestos. Este grupo también es previsible que deje el desempleo para volver a las labores domésticas con la recuperación económica.
“La mitad del paro se diluirá rápidamente. El problema son los más de tres millones de personas con baja cualificación, una gran parte mayores de 24 años y muchos cabeza de familia, en quienes se deberían centrar las políticas activas de empleo. Habría que reasignar recursos. Quizás sea el momento de que los 4.000 millones de euros que se destinan a bonificaciones a la contratación, vayan a parar a subvencionar contratos para estas personas”, apunta Martín.
El problema de fondo es cómo puede subsistir un país “que vive un proceso de empobrecimiento de su sociedad, en el que la renta media desciende [ha pasado de 26.000 euros por hogar en 2007 a 24.000 en 2011, según el INE] y no existe convergencia con la evolución de los precios, con lo que el empobrecimiento se consolida y seguirá consolidándose”, según Francisco Lorenzo, coordinador de estudios sociológicos de la Fundación FOESSA y Cáritas Española. Y un país en el que las desigualdades sociales se acrecientan rápidamente, como ha puesto de manifiesto esta semana el Banco de España: entre 2007 y 2010, el ratio de desigualdad salarial se ha incrementado un 8,7%.
Aunque la verdadera desigualdad en la sociedad española actual la marca tener o no tener empleo, en opinión de Miguel Ángel Malo, profesor de Economía de la Universidad de Salamanca. Cáritas lo sabe y por eso alerta a la sociedad: “Existe un riesgo alto de dualización social. Cuando el acceso a las rentas y los servicios van separando a la sociedad en dos grupos se genera un modelo social falto de cohesión que nos lleva a la violencia”, advierte Lorenzo.
Hasta el momento, la cohesión social se ha mantenido en un ejercicio ciudadano que algunos tildan de responsabilidad y otros de resignación. Son las redes familiares las que están sosteniendo a los parados a costa de un sacrificio al que todavía no se alcanza a ver el final. Y la economía sumergida, que algunos expertos sitúan en torno al 25% del PIB.
A las familias cada vez les cuesta más llegar a final de mes. Según el INE, casi el 32% del total tiene dificultad o mucha dificultad para conseguir cuadrar sus cuentas mensuales. Ya están tirando del ahorro para lograrlo. De hecho, la tasa de ahorro de las familias, que entre 2008 y 2010 aumentó hasta el 18%, se ha colocado este año en el 9%, “una tasa mínima”, en opinión de Jordi Fabregat, profesor de Finanzas de ESADE. Y cada vez encuentran más dificultades para hacer frente a las hipotecas.
¿Hasta cuándo podrán aguantar las familias esta presión? Esa es la incógnita que nadie sabe responder, pero que ya está teniendo repercusiones en su comportamiento. No solo es que gasten menos y hayan reducido hasta sus consumos más básicos, como médicos o dentistas, señala Belén Barreiro, doctora en Sociología y directora del Laboratorio de la Fundación Alternativas. “Lo más significativo de esta crisis es que todos los ciudadanos están ajustando su economía, independientemente de su estrato social y nivel de renta”. Del observatorio que realiza para la Cadena SER se desprende que el 92% de los españoles han cambiado su modo de vida con la crisis, y el 68%, su situación económica. “Estamos en una economía de guerra que va a cambiar nuestras estructuras sociales, acercando las rentas altas a las medias, las medias a las bajas y estas últimas a la pobreza, que va en aumento. Una economía que apunta hacia una sociedad nada cohesionada y dual entre pobres y ricos. Y el cambio se está produciendo muy rápidamente”, agrega.
Son los mayores de 65 años los que se mantienen mejor ante esta situación, al no estar afectados por la disminución salarial y los despidos. “Es un orgullo que la única renta que no ha caído sea la de los pensionistas, ocho millones de españoles que ahora contribuyen a sacar a flote a la sociedad”, opina Marcos Peña. “Para ello, es necesario salvaguardar el sistema de protección que hoy asiste a 15 millones de ciudadanos entre jubilados y perceptores de prestaciones por desempleo u otros subsidios. Hemos conseguido una especie de pegamento social que permite la cohesión y que debemos mantener”, añade.
El problema es que no está claro si efectivamente se va a salvar este Estado de bienestar. Es más, se empieza a poner en duda que la pensión media se pueda sostener este año mientras el déficit de la Seguridad Social aumenta, señala José Antonio Herce, socio de Analistas Financieros Internacionales (AFI). Además, agrega Sara de la Rica, “el Gobierno no ha anticipado que las medidas de flexibilidad externas impulsadas por la reforma laboral han provocado numerosos despidos objetivos, con derecho a prestación por desempleo durante 24 meses, y muchos expedientes de regulación de empleo de suspensión que provocan que los individuos vayan temporalmente al paro y cobren el subsidio. Esto incrementa el gasto en prestaciones por desempleo y dificulta el cumplimiento de los niveles de déficit que tenemos impuestos”, continúa De la Rica. Entre enero y agosto los despidos colectivos han crecido un 53% hasta casi 300.000 personas afectadas.
“Hemos pasado de casi dos afiliados a la Seguridad Social por cada perceptor de pensiones o prestaciones por desempleo en 2007 a los 1,38 actuales. Así el sistema es difícilmente sostenible”, señala Lorenzo Rivarés, portavoz de la asociación de grandes empresas de trabajo temporal, AGETT.
Los parados de larga duración, más de la mitad del total ya que por primera vez en la historia superan los tres millones, pueden verse afectados por la falta de recursos públicos. Sobre todo aquellos 1,7 millones de españoles que están a punto de concluir sus subsidios de desempleo, al rebasar los dos años de duración. Se sumarán a los más de 626.000 ciudadanos que ya en el tercer trimestre del año figuran como parados sin ingresos en la encuesta de población activa del INE.
“Esta crisis tan intensa ha transformado estructuras profundas del mercado laboral, como el bajo nivel de actividad que lo lastra todo [la tasa de empleo ha caído del 53% al 45% entre 2007 y 2012]. O el paro de larga duración, que está sacando a la gente del mercado de trabajo una vez que agota sus prestaciones y subsidios sin que les estemos transformando para que desarrollen las nuevas habilidades que exige el mercado laboral”, explica Miguel Ángel Malo. “Estas personas pueden configurar el nuevo núcleo duro de la pobreza y la exclusión social”.
Sin embargo, los jóvenes tienen más tiempo para recuperarse de su alta tasa de paro [del 52,3% de los activos], aunque les deje secuelas, continúa. “Los jóvenes no son realmente el problema más dramático que tenemos, pues se están retirando del mercado. Alargan su formación, y esto es una salida”, señala Carlos Martín. “Los problemas están en los cabezas de familia sin formación”, aprecia.
Suelen ser inmigrantes, explica, y no les va a quedar más remedio que retornar a sus países de origen, señala Martín, sorprendido porque hasta el año pasado llegaron y se fueron de España casi tantos extranjeros como en años anteriores. “No es razonable. El Gobierno debería regular los flujos de inmigración para evitar que, tras una política errónea de entradas masivas, este colectivo, que engrosa las listas de paro, sea menos vulnerable a la pobreza”, aspira el representante de CC OO.
Al final, una bolsa de un millón o millón y medio de desempleados serán irrecuperables para el mercado de trabajo, pese a que llegue la recuperación, pronostica Fabregat. “Tirarán la toalla muchas personas de entre 45 y 55 años con escasa formación”, añade Herce.
Lo único que serviría en este contexto para salvaguardar la cohesión social y territorial, que va a ser difícil, sería un reforzamiento institucional y compromiso social capaz de repartir de manera equitativa el sufrimiento. Pero sigue sin existir una convicción política sobre la urgencia de la situación, dice Peña, consciente de que la sociedad primero se resigna, luego opta por la desafección política y luego por la rabia.
Antes de desplegar las quejas, los expertos consultados recomiendan que el Gobierno ponga el empleo como prioridad de su política. “Necesitamos pasar de la política de la economía a la política de las personas, donde la austeridad exista, pero sea una austeridad sostenible, que no ahogue a las familias mientras salva a las entidades financieras”, afirma Francisco Lorenzo.
Para romper el círculo vicioso en que se ha convertido el paro, el descenso del consumo, la caída de la producción y vuelta a empezar del proceso de despidos, Sara de la Rica recomienda que se apoye “de verdad” a los emprendedores con la eliminación de trabas a la puesta en marcha de la actividad, que se favorezca la competitividad eliminando los oligopolios, ayudando a las pymes a exportar y otorgándoles crédito para que puedan subsistir.
José Antonio Herce, que se fija en que desde finales de 2011 el número de empresas que se han dado de baja de la Seguridad Social aumenta de mes en mes, igual que los despidos colectivos, cree que el Gobierno debería generar unas políticas activas de empleo eficaces para evitar que “dos tercios de los parados, con muy poca probabilidad de ser empleables, pasen a serlo gracias a la formación”. En su opinión, las bonificaciones destinadas a la contratación no han servido para nada hasta ahora. “Espero que el descenso presupuestado para 2013 del 34,6% en las políticas activas de empleo indique que se va a proceder a un cambio de modelo, que no solo es un recorte”. Sin duda ello ayudaría a que se acortase la década que tenemos por delante hasta alcanzar tasas de paro “razonables”.
Otro reparto de la protección pública
Para que el paro deje de arraigarse en la sociedad española y no se cronifique entre determinados colectivos, los expertos consultados coinciden en la necesidad de modificar los apoyos públicos. CC OO apuesta por revisar el sistema de protección al desempleo, “que no está pensado para crisis tan largas como la actual ni para parados de larga duración”, señala Carlos Martín, quien insta al Gobierno a decidir si finalmente asume el coste de una renta básica que permita a las redes familiares respirar y a revisar los subsidios, “pensados para la época de la reconversión industrial”.
Aunque también, como el resto de expertos, insiste en el cambio de las políticas activas de empleo. “Necesitamos planes individualizados y con seguimiento para que los parados puedan abandonar el desempleo. La colaboración de las agencias privadas de colocación y los servicios públicos de empleo está todavía sin desarrollar, pero debería ser una urgencia. Lo mismo que apostar por la formación dual, que ajuste la formación a las necesidades de la empresa”, señala Lorenzo Rivarés, de AGETT.
En su opinión, tampoco se puede olvidar a esos jóvenes cualificados españoles que han optado por la emigración para evitar el paro. “El INE dice que hasta 2020 exportaremos trabajadores. Más que un problema por la pérdida de capital intelectual, lo veo una solución en un país camino de seis millones de parados. 52.800 españoles han abandonado el país en la primera parte del año, en una tendencia que continuará. Por eso debemos invertir y empezar a trabajar ya para crear atractivos sistemas de repatriación, convenios de colaboración para establecer cómo se cotizan los años trabajados fuera y cuáles son los planes de pensiones”, añade Rivarés, en una opinión compartida por la mayoría de los expertos consultados.
Fuente: elpais.com
¿Puede la guerra crear cultura?

Truman Factor ofrece en exclusiva a sus lectores la introducción de nuestro colaborador Álvaro Santana Acuña al libro de David Bell, La primera guerra total, del que es además el traductor al castellano.
“Esta guerra será la última” – El general francés Dumouriez ante la Convención Nacional (1792)
2012 no sólo podría pasar a la historia como el año en el que la Unión Europea dejó atrás la crisis del euro (ya sea porque éste fue salvado o todo lo contrario), sino porque en 2012 se celebra el bicentenario de un momento no menos importante de la historia europea: la invasión napoleónica de Rusia. Como cuenta Tolstói en Guerra y paz, Napoleón perdió esa campaña. Pero uno de sus sueños se ha hecho realidad doscientos años después: la creación de un superestado europeo. ¿Fue necesaria para ello «la primera guerra total»? En el libro de David Bell el lector encontrará elementos de sobra para responder a la pregunta.
La primera guerra total no es la típica narración sobre los avances tecnológicos y de la estrategia militar, ni tampoco se deleita analizando el porqué psicológico de las decisiones de grandes militares como Napoleón. En realidad es un libro más avanzado y ambicioso. David Bell estudia cómo la guerra es pensada y cómo pasa a formar parte de nuestras vidas. Por tanto, lo que nos propone es algo muy novedoso: una historia cultural de la guerra.
La guerra —en especial para los pacifistas y los humanistas— representa una parte embarazosa de nuestra cultura. La guerra es responsable de la mayoría de las obras más celebradas de la historia de la literatura, el cine, la música y las artes plásticas. Don Quijote, no lo olvidemos, se creía un guerrero medieval. La historia de amor de Casablanca jamás se hubiese producido sin el estallido de la Segunda Guerra Mundial. El David esculpido por Miguel Ángel está armado con la honda usada para matar a Goliat. Y sonidos reminiscentes del campo de batalla puntúan algunas sinfonías de Beethoven.
La guerra parece además una realidad irrevocable. Tan sólo desde 2011 convivimos a diario, a mayor o menor distancia, con una decena de nuevas guerras. A las que hay sumar las viejas guerras y conflictos, desde la confrontación kurda-iraní (a punto de cumplir un siglo) hasta la batalla mexicana contra el narcotráfico. Según el Banco Mundial, en 2010, el mundo destinó al presupuesto militar un 2.61% de su PIB. En Estados Unidos, la primera potencia militar mundial, según la Casa Blanca, en 2010, 26.3 centavos de cada dólar recaudado por impuestos se invirtieron en gasto militar, siendo, por ejemplo, la inversión en ciencia y tecnología de 1.2 centavos.
Hasta la segunda mitad del siglo XVIII la guerra (explica Bell) era vista como algo normal y hasta considerada «una forma deseable de interacción humana». Pero en ese período la situación comenzó a cambiar y por primera vez en la historia se escucharon más voces que denunciaban la guerra como «algo antinatural, primitivo e irracional». Fue entonces, durante la Ilustración, cuando la guerra dejó de ser una necesidad y pasó a convertirse en un problema.
Este profundo cambio cultural es lo que estudia Bell mediante el nacimiento de la «guerra total». El estallido de la Revolución francesa de 1789 aceleró ese cambio al hacer desaparecer las formas de la guerra entre las casas dinásticas propias del Antiguo Régimen. Unas formas de la guerra que estaban influenciadas por los valores culturales de la nobleza hereditaria y la sociedad cortesana. La Revolución, al destruir el mundo aristocrático y cortesano, instauró la guerra no entre casas dinásticas, sino entre naciones, que se enfrentaban con el objetivo de la destrucción total del enemigo. Francia fue el escenario clave de este cambio cultural de la guerra y Napoleón se convirtió en la expresión más pura de la nueva cultura bélica.
Antes de la Revolución, los nobles hacían la guerra vestidos con trajes ostentosos, portando pelucas empolvadas y calzando medias de seda. Y sobre todo guerreaban en nombre de un antiguo honor aristocrático. Un claro ejemplo fue el duque de Lauzun (1747-1793), un aristócrata libertino, cortesano y seductor. (De hecho Lauzun pudo haber inspirado el personaje del desalmado Valmont en Las amistades peligrosas). En comparación, el joven Napoleón (1769-1821) era casi lo opuesto: nacido en el seno de una familia noble venida a menos, huraño, desaliñado y de aspecto enfermizo. Y además Napoleón hacía la guerra en nombre de la nación (no del honor) y aspiraba a la destrucción total del enemigo, en vez de la simple guerra de maniobras de los tiempos de Lauzun.
Entre 1789 y 1815, la antigua guerra aristocrática y la nueva guerra total se enfrentaron en múltiples ocasiones. Especialmente simbólica fue la batalla de Valmy en 1792, cuando se enfrentaron el ejército revolucionario francés y el ejército «aristocrático» prusiano.

Para los franceses Valmy fue una victoria nacional, mientras que para los prusianos resultó una derrota aristocrática. Bell estudia cómo esta antigua forma de guerra aristocrática fue perdiendo fuerza; no sólo a causa de factores tecnológicos y de estrategia militar, sino por los cambios culturales que la guerra napoleónica encarnó. Además, dichos cambios (nos recuerda Bell) tuvieron un lado oscuro, muy oscuro; en lugares como la Vendée (en el oeste de Francia) se libraron guerras de exterminio total de la población que anticiparon las masacres civiles del siglo XX.
España, que hoy sigue celebrando el bicentenario de la Guerra de Independencia (1808-1814), desempeñó un papel clave en «la primera guerra total». Según Bell, la guerra de guerrillas a partir de 1808 no sólo aceleró el declive del imperio napoleónico, sino que su importancia histórica pudo ser igual de decisiva que la campaña de Rusia. Bell sostiene además que los sitios de Zaragoza se convirtieron en uno de los laboratorios de la «guerra total». De hecho, en esa ciudad (afirma) se libró «uno de los peores combates urbanos jamás vistos en Europa antes del siglo XX». Por último, el autor ofrece una interesante y provocativa comparación entre la guerrilla española enfrentada al ejército napoleónico y la insurgencia en Irak durante la invasión estadounidense.
Esta conexión con la guerra en Irak no es inocente. La primera guerra total demuestra el interés creciente entre los historiadores por abordar el estudio de la guerra desde una perspectiva teórica actualizada y en consonancia con los problemas de nuestro tiempo. Libros como los de Bell, Orlando Figes (Crimea, 2010) y Drew Faust (This Republic of Suffering, 2009) defienden que las destructivas guerras del siglo XX poseen unos antecedentes históricos muy precisos que requieren una detallada investigación. Tal es el caso de la Guerra de Crimea, según Figes, la Guerra Civil americana, según Faust, y las guerras revolucionarias y napoleónicas, según Bell.
Al revelar que la guerra es cultura, la lectura de La primera guerra total suscita la inquietante pregunta de si la guerra puede crear cultura. Resulta difícil sustraerse a la evidencia milenaria, comenzando conLa Odisea; un poema épico sobre la posguerra de un rey-guerrero que lucha contra cíclopes, sirenas, hechizos, maldiciones divinas, usurpadores de carne y hueso, rocas costeras, ventarrones mediterráneos y contra otros seres divinos y mortales para recuperar el gobierno de su casa y su trono. Su odisea sólo fue posible tras haber sobrevivido a la guerra cantada por Homero en La Ilíada.
No menos inquietante es la paradoja de que, una vez que la guerra comenzó a humanizarse a partir del siglo XVIII, ocurrieron las masacres más horripilantes desde que el ser humano es humano. Este libro nos descubre y explica que aún vivimos en la era de la guerra total.
Fuente: trumanfactor.com
“Me dieron un Kaláshnikov y me enseñaron a matar”
Un ex niño soldado raptado por las fuerzas de Lubanga relata su terrible experiencia y el calvario de la reinserción en Congo
“He visto morir a mis amigos. No a muchos. A todos”. Gestaing habla rápido, como si estuviese contando la vida de otro o, simplemente, como si no quisiese darse cuenta de que es la suya la que está dibujando con palabras entrecortadas. Habla mientras surfea al mismo ritmo hiperacelerado sobre su moto Made in China por las carreteras en construcción de Bunia, capital de Ituri, en el noreste de la República Democrática del Congo. La ciudad es un hervidero sin ley ni Estado que recuerda a las películas del Lejano Oeste. Hoteles, bares y tiendas surgen como hongos: Bunia tiene una prisa tremenda por cambiar de piel en el intento, urbanístico y económico, de borrar las profundas cicatrices de unas guerras —la de Ituri y las dos de Congo— largas y brutales. Gestaing, como mucho, logra maquillar sus heridas.
Ahora tiene 24 años y un trabajo de conductor de moto-taxi. En 2002 las milicias de la UPC, la Unión de Patriotas Congoleños de Thomas Lubanga, entraron en su casa y le robaron su adolescencia. “Los milicianos llegaron a mi aldea, en el norte de Bunia, en el camino que va hacia las minas de Mongbwalu. Estaba con mi madre y mis hermanas. Mi padre ya nos había abandonado por la guerra. No teníamos nada que darles, así que me raptaron. Tenía 14 años”. No fue el peor parado. “Conmigo atraparon también a unos niños de 8 o 9 años. Yo era de los mayores, eso me ayudó para sobrevivir. Y además, los de la UPC no hicieron nada a mi familia. Les bastó con capturarme”, recuerda Gestaing de su pasaje directo a la edad adulta.
Los señores de la guerra amenazaban a los niños con violar o matar a sus madres o hermanas, a menudo con disparos en el útero. Sin duda, la forma más brutal y definitiva para certificar el cambio de propiedad: de la familia a la milicia. A Gestaing le ahorraron este horror. Solo este.
Bajo Lubanga aprendió los rudimentos de su nuevo trabajo, el de niño soldado en África. En los meses pasados al servicio de la UPC, Gestaing se familiarizó con el machete, el Kaláshnikov y los lanzacohetes. En sus clases mezclaban el uso de herramientas tradicionales, técnicas de tortura y artillería ligera. “Me pusieron en las manos un Kaláshnikov y me enseñaron a matar”. A matar a los lendu, la etnia rival, y a los de su gente, los hema, que se atrevían a proteger al enemigo. “He matado a mucha, muchísima gente, pero o mataba o me mataban, no tenía otra opción”, dice como disculpándose por lo que hizo, presionado por órdenes que le superaban y cegado por el alcohol. “Nos daban de beber, y mucho”.
Gestaing y sus amigos también tenían que matar para conquistar y proteger la cuenca aurífera de Mongbwalu, fuente de la gran riqueza de esta provincia nororiental, limitada al norte por Sudán del Sur y al este por Uganda, un vecino demasiado interesado en las joyas de Ituri. Durante las dos guerras de Congo y la de Ituri, la carretera en dirección a Mongbwalu era una de las más peligrosas del mundo. Aún ahora se necesitan seis horas, un buen todoterreno y un gran chófer para recorrer los 87 kilómetros que separan Bunia de las minas… siempre que no llueva, pero esa es en la actualidad la única incógnita del viaje. Hace unos años, este trayecto te exponía a emboscadas, raptos, violaciones y homicidios. En aquella época las minas cambiaron a menudo de dueño, pero este ha sido el único lugar de la región donde nunca faltó la electricidad: nadie destrozaba las líneas de alta tensión necesarias para la extracción. “Milagros del oro”, sintetiza con ironía Gestaing.
En la zona de Mongbwalu le enseñaron también a violar, arma no convencional muy difundida en muchos conflictos, desde la guerra de Troya a los Balcanes. “No he violado”, cuenta sin que nadie pueda contrastar su testimonio, “pero he visto a amigos, a niños soldado como yo, obligados a violar y también a otros que violaban sin obligación, empujados por la dinámica de la milicia, de la guerra”. Según un informe del American Journal of Public Health, durante las dos guerras del Congo y la de Ituri se violaban a cuatro mujeres cada cinco minutos, un ritmo trepidante, marcado también por los niños soldado. En Ituri, las milicias marcaban sus siglas a fuego sobre la piel de las mujeres violadas, letras que se transformaban en un certificado de muerte si estas pasaban a manos de un grupo militar enemigo.
Lubanga, con su ejército de hombres y 3.000 niños, controla Mongbwalu entre 2002 y 2003, quemando aldeas, matando, torturando y obligando a huir a 60.000 personas. “Fueron los meses más duros”, recuerda mirando el suelo Gestaing. La región de las minas no es un territorio dulce como las colinas de Bunia, está en el medio de la intrincada selva africana. “Es más fácil esconderse, pero mucho más difícil moverse, y teníamos que actuar rápido”.
En marzo de 2003, el Ejército ugandés expulsa a Lubanga de Bunia. Para sus niños no fue el fin de la historia. “Estábamos felices, pero no sabíamos qué hacer, había un gran caos, mi aldea ya no existía. Lubanga se había ido a Kinshasa, pero la guerra no había terminado”. El conflicto continúa con más o menos baja intensidad hasta 2008. Entonces Gestaing recupera su libertad.
“Al final de la guerra hice lo que hicieron muchos de los milicianos: utilicé el dinero que el Gobierno daba a quien devolvía las armas para comprar una moto y convertirme en mototaxista”. La del taxista a dos ruedas es la actividad por excelencia de los exguerrilleros en Ituri. Esa o la de buscador artesanal de oro en Mongbwalu. Gestaing explica su elección: “No quería volver a la zona de las minas. Demasiados malos recuerdos. Y, además, alguien hubiera podido reconocerme. Prefiero vivir aquí en la ciudad, es más viva y el trabajo es menos duro”.
Sus amigos murieron en la guerra, por las balas, la dura disciplina o las enfermedades. Ahora tiene otros, todos mototaxistas como él. Aparecen en grupo esperando y disputándose a los clientes en cada esquina de Bunia. Muchos tienen la misma historia de Gestaing, la de una adolescencia robada. Un vacío lleno de violencia que nadie ayuda a curar, también por el hecho de que no existen psicólogos o centros de ayuda especializada en este rincón del planeta. “Salvo unas pocas ONG internacionales, que están abandonando lentamente Bunia, nadie se ocupa de los niños soldado aquí”, cuenta Jeanne Cécile Myamungu, una corpulenta monja de 41 años responsable del orfanato Charité Maternelle de Muzipela, en las afueras de Bunia. El director del hospital provincial, Clement Asani, lo confirma: “No tenemos personal cualificado, ni recursos. El Estado está ausente y las emergencias son otras, el paludismo, el sida, el cólera…”. Hay algunas estructuras locales de asistencia para las mujeres violadas, pero nada para los niños.
Gestaing no parece preocupado, encoge los hombros y mira adelante. “Hice bien en volverme taxista, algunos de los que luchaban conmigo se gastaron el dinero del Estado en alcohol y mujeres, y ahora se dedican a lo único que saben hacer: robar y violar”. Un pasado de violencia que podría resurgir pronto. Después de las tensas elecciones presidenciales de noviembre pasado, la paz en Congo y en particular en el este del país está de nuevo en entredicho. Fuertes vientos de guerra silban desde el norte de Kivu.
Gestaing se acomoda sobre su moto, te mira en los ojos y escupe su futuro: “Si se vuelve a liar, no me van a joder más, no vuelvo a matar para las milicias”. Ya no es un niño, ni quiere ser soldado.
Fuente: elpaís.com




























