Archivo del sitio
El deporte como elemento en la formación de sociedad
Publicado por Sociólogos Plebeyos
En la modernidad existe la frecuente pregunta sobre el origen del Estado moderno, sus inicios, causas y consecuencias. De ésta manera se ha llegado a establecer conclusiones sobre elementos necesarios para la formación de la época moderna, como un gobierno centralizado, una administración burocrática, un cuerpo de leyes en el marco de una sociedad contractual. Sin embargo, los orígenes siempre remiten a eventos exclusivamente políticos, económicos y sociales. Es por esto que el tema del deporte se introduce en un análisis de la formación de la época moderna, como elemento multifacético que combina los tres ámbitos mencionados anteriormente y remite a una época más antigua de lo que generalmente se considera. Los análisis sobre la modernidad se remontan comúnmente a los siglos posteriores al X, sin embargo, el análisis del deporte como causa de la formación de la época moderna se remonta a casi un siglo a.C.

En base a lo anterior, el tema del presente ensayo es el deporte como elemento influyente en la formación de sociedad, dando paso de esta manera a la sociedad moderna. Esto en cuanto al deporte como conjunto de prácticas, valores, normas y roles dentro de una sociedad. Así, se busca responder a la pregunta por la manera en que las prácticas deportivas han influido en la formación de sociedad a lo largo de la historia, centrándose en la descripción de sociedades modernas. Sin embargo, en la literatura sobre el deporte se establece que existe una constante tensión entre dos hipótesis: aquellos que creen que el deporte ha influido en la sociedad, y por otro lado aquellos que creen que la sociedad ha influido en la construcción de los deportes. Para este ensayo, se considerará la existencia de un movimiento dialéctico entre sociedad y deporte, una complementariedad entre deporte y cultura, donde cada uno influye sobre el otro, sin preguntarse por el dilema del origen de cada uno. De esta manera, la pregunta que guiará este ensayo no es causal, sino más bien descriptiva en cuanto a la posibilidad de identificar qué elementos presentes en el deporte pueden verse reflejados en la sociedad que los practica.
Para profundizar en los conceptos más básicos que permitirán el análisis del presente ensayo, el autor Kendall Blanchard (1995) entrega herramientas útiles para la comprensión de la importancia del deporte en la sociedad. Este autor destaca que en la modernidad, el mundo occidental ha tenido el afán de diferenciar el concepto “juego” del de “deporte”, siendo que en muchas culturas orientales ambos refieren a lo mismo; sin embargo, será necesaria hacer está distinción occidental. El concepto de juego es usado por varios antropólogos expuestos en el libro de Blanchard para referirse a una acción innata, elemento básico de los instintos del hombre y que está presente en la infancia de todos. Haciendo referencia a la definición de Johan Huizinga (1950:13), el juego sería una actividad no lucrativa, gratis, componente de la vida ordinaria, no serio, pero sin embargo, implica una total intromisión del sujeto en esta actividad. Además de promover la asociatividad entre personas, responde a normas consensuadas (pg40). Por otro lado, Edward Norbeck (1974:1) refiere a un comportamiento más bien a un estímulo heredado biológicamente que se distingue por distintos tratos voluntarios que brindan placer. Lo que se puede destacar de ambas definiciones es el carácter voluntario con el que nada se espera a cambio de esta actividad. Esto permitiría un desarrollo de habilidades sociales y personales de manera voluntaria, reforzando el carácter de cada uno a través de distintos estímulos.
Por el otro lado, se encuentra el concepto de “deporte”, definido por Blanchard (1995:33) como una institución y elemento cultural, diferenciándose en este punto con el juego. Al ser un elemento cultural, cumple con las distintas características que se encuentran en el concepto de “cultura”. En primer lugar, la diferencia entre cultura y sociedad, siendo la última referente a los grupos de personas y sus relaciones, y el primero refiere a la manera en que se dan estas relaciones. En segundo lugar, la universalidad de la cultura remite a que ésta está presente en todos lados, independiente de las infinitas modificaciones que se puedan encontrar. En tercer lugar, es aprendida, es decir, no es heredada biológicamente, a pesar de que pueden haber predisposiciones genéticas para adoptar una por sobre otra. En cuarto lugar, la cultura es un mecanismo adaptativo, es decir, la manera en que las personas y poblaciones se adaptan a su entorno. En quinto lugar, es integrada, osea, es un todo cultural, con implicancias asociadas. Sexto, la cultura es compuesta, o en otras palabras, se compone de muchos elementos y ámbitos que se interrelacionan para formar este todo. En séptimo lugar, la cultura tiene la característica de ser simbólica, es decir, tiene la capacidad de dar significado a distintas cosas. Por último, es una guía de comportamiento, según la cultura y todas sus características nombradas anteriormente, las personas actúan en función a este todo integrado y compuesto para así tener una adaptación a su entorno.
Es en base a lo anterior que el deporte, al igual que cualquier otro elemento cultural, cobra relevancia para ser estudiado. El deporte tendría la capacidad de cumplir con estas características dentro de cada sociedad, contando además, con particularidades que le permitirían ejercer diferencias entre sociedades.
Asimismo, Gregory Bateson (1972) describe la paradoja del juego: es reconocible y a la vez indefinible, es decir, es fácil identificar una situación de juego, pero es difícil explicar las razones por las que se identifica un juego, explicando que se trata de una metacomunicación (comunicación sobre la comunicación). Sin embargo, no se adentrará en este análisis sino más bien sirve para respaldar el carácter de naturalidad del juego en las sociedades.
Ahora bien, para explicitar la importancia de profundizar en el deporte en vez del juego en vista de la pregunta a investigar, es necesario hacer referencia a otra sección del libro de Blanchard, donde explica la relación que existe entre el deporte y la guerra. Ésta recae principalmente en el carácter competitivo que tiene el deporte, permitiendo un enfrentamiento entre dos o más personas en donde se muestra cuál es el más fuerte, quién tiene más capacidades y habilidades, el más perseverante, en fin, dándole luz a múltiples valores que se aplican también para el caso de la guerra, donde los soldados se preparan para competir con el adversario, demostrando las mejores capacidades y organización, ejerciendo un dominio sobre el otro en cuanto a superioridad de aptitudes. El deporte y la guerra estarían relacionados a través de la violencia, la cual no es generalizable a todas las sociedades por practicar deportes, sino que depende de las propias concepciones que tenga cada cultura sobre la violencia. A lo largo de la historia se ha visto la necesidad inherente del ser humano por dominar a otros a través de la superioridad de valores, desplazándolos o hasta eliminándolos. Es asi como las sociedades han llegado a desarrollar mecanismos de “violencia ritualizada” a través de situaciones de juegos, donde la violencia ocurre en un marco no serio y acordado entre las partes, con el mismo fin de demostrar los valores antes mencionados en una situación normada.
Los primeros registros de práctica deportiva sistemática y concientizada, que cumple con la búsqueda de valores explicada anteriormente, son sobre los Juegos Olímpicos. Su origen data de alrededor de 776 antes de Cristo en la ciudad de Olimpia, Grecia. Éstas prácticas iniciaron como una práctica cultural, donde los hombres competían en distintas destrezas y disciplinas para probar su fuerza para luego hacerle una ofrenda al Dios Zeus para que el pueblo no perdiera el carácter triunfal. Además, se describe que detrás de la simple competencia deportiva existe una serie de prácticas, roles y normas asociadas que le daban sentido a ésta. Por ejemplo, sólo los hombres podían participar y presenciar estos Juegos Olímpicos, el premio del triunfador era una corona de olivos cortados con un cuchillo especial por un niño de 12 años que no tuviera padres separados. Todas estas prácticas revelan la estructura de la sociedad, como la importancia de la familia, la jerarquía de los hombres por sobre las mujeres y la religión que se llevaba a cabo en esta sociedad. Asimismo, se observa la configuración de una sociedad machista, donde la fuerza era un carácter exclusivo del sexo masculino. Cabe destacar que el Maratón, una de las pruebas más antiguas de los Juegos Olímpicos, surgió a partir de la carrera que realizó un soldado ateniense desde el Valle de Maratón hasta Atenas para comunicar el triunfo de los atenienses sobre los Persas, cayendo muerto al terminar dado el extremo cansancio. Esto refleja la importancia del heroísmo en esta sociedad, honrándolo al crear una carrera con la misma distancia recorrida por este hombre (42,2 kilómetros). Por lo demás, había un acuerdo de paz dentro del país durante el período en que se llevaban a cabo estas competencias, revelando el carácter sagrado de ésta práctica. Los Juegos Olímpicos en Grecia se realizaban cada cuatro años, al igual que en la actualidad. Los Juegos Olímpicos modernos han sido modificados en varios aspectos desde sus orígenes, adecuándose a la evolución de las sociedades y sus respectivas necesidades, siendo escenario de múltiples eventos sociales de relevancia mundial, como la inclusión de las mujeres a los distintos equipos nacionales en la versión de París el año 1900, la inclusión de los afroamericanos al equipo estadounidense en la primera mitad del siglo XX, asesinato de deportistas judíos en la época de la Segunda Guerra Mundial, y la potenciación de los equipos de países tercermundistas en distintas disciplinas desde fines del siglo XX.
La re inclusión de estos juegos a la época moderna fue a fines del siglo XIX, donde el barón de Coubertin de origen francés planteó la importancia de masificar el deporte al resto de la población y no sólo como una actividad de la aristocracia, debido a los beneficios “en el desarrollo de madurez, nobleza, capacidad de trabajo y bienestar físico que generaba el esfuerzo y la sana competencia”. Este evento constituye un momento clave en la historia del deporte, ya que a partir de lo observado de la civilización Griega, los europeos modernos retoman esta actividad al contrastar el desarrollo de la misma civilización con sus prácticas, entre ellas las competencias deportivas. De ésta manera se podría inferir que al reincorporar los Juegos Olímpicos a la época moderna, los europeos tenían la convicción de que estos fueron un fuerte impulsor del desarrollo que llegó a tener la civilización Griega; vieron en el deporte un elemento fundamental para la formación de una mejor sociedad que conllevaría al desarrollo. Lo anterior sirve a modo de respaldo a la tesis sobre la naturalidad que tienen estas prácticas en el ser humano a lo largo de la historia. A la vez, esto argumentaría la pertinencia de este análisis en un marco cultural-biológico al demostrar el componente biológico (al ser una necesidad de la humanidad en distintos aspectos) de un elemento cultural como lo es el deporte.
Volviendo al aspecto más cultural, Pierre Bourdieu (1974) argumenta que el deporte es foco de una distribución no aleatoria de edades, niveles socioeconómicos, ocupaciones y niveles educacionales que no sólo media relaciones sino que también da espacio para construir significaciones. En relación a lo ejemplificado en una sección anterior de este ensayo, Bourdieu se plantea la pregunta por la distribución de la población en las distintas actividades deportivas, argumentando su tesis con una contra-tesis de que si no fuera así, se asumiría que este necesidad biológica estaría igualmente presente y distribuida entre todas las personas de distintas sociedades, destacando que las diferentes prácticas deportivas tienen distinta popularidad o aceptación alrededor del mundo. Argumenta también que el deporte ha demostrado en la historia que tiene su propio funcionamiento autónomo de procesos sociales y económicos, contando con sus propias crisis, leyes y evolución; una realidad propia, irreductible a otras. Destaca, además, que el cambio conceptual de juego a deporte ocurrió en las elites burguesas de Europa, concordando con Bateson y la metacomunicación al decir:
“The school is the site, par excellence, of what are called gratuitous exercises, where one acquires a distant, neutralizing disposition towards language and the social world, the very same one which is implied in the bourgeois relation to art, language and the body: gymnastics makes a use of the body which, like the scholastic use of language, is an end in itself” (1974:823).
Por lo tanto, se puede comenzar a destacar, en una primera aproximación, que la creación, formación y adaptación de las distintas prácticas deportivas están determinadas por las necesidades de comunicarse y distinguirse en las sociedades. Asimismo, Bourdieu destaca que para la constitución de un campo de prácticas deportivas es necesaria una filosofía deportiva, necesariamente política, relacionándose a lo dicho anteriormente sobre la relación deporte-guerra, siendo el deporte una actividad tradicionalmente más asociada a lo masculino por la formación de carácter correlativo con los valores necesarios para la guerra. La masificación de estas prácticas asociadas exclusivamente a la aristocracia europea, como ya se sabe, se da gracias al Barón de Coubertin. Así se llega a evidenciar las múltiples interacciones y símbolos que existen y se construyen detrás de la práctica deportiva.
Para apoyar lo anterior, es pertinente realizar una comparación entre dos sociedades, aparentemente con culturas distintas, centradas en una práctica deportiva popular y propia de cada sociedad. Se ha escogido el caso de India con el Cricket y el de Estados Unidos con el fútbol americano.
En India existe una estrecha relación entre el cricket como deporte y la cultura de este lugar, reflejado en el nacionalismo que genera este deporte. El cricket fue traído a India por los colonos para promover valores ingleses, pero a fines del siglo XIX, la clase media y alta adoptó este deporte como estrategia de sublevación frente a sus líderes colonos, de manera que se les opondrían con el fin de superarlos en su propia actividad. Así, la participación potenciada por la clase media de Bengal, India, en juegos europeos fue para desafiar a estos mismos. A mediados del siglo XIX, este fenómeno dio paso para proponer una igualdad política en el marco de una igualdad deportiva. Pronto, este deporte se asoció a un sentimiento de nacionalismo, el buen jugador era un buen indio, de manera que el buen jugador era aquella persona capaz de enfrentarse a los desafíos sociales y sobreponerse a cualquier situación. En cierto sentido, el cricket se convirtió un mecanismo de educación y significación de valores que identifican a la cultura India al sobreponerse y lograr independizarse de los colonos ingleses, una manera de expresar el orgullo y conciencia nacional. Promueve un espíritu de superación ya que trasciende clases sociales.
En el caso de Estados Unidos, el fútbol americano es el deporte propio de éste país puesto que es ahí donde se creó y es uno de los pocos, casi únicos países que lo practican. El futbol tradicional se desarrollaba en Inglaterra de una manera más violenta de lo que se conoce hoy; luego, se fue normalizando cada vez más, de manera que no fuera tan violento y se pudieran seguir reglas universales y aplicadas en todos los lugares donde se jugara. Cuando llegó a tener las reglas que se conocen hoy, en Estados Unidos surgió el interés por jugar un deporte con un tinte más “masculino”, donde el balón se jugara con las manos, permitiendo tacleos más violentos, pareciéndose al rugby que se gestaba en Gran Bretaña. El primer juego institucionalizado de este deporte en gestación fue en 1876, siendo procedido por eventos anuales y celebraciones de festivos, dándole más un aspecto de espectáculo que deportivo. Esto abrió paso para potenciar el turismo de ciertas ciudades y proyectos inmobiliarios. Las victorias sobre equipos elitistas de otros países sirvió para potenciar la conciencia nacional y orgullo. Nuevamente, el fútbol americano se transformó en un mecanismo de expansión de valores coherentes con este aspecto machista del deporte:
“(…)the rugged athleticism, the near-savage violence, and the technically demanding teamwork required by the sport provided both a necessary masculine tonic to a post-Frontier American society and a valuable training ground for the future captains of modern industry.” (Morris, 2004:3)
A modo de conclusión, este ensayo se adentra en la argumentación y ejemplificación empírica del carácter complejo que tiene el deporte en la humanidad, cumpliendo con características propias del concepto de cultura al ser un elemento cultural, que reproduce y contribuye a la formación y transformación de culturas. Esto queda evidenciado en el proceso histórico del deporte como necesidad biológica del hombre por competir, superarse y dominar al resto. El caso empírico queda demostrado con el caso de India y Estados Unidos con el cricket y el futbol americano respectivamente. Ambos deportes se han convertido en mecanismos de reproducción de su propia cultura, potenciando valores ideales en cada una de estas.
Por lo tanto, queda expuesta la importancia que ha tenido históricamente el deporte en la formación de sociedades y su situación contemporánea, constituyendo un elemento cultural que permite reproducir de manera popular o masiva la cultura, orientándose a un ideal nacional/cultural, reflejando estos valores en simbolismos dentro de cada práctica deportiva. De esta manera, resulta relevante plantearse preguntas posteriores sobre la posible identificación de una escala de desarrollo de Estados modernos relacionados a la importancia que se le da al deporte y la formación de valores asociados por parte de cada país.
Artículo de Rocio Ramirez Baudet, estudiante de Sociología en la Pontificia Universidad Católica de Chile
Bibliografía Consultada
- Dunning, E (2003). El Fenómeno Deportivo.
- Blanchard, K (1995). The Anthropology of Sport.
- Bourdieu, P (1978). Sports and Social Class. Social Science Information, 17 (6), 819-840.
- Crick, E (2007). Cricket and Indian National Consciousness.
- Morris, P (2004). Football in the USA: American Culture and the World’s Game
- Historia de los Juegos Olímpicos (s.f.). Recuperado enhttp://www.monografias.com/trabajos13/hjuegol/hjuegol.shtml
Escrito en Artículos/Noticias, Cultura/Valores, Jóvenes, Sociedad
Etiquetas: deporte, elemento, formación, modernidad, Rocio Ramirez Baudet, socialización, sociedad
¿Qué hace un sociólogo? (1)
Publicado por Sociólogos Plebeyos
La primera parte de la explicación de ¿Qué hace un sociólogo? por René Martínez Pineda, la segunda aquí y la tercera aquí
Por correo electrónico recibí -de un amigo del que, por cosas del exilio, tenía siglos sin saber de él- una petición concreta y tenebrosa: explicar qué hace un sociólogo. Debo reconocer que, desde hace años, no pensaba en ello, porque sin estar sentadas, uno da por sentadas las cosas. Uno cree, por ejemplo, que con sólo amar a alguien es suficiente, que no hay necesidad de refrendar los votos de un amor de veinte años que, como canta Gardel, no es nada en el recuerdo de la belleza de una luna pirograbada; ni se cree que sea necesario armar fabulosos rompecabezas con pequeños detalles de felicidad, como compartir un café por la tarde; uno cree, pongamos otro, que con sólo tener el título que lo acredita como “sociólogo”, lo demás viene por añadidura, siendo “lo demás”, el papel que se va a cumplir en la sociedad. ¡Qué falacia más amarga!

Por eso, lo más honesto que se me ocurrió contestarle a mi lejano lector (me escribe desde Barcelona, ciudad entrañable que no tiene la misma hora que nosotros, aclaración que hago porque la alcaldesa recién electa de mi ciudad, dijo que había hablado a su ayuntamiento a las 3 pm, pero que nadie contesta allá) fue un rotundo y lapidario: ¡No sé!
Sin embargo, después de meditarlo un rato –y quien dice “un rato”, dice que no sabe cuántos minutos pasaron, pero que pasaron bastantes- decidí responderle desde mi columna del periódico, para que la dubitativa respuesta no vaya a morir de inanición en un sobre. Creo que lo mejor es escribir un ensayo que recoja y escoja mis dudas y paradojas alrededor de una reflexión que, más que teórica, es una autocrítica de quien tuvo una luz al respecto cuando, por voluntad propia, decidió tomar las armas contra de la dictadura militar; y después, por necesidad, se declaró aprendiz de escritor y devoto ferviente de la flor de María.
Para dilucidar sobre qué hace un sociólogo en una realidad que, como la nuestra, se revuelca en una crisis sui generis (debido a que su gente se desprecia a sí misma y a su capacidad transformadora, desde el momento en que escupe su propio reflejo en la vitrina del consumismo) es necesario –como si nos subiéramos a un tren- hacer un viaje nostálgico, y eso por dos razones: una, porque la nostalgia es como caminar para atrás sobre los rieles de la cultura, desde la cual podemos hallar el paisaje escatológico que nos lleva a nuestros reales orígenes (muy distintos, por cierto, a hacer un rito indígena con incienso, chicha, candelas… y andar puesto un calzoncillo Calvin Klein), sin los cuales no se puede saber qué hace un sociólogo, de qué vive, ya que no se puede obviar el tiempo-espacio, sino queremos caer en la repetición estéril de lo que otros remotos sociólogos se han respondido al respecto; y la otra, es que sólo la sociología de la nostalgia vista desde la cotidianidad, nos permite apropiarnos de la realidad social, de tal forma que lo que escribamos o digamos tenga significado pedestre, más que para otros sociólogos, para la gente que busca el nudo ciego de su destino, a la que hay que hablarle con familiaridad, como si la tuviéramos enfrente.
Algunos sociólogos, don Chamba –y disculpas por incluirme en ellos sin haber sido invitado- creemos haber descubierto que la desgracia pública está ligada a la desgracia privada en el reducido espacio de la vida diaria, en tanto que la segunda tolera a la primera, mientras la primera reproduce a la segunda, en un círculo perverso que nos permite comprender –pero sin prender ni reprender en todo su orgasmo- la lógica holística de la sociedad latinoamericana, generalización continental hecha para evadir nuevos exilios y viejas listas negras. Eso nos hace tener una visión sociológica que, por su impacto directo en el presente, linda con lo revolucionario, lo cual no debería implicar una pérdida de objetividad.
Como usted puede intuir, niña Tita, estoy afirmando que el poder de incidencia de la sociología no depende de lo rebuscado que escribamos, ni de la inmanejable cantidad de libros que leamos, ni de los títulos que clavemos en nuestras paredes, ni del número de diplomas (acreditados con más de cuarenta horas, para que sirvan de atestados) que anexemos en nuestro currículum, y ni siquiera de nuestra doctoral manía de recurrir a innumerables citas bibliográficas para darle autoridad a las ideas que -por no surgir de la realidad real- carecen de ella y están sin ella. El poder de incidencia de la sociología depende de qué tan bien nos comprenden aquellos a los que en muchas ocasiones, por pura pedantería intelectual, les explicamos sus vidas y les corregimos sus decisiones, sin haber tenido –o al menos haber visto de cerca- los demonios que les ordenan desenvainar sus machetes, sin haberles dado la palabra, y con ello la teoría se convierte en cómplice de la condena que los mantiene en el hoyo de la sumisión ininteligible; y con ello, nuestros epítetos conceptuales sólo sirven para verlos pasar -montados en los camiones de alquiler del candidato más rico- a votar por una derecha –tan reaccionaria como voraz- que, con la privatización de lo público como arma del delito, ha hecho una expropiación mayor a la que hizo a finales del siglo XIX. Le pregunto, don Bernardo ¿acaso no es la comprensión lo esencial para la pertinencia?
De modo que saber qué hace un sociólogo, para decirlo con frases no censurables por mis colegas, es: realizar un análisis e interpretación científica de la estructura social de la realidad que, de oficio, vaya más allá de ideologías asalariadas, de posturas partidarias, de tertulias prepotentes, de teoricismos inocuos y, sobre todo, del inicuo escritorio que tiene que aguantar un peso muerto todo el día. Pero, se interpreta la realidad para alguien distinto a nosotros mismos, pues, de no ser así, se caería en una suerte de soliloquio intelectual o en un bautismo académico de nuestros propios paradigmas, los que –déjeme decirle, niña Juana- no son los de la gente; y, también, se interpreta la realidad para transformarla ¿o no, don Goyo? ¿De qué sirve –me pregunto- interpretar algo que no tengo la intención de cambiar? ¿Comprender algo sin intenciones de transformarlo no es, acaso, una simple masturbación mental? ¿Explicar la realidad sólo desde la visión del victimario no es, acaso, reproducir la afrenta en el papel?
René Martínez Pineda – Director Escuela de Ciencias Sociales –UES.
Fuente: www.diariocolatino.com
Iñaki Gabilondo entrevista a José Luis Sampedro
Publicado por Sociólogos Plebeyos
Iñaki Gabilondo entrevista a José Luis Sampedro, hombre de formación económica pero de vocación artística. Novelista y ensayista de reconocido prestigio, su pensamiento está sirviendo de referencia al denominado movimiento del 15-M.
Salvados – Parados en Espera
Publicado por Sociólogos Plebeyos
Más de 5’6 millones de españoles, el 24% de la población activa, está a la espera de encontrar trabajo, una cifra récord. Pero no es la primera vez que el desempleo sobrepasa el 20% en nuestro país. ¿Hemos tocado techo o la cifra seguirá creciendo? ¿Por qué se dispara tanto el paro en España cada vez que hay una crisis? ¿Cómo se redujo el paro en las anteriores ocasiones?.
SALVADOS habla con especialistas en el tema para conocer la realidad del mercado laboral pero, sobre todo, habla con personas que están en paro y que a pesar de buscarlo activamente durante meses e incluso años, no encuentran trabajo. ¿Cuánto tiempo se puede aguantar en esta situación? ¿Por qué hay un millón de jóvenes desempleados? ¿Es cierto que los mayores de 55 años no encontrarán trabajo? ¿Los servicios públicos de empleo sirven realmente para encontrar trabajo? ¿Son útiles los cursillos de formación?.
¿Y qué hace el gobierno al respecto? Para averiguarlo Jordi Évole se desplaza hasta el Congreso de los Diputados, donde representantes de los dos grandes partidos le explicarán las recetas para crear empleo. ¿Realmente tienen una?.
Escrito en Artículos/Noticias, Documentales/Películas, Economía, Sociedad
Etiquetas: 55 años, activa, cifra, congreso, desempleados, Diputados, espera, formación, jóvenes, mayores, parados, población, salvados, servicios públicos, trabajos
‘Foucault y la política’. Una política combativa al alcance de todos por Rubén Crespo
Publicado por Sociólogos Plebeyos
Reseña de:
José Luis Moreno Pestaña
Foucault y la política
Madrid, Tierradenadie ediciones, 2011
Descargar texto en pdf
Foucault y la política es la versión en español del texto más breve: Foucault, la gauche et la politique[1],publicado unos meses antes en Francia y que ha generado debates controvertidos en torno a la figura de Foucault. Tanto en España como en Francia, José Luis Moreno Pestaña (profesor de Filosofía en la Universidad de Cádiz) ha alcanzado notoriedad por sus extensos conocimientos en la obra de Michel Foucault. No sólo de Foucault, también de otros grandes autores del pensamiento contemporáneo francés como Pierre Bourdieu[2] y Jean-Claude Passeron.[3]
Moreno Pestaña (en adelante MP) realizó su tesis sobre Foucault.[4] Tras estudiar la obra de Pierre Bourdie y conectar con diferentes miembros en el Centre de Sociologie Européenne, perteneciente a la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París, volvió a reescribir su tesis. Esta vez, con la ayuda de la metodología etnográfica de Bourdieu y en el marco de la sociología del conocimiento, integró la ‘sociogéneis’ de Foucault en su obra, lo que le permitió un mayor acercamiento y una mejor comprensión de la complejidad de su pensamiento. El resultado fue Convirtiéndose en Foucault. Sociogénesis de un filósofo[5], un libro publicado en 2006 que lejos de las mitificaciones y encumbramientos de los grandes pensadores, muestra a un Foucault más humano e incorpora su contexto personal, intelectual y familiar, el cual “nos permite relacionar lo que vive y lo que hace con lo que piensa y lo que dice”.[6]
Podríamos decir, con la metáfora: una vez que MP se ha convertido en Foucault, después de rastrear de cerca sus huellas y explorar minuciosamente el entorno del suelo que pisó, después de indagar cómo fue su periodo de formación, sus antecedentes familiares, el estigma de su homosexualidad, sus miedos, sus fracasos… en definitiva, después de presentar al lector a un Foucault a ras del suelo lejos de mitos y veneraciones, ahora, con Foucault y la política, MP despeja el pensamiento de Foucault de cualquier tipo de escolástica y presenta su obra integrando tres niveles de análisis: “su experiencia social, su trayectoria académica e intelectual y sus compromisos políticos” (p. 8); un marco interpretativo relevante para comprender lo que tiene de interesante el pensamiento de Foucault para el análisis político.
El objetivo fundamental del libro es dar respuesta a la pregunta ¿son útiles las ideas de Foucault para transformar el sistema capitalista y llevarlo a que respete un pacto social más ecuánime? Sin duda, MP ha interpretado sabiamente la ‘caja de herramientas’ a la que Foucault se refirió como el resultado pretendido de su trabajo[7], y ha conseguido dar respuesta a esta pregunta sacando a flote el potencial del pensamiento político de Foucault para ampliar nuestro conocimiento de cómo funciona el poder y para abordar la complejidad de conflictos sociopolíticos actuales como, por ejemplo, el malestar social y el fenómeno de indignación del 15M.
MP, desde la sociología de la filosofía, su área de investigación más prolífica, analiza cronológicamente la obra de Foucault vinculándola a su trayectoria social, su producción filosófica y las posiciones políticas que fue adquiriendo a lo largo de su vida. Para ello, lo primero que hace es evitar ‘el peligro escolástico’. Si se pretende analizar el discurso político abstrayéndolo de su contexto, se corre el riesgo de prestar el análisis a usos conflictivos y a efectos imprevistos. Con tal fin, Moreno Pestaña hace uso de las enseñanzas de Ortega y Gasset, para el que la escolástica “es toda exposición de la filosofía recibida sin comprender el ámbito cultural, el espacio social o el tiempo histórico en el que se produjo” (p. 9). Ejemplos de abordaje escolástico de Foucault serían: relacionar a Foucault con otros autores sin saber si él mismo los leyó; el análisis simplificador de su obra; o atribuir a sus ideas el carácter de axiomas irrefutables.
Foucault, que inicialmente estudió Psicología[8] y fue profesor de esta disciplina durante su primera etapa docente, fue ante todo un filósofo. Es importante destacar que Foucault hizo filosofía como una práctica ‘abierta’ (filosofa hacia el exterior de los círculos académicos) y ‘recurrente’ (los acontecimientos históricos interesantes para la filosofía pueden estudiarse en cualquier momento con la misma validez que cuando se produjeron). Con este enfoque es posible una conexión más óptima entre la filosofía y la política. De esta manera, Foucault sigue encontrando problemas de importancia filosófica en la vida cotidiana y “amplia las fronteras del campo político a cuestiones despolitizadas” (p. 24).
Que Foucault se moviera entre los limites de “la filosofía y la no-fiolosofía” fue visto en su época con recelos por una buena parte del mundo académico institucionalizado de la disciplina. Sin embargo, esto le lleva a conectar con profesionales de diversas disciplinas y con un público más híbrido y extenso. Por esta razón, Foucault tendrá algunas dificultades para autodefinirse en lo que hace: “A decir verdad, no soy un filósofo. No hago filosofía en lo que hago, y si tuviera que denominarme, darme un título para decir lo que soy, confieso que estaría en un terrible aprieto”.[9]
Tras leer los primeros capítulos, en los que se analizan algunas de sus obras como Enfermedad mental y psychologie (1954; reed. en 1962)[10], Historia de la locura (1972)[11], Nacimiento de la clínica (1963)[12],Las palabras y las cosas (1966)[13], es fácil que el lector se pregunte qué significaciones políticas tienen estas obras. En sí mismas, pocas, y cuando las tienen, son poco definidas y, sobre todo, difíciles de combinar con corrientes de izquierdas como reconoce el mismo Moreno Pestaña, por ejemplo, sobre Las palabras y las cosas (p. 52). No obstante, la trayectoria social y las disquisiciones filosóficas de este periodo ―de ahí la importancia de su ‘sociogénesis’ que se va desarrollando durante toda su obra―, no exenta de contradicciones, serán cruciales para entender más adelante sus análisis sobre el poder desde las dimensiones filosófica y política.
En Historia de la locura podemos encontrar tres aptitudes en Foucault que apenas cambiarán a lo largo de su obra. La primera es una profunda crítica a las ciencias humanas (o sociales). Foucault tenía un concepto de la ciencia muy exigente, y para él, la psicología o la psiquiatría, no podían ser consideradas ciencias por las grandes dificultades a la hora de definir variables comparables y por no poseer un lenguaje preciso y único que tuviera una suficiente correspondencia con la realidad a estudiar. La segunda aptitud es una conciencia antidialéctica. “La razón dialéctica se caracteriza por asumir que lo negativo es un momento de lo positivo y que, gracias a las contradicciones, la historia avanza” (p. 30). Pero Foucault ve en la dialéctica un mecanismo para justificar las injusticias[14]. La tercera aptitud es una resistencia pertinaz a la domesticación moderna. Así, en el caso de la locura, aunque el discurso dominante es que la época moderna trata mejor la locura que la época clásica, Foucault se opone con un discurso de resistenciamostrando que la locura se ha reducido a la categoría de enfermedad, deja de ser vista como una experiencia humana (el abandono a las pasiones) y pasa a ser una simple desviación de la norma (la normalización que la psicología o la psiquiatría se encargan de definir e imponer).
En Las palabras y las cosas, Foucault continúa con la crítica a las ciencias sociales, esta vez, asumiendo bases epistemológicas más definidas (las epistemes) que en la anterior. Además, en esta obra incluye en sus críticas de forma manifiesta a la sociología (campo en el que tenía algunos compañeros con cierta afinidad como Passeron) junto a la psicología y la psiquiatría como no-ciencias que se aprovechan de otras que lo sí son como las matemáticas. Las ciencias sociales ―dirá― relativizan conceptos de otras ciencias y de la filosofía, y terminan por operar siempre en un marco dialéctico. Curiosamente, hace algunas reservas para otras disciplinas como el psicoanálisis o la etnología, por considerarlas reflexivas y capaces de comprender sus condiciones sociales de posibilidad. MP se pregunta ―y yo también― qué le llevó a Foucault a pensar que no podría serlo igualmente la sociología o la psicología.
¿Se equivocaba Foucault en su insistente desprestigio hacia las ciencias sociales? No debemos olvidar los efectos subjetivos de su ‘sociogénesis’ que están implícitos en el análisis que hace MP de manera continua en todo el libro. Quizás, Foucault no llegó a plantearse que al final la ‘caja de herramientas’ que deja como legado tendría tanta o más influencia en las ciencias sociales que en otras disciplinas a las que tenía en mejor estima[15]. Al menos se pueden obtener dos lecturas de esta actitud; una, que a pesar de que Foucault investigó bordeando las fronteras de la filosofía, jamás fue su pretensión abandonarla. Una filosofía como práctica abierta hacia el exterior, sí, pero también un ejercicio de afuera a dentro, recoger del exterior para enriquecer el interior. Y este ejercicio está en la base de la tarea filosófica que Foucault definió en su último curso en el Colegio de Francia y que MP nos recuerda su gran importancia: “la filosofía sirve para recordarnos que cualquier verdad exige condiciones políticas y produce un tipo de sujetos; que cualquier relación de poder reclama tipos de verdad y conocimiento y formas de ser particulares; que todohabitus[16] exige soportes cognitivos que lo defiendan y relaciones políticas que lo permitan” (p. 58). Y esta es, básicammente, la dimensión filosófica que Foucault incorpora al análisis del poder, una filosofía (la hagan o no filósofos de profesión) que nos ayuda a descubrir las relaciones mutuas de la verdad, la ética y la política. La otra lectura ―que es una interpretación personal mía― es que a las ciencias sociales (sobre todo a la sociología, que es la parte que más me toca) lo mejor que les puede suceder es tener críticos como Foucault, pues, al incorporarlos a su autocrítica, al valorar sus errores y al plantear reorientaciones, las ciencias sociales tienen más posibilidades de avanzar hacia un ethos más legítimo, que no sólo a una mera profesionalización que sólo se justifica por un sector dominante que asegura sus competencias.
Respecto a la utilidad que tiene la obra de Foucault para las identidades políticas, sobre todo para la renovación del pensamiento de izquierdas lejos del marxismo[17], la clave no está en la propia experiencia biográfica de Foucault. El activismo político de Foucault fue muy variable. Durante su formación en la ENS (École Normale Supérieure) fue comunista; estuvo cerca del poder gaullista en sus primeros años universitarios; a partir de Mayo del 68[18] se convierte a la ultraizquierda que, posteriormente, tomo la deriva hacia una izquierda no estatalista con un acercamiento al diálogo con el neoliberalismo[19]. Estas contradicciones políticas, que parecen explicarse sólo por modas de cada momento, no deben confundirse con su filosofía de la política y del poder. MP ofrece dos explicaciones a esta variabilidad en las definiciones políticas de Foucault: la primera supone verle como un agente racional que calcula sus intereses en sus incursiones políticas y que se transforman según las coyunturas que aparecen en su historia de vida. La segunda, algo más compleja, “considera a un individuo como el resultado de cadenas de interacción enmarañadas que van anudándose en un modo de ser” (p. 37). Pero la clave está en que en el individuo coexisten diversas formas de ser como consecuencia de las diferentes experiencias que se van reuniendo y que en algunos casos llegan a ser totalmente opuestas. Esto explica las capas que se van acumulando en su comportamiento y que le permite unas veces ser plural y ajustarse a la situación, y otras, un comportamiento totalmente contradictorio.
¿Significa esto que podría haber un Foucault para cualquier concepción política? “No. ―nos advierte MP― Hay posiciones imposibles de de encontrar en Foucault: además de las aberraciones políticas (fascismo o estalinismo), Foucault no fue socialdemócrata estatista ni liberal radical” (p. 120).
Tras los acontecimientos de Mayo del 68, es cuando Foucault empieza a incorporar la dimensión filosófica al campo de la política y el poder, “amplia sus fronteras y empieza a incorporar ámbitos que antaño se consideraban ayunos de cualquier juego de poder” (p. 55). A partir de ese momento empieza a tener una audiencia más politizada. Foucault hace filosofía política proponiendo dos vías: una, “retrocediendo hacia atrás y obteniendo una visión de nuestro lugar en el conjunto del mundo, después de haber reconstruido la historia de la que venimos” (p. 58), y la otra, persiguiendo los principios íntimos que rodean nuestro comportamiento, es decir, “las prácticas que hemos incorporado: «En el cuerpo, se encuentra el estigma de los acontecimientos pasados, tanto como en él nacen los deseos, los desfallecimientos y los errores»” (p. 59).
Lejos de los grandes tratados de teoría política omniabarcante, Foucault analiza el poder en un ámbito micro (las micro-estructuras del poder) e investiga cómo las relaciones de poder moldean la experiencia cotidiana de los individuo. En este sentido, Foucault es deudor del concepto de genealogía de Nietzsche. En el campo de la ‘verdad’ (no se tiene siempre un acceso completo a la realidad y por lo tanto expresar la verdad es muy difícil; sin embargo, Foucault nunca renunció a la noción de la verdad en su trabajo científico) se incorpora la genealogía para explicar la ontología del sujeto, es decir, cuál es la genealogía que permite convertirnos en objetos de conocimientos en cada momento histórico. En el campo del ‘poder’, la genealogía sirve para explicar cómo nos convertimos en sujetos de acción que influye y domina a los demás (la etnografía del poder). Así, Foucault habló de conceptos como la ‘anatomopolítica’ (la inserción de la política en la anatomía humana); y la ‘biopolítica’ (o ‘biopoder’ que intenta controlar y fortalecer la vida de los individuos en su conjunto). Mientras la biopolítica se encarga de la vida colectiva, la anatomopolítica tiene por objeto los cuerpos.
Foucault ejerció una gran crítica contra el socialismo estatalista por “carecer de método para gobernar a las poblaciones” (p. 91). Por una parte ve en el estatalismo una gran tendencia a pensar en el Estado como una máquina de dominación invulnerable, y por otra, considera que la crítica marxista (los marxistas ven al Estado como un sistema organizado por los intereses de las clases dominantes). Foucault prefiere hablar de los efectos imprevistos, es decir: “El Estado puede engendrar burocracia, pero también igualdad” (p. 93).
En cuanto al análisis del ethos neoliberal, Foucault se interesa por la construcción del individuo en el sistema neoliberal contemporáneo. El neoliberalismo ―dirá― rompe con el liberalismo clásico y no se fundamenta ya en el laissez faire: una economía libre y la ausencia de la intromisión política; al contrario, el neoliberalismo tiene cada vez más necesidad de ser intervencionista persiguiendo su principal objetivo, que los individuos se adapten al mercado. Es necesario la intervención, al menos en dos ámbito: “por un lado, el patrimonio genético de los individuos y, por otro, en su educación” (p. 99).
Si el neoliberalismo “concibe al individuo como un simple empresario de sí mismo que maximiza sus recursos en función de sus proyectos” (p. 102), Foucault, a través de un economicismo antropológico, ofrecerá una ética del sujeto muy diferente a la propuesta por la tradición individualista del homo æconomicus (preferidor racional)[20], y preferirá antes que el paradigma de la ‘disciplina’, cuyo objetivo es reglamentar la realidad social, el paradigma de la ‘seguridad’, que permite actuar sólo en niveles determinados[21]. Para Foucault la disciplina resulta utópica, mientras la seguridad es la que ha permitido el desarrollo del capitalismo económico, aunque no era el objetivo inicial.
A finales de los años 70, las simpatías o, mejor dicho, las no antipatías de Foucault hacia algunas de las concepciones neoliberales parecen evidentes. Por mucho que le pese a buena parte del sector intelectual de la izquierda, sobre todo la que intenta renovarse a través del pensamiento de Foucault, MP, sin fallar a su compromiso científico y crítico, deja claro que así fue y no descarta la posibilidad de una derecha neoliberal que se inspira también en Foucault. No obstante, MP deja algunos interrogantes sobre esta valoración. Puesto que el neoliberalismo no era todavía muy visible, estaba gestándose en aquella época, es muy posible que Foucault no valorara suficientemente este proceso. MP también hace una oportuna observación al afirmar que aunque el sistema neoliberal “no le era completamente antipático”, Foucault no se preguntó en ningún momento por los efectos que este sistema tenía en la desigualdad social. Esto puede ser debido ―a mi juicio― al haber subestimado Foucault a ciencias sociales como la sociología, la que desde un principio ―y una de las causas de su nacimiento― hizo de la desigualdad social uno de sus objetivos prevalentes de estudio (y así continúa siendo).
Como en los mejores best-sellers, lo mejor del libro está al final, en el último capítulo: Cuidado de sí, cuidado del otro; pero no se trata de una estrategia literaria deliberada por MP, es algo que resulta obvio cuando se reconoce la talla de Foucault. Los mejores filósofos y pensadores sociales que han pasado a la categoría de clásicos, o de clásicos contemporáneos, suelen alumbrar sus mejores ideas en su etapa más madura. En la década de los 80, Foucault se dedicó por entero a estudiar el pensamiento grecorromano y lo aplicó a los dos últimos trabajos de su carrera: la experiencia de la sexualidad y las técnicas de trabajo sobre uno mismo. Foucault intenta dar respuestas a la pregunta ¿cómo hemos de comportarnos considerando el efecto de nuestra personalidad que ha venido configurándose a través de nuestras experiencias vitales? En las éticas grecorromanas descubre que “el cuidado de sí se encontraba vinculado al cuidado del otro” (p. 107).
Foucault parte del hecho de que vivir significa asumir riesgos que no pueden ser protegidos públicamente. Para los neoliberalistas que les preocupaba el exceso de gobierno, Foucault ofrece una nueva alternativa al considerar que “el hecho de ser gobernados nos volvía solidarios a los seres humanos” (p.108). A partir de las relecturas del pensamiento de los estoicos y de los cínicos, el pensamiento político de Foucault produce dos ideas importantes. La primera, “una reflexión sobre los recursos necesarios para ser reconocido en la interacción cotidiana”[22]. Los hábitos son importantes para comprender que es nuestra personalidad, con la acumulación de las experiencias que nos preceden, la que nos permite tomar decisiones sobre nuestra vida que impliquen valores sociales, incluso, compromisos políticos. La segunda idea, influida por el pensamiento estoico, es “que todos los seres humanos ―y no sólo la élite gobernante― deben ocuparse de sí mismos y hacerlo no sólo en la juventud, o cuando uno se está formando, sino en todos los momentos de la vida” (p. 109). Se trata, pues, de obtener un habitus que deberemos seguir desarrollando continuamente.
Al pensar sobre la producción de los habitos, Foucault analizará con exhaustividad el concepto de laparresia con el fin de resolver el problema de ‘cómo decir la verdad’ y cómo se vincula ésta con la política según el contexto sociohistórico: “en qué condiciones institucionales puede decirse la verdad (democracia, monarquía […]) y cuáles son las condiciones personales (coraje personal, tipo de habitus y temperamento) para proferir y escuchar la verdad” (p. 111).
Siguiendo tres discursos de Pericles que Tucídides describe en Historia de la guerra del Peloponeso, Foucault analiza la parresia y describe tres condiciones de posibilidad: la epistemológica (la verdad), la moral (la ética) y la política (el poder). A través de la parresia Foucault teoriza sobre las asambleas democráticas como un espacio rectangular donde para que sea posible una autentica ‘palabra libre’ deben cumplirse cuatro condiciones: las formales, de prestigio, de verdad y de coraje físico. Serán estos cuatro ángulos los que permitan “la imbricación en la experiencia de la asamblea democrática, sin confundirse, de verdad, ética y poder” (p.113). Según MP, Foucault olvidó aclarar cuáles debían de ser las condiciones sociales y materiales para el acceso y la práctica de la palabra libre.
En suma, Foucault propone una “política filosófica pegada a la tierra, combativa, sostenida sobre un habitus entrenado para la desgracia e independiente de todo poder y doctrina” (p.117). El pensamiento político de Foucault, en esta última etapa, hace posible que exista un vínculo entre la experiencia íntima y la expresión política. Un vínculo que está en el corazón de movimientos sociales y acciones colectivas como el 15M[23]. De ahí la utilidad de su ‘caja de herramientas’ que ha ampliado nuestro horizonte en las cuestiones políticas más actuales, nos ha mostrado cómo funciona el poder con un enfoque antes desconocido, y nos puede ayudar a construir una mirada más crítica hacia los mecanismos estatales de la integración social y la garantía de la libertad.
Foucault y la política es un libro no sólo para apasionados del pensamiento de Foucault o los que busquen en el herramientas para enriquecer su formación política, es también un libro para aquellos que sólo conocen a Foucault de oídas o por las citas sobre algunos de sus conceptos más conocidos que pueden haber encontrado a través de otros autores o manuales de estudios de diversas disciplinas sociales. El libro es pequeño, pero su contenido es muy compacto porque el estilo de escritura de MP no suele abundar en redundancias y recapitulaciones. Es fácil que en ocasiones el lector tenga que volver atrás para releer y fijar con más detenimiento ideas que se van entretejiendo en capítulos posteriores. Por el contrario, la densidad y claridad de la información que se ofrece en las páginas del libro hace que la relectura sea una tarea reconfortante porque siempre se redescubre en el texto de MP nuevos matices que mejoran la comprensión de un autor tan complejo como Foucault, máxime, si además se trata de comprender su producción teórica incluyendo su trayectoria social y sus concepciones política.
Con Foucault y la política, Moreno Pestaña, haciendo uso precisamente de una de las herramientas que el propio Foucault engendró, la arqueología del saber, ha estudiado en profundidad la propia historia del saber de Foucault, ha conseguido sumergirse en la espesura del celaje de su influencia mediática para cruzar, capa por capa, todo el pensamiento que fue integrándose en Foucault a través de sus experiencias sociales hasta llegar a su propio suelo. Una vez en él, ha estudiado su topología y nos ha trazado una cartografía más detallada y comprensiva de su pensamiento. Continuando la metáfora, el mito a ras de suelo, pero con todas las propiedades extraordinarias que tiene el mito al alcance de todos. Un manual de instrucciones de la ‘caja de herramientas’ de Foucault para comprender el actual estado de las cosas, y si no nos gustan, para tener capacidad de cambiarlas mediante una política combativa pegada a la tierra.
Fuente: cisolog.com
Foucault y la política es la versión en español del texto más breve: Foucault, la gauche et la politique[1],publicado unos meses antes en Francia y que ha generado debates controvertidos en torno a la figura de Foucault. Tanto en España como en Francia, José Luis Moreno Pestaña (profesor de Filosofía en la Universidad de Cádiz) ha alcanzado notoriedad por sus extensos conocimientos en la obra de Michel Foucault. No sólo de Foucault, también de otros grandes autores del pensamiento contemporáneo francés como Pierre Bourdieu[2] y Jean-Claude Passeron.[3]
Moreno Pestaña (en adelante MP) realizó su tesis sobre Foucault.[4] Tras estudiar la obra de Pierre Bourdie y conectar con diferentes miembros en el Centre de Sociologie Européenne, perteneciente a la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París, volvió a reescribir su tesis. Esta vez, con la ayuda de la metodología etnográfica de Bourdieu y en el marco de la sociología del conocimiento, integró la ‘sociogéneis’ de Foucault en su obra, lo que le permitió un mayor acercamiento y una mejor comprensión de la complejidad de su pensamiento. El resultado fue Convirtiéndose en Foucault. Sociogénesis de un filósofo[5], un libro publicado en 2006 que lejos de las mitificaciones y encumbramientos de los grandes pensadores, muestra a un Foucault más humano e incorpora su contexto personal, intelectual y familiar, el cual “nos permite relacionar lo que vive y lo que hace con lo que piensa y lo que dice”.[6]
Podríamos decir, con la metáfora: una vez que MP se ha convertido en Foucault, después de rastrear de cerca sus huellas y explorar minuciosamente el entorno del suelo que pisó, después de indagar cómo fue su periodo de formación, sus antecedentes familiares, el estigma de su homosexualidad, sus miedos, sus fracasos… en definitiva, después de presentar al lector a un Foucault a ras del suelo lejos de mitos y veneraciones, ahora, con Foucault y la política, MP despeja el pensamiento de Foucault de cualquier tipo de escolástica y presenta su obra integrando tres niveles de análisis: “su experiencia social, su trayectoria académica e intelectual y sus compromisos políticos” (p. 8); un marco interpretativo relevante para comprender lo que tiene de interesante el pensamiento de Foucault para el análisis político.
El objetivo fundamental del libro es dar respuesta a la pregunta ¿son útiles las ideas de Foucault para transformar el sistema capitalista y llevarlo a que respete un pacto social más ecuánime? Sin duda, MP ha interpretado sabiamente la ‘caja de herramientas’ a la que Foucault se refirió como el resultado pretendido de su trabajo[7], y ha conseguido dar respuesta a esta pregunta sacando a flote el potencial del pensamiento político de Foucault para ampliar nuestro conocimiento de cómo funciona el poder y para abordar la complejidad de conflictos sociopolíticos actuales como, por ejemplo, el malestar social y el fenómeno de indignación del 15M.
MP, desde la sociología de la filosofía, su área de investigación más prolífica, analiza cronológicamente la obra de Foucault vinculándola a su trayectoria social, su producción filosófica y las posiciones políticas que fue adquiriendo a lo largo de su vida. Para ello, lo primero que hace es evitar ‘el peligro escolástico’. Si se pretende analizar el discurso político abstrayéndolo de su contexto, se corre el riesgo de prestar el análisis a usos conflictivos y a efectos imprevistos. Con tal fin, Moreno Pestaña hace uso de las enseñanzas de Ortega y Gasset, para el que la escolástica “es toda exposición de la filosofía recibida sin comprender el ámbito cultural, el espacio social o el tiempo histórico en el que se produjo” (p. 9). Ejemplos de abordaje escolástico de Foucault serían: relacionar a Foucault con otros autores sin saber si él mismo los leyó; el análisis simplificador de su obra; o atribuir a sus ideas el carácter de axiomas irrefutables.
Foucault, que inicialmente estudió Psicología[8] y fue profesor de esta disciplina durante su primera etapa docente, fue ante todo un filósofo. Es importante destacar que Foucault hizo filosofía como una práctica ‘abierta’ (filosofa hacia el exterior de los círculos académicos) y ‘recurrente’ (los acontecimientos históricos interesantes para la filosofía pueden estudiarse en cualquier momento con la misma validez que cuando se produjeron). Con este enfoque es posible una conexión más óptima entre la filosofía y la política. De esta manera, Foucault sigue encontrando problemas de importancia filosófica en la vida cotidiana y “amplia las fronteras del campo político a cuestiones despolitizadas” (p. 24).
Que Foucault se moviera entre los limites de “la filosofía y la no-fiolosofía” fue visto en su época con recelos por una buena parte del mundo académico institucionalizado de la disciplina. Sin embargo, esto le lleva a conectar con profesionales de diversas disciplinas y con un público más híbrido y extenso. Por esta razón, Foucault tendrá algunas dificultades para autodefinirse en lo que hace: “A decir verdad, no soy un filósofo. No hago filosofía en lo que hago, y si tuviera que denominarme, darme un título para decir lo que soy, confieso que estaría en un terrible aprieto”.[9]
Tras leer los primeros capítulos, en los que se analizan algunas de sus obras como Enfermedad mental y psychologie (1954; reed. en 1962)[10], Historia de la locura (1972)[11], Nacimiento de la clínica (1963)[12],Las palabras y las cosas (1966)[13], es fácil que el lector se pregunte qué significaciones políticas tienen estas obras. En sí mismas, pocas, y cuando las tienen, son poco definidas y, sobre todo, difíciles de combinar con corrientes de izquierdas como reconoce el mismo Moreno Pestaña, por ejemplo, sobre Las palabras y las cosas (p. 52). No obstante, la trayectoria social y las disquisiciones filosóficas de este periodo ―de ahí la importancia de su ‘sociogénesis’ que se va desarrollando durante toda su obra―, no exenta de contradicciones, serán cruciales para entender más adelante sus análisis sobre el poder desde las dimensiones filosófica y política.
En Historia de la locura podemos encontrar tres aptitudes en Foucault que apenas cambiarán a lo largo de su obra. La primera es una profunda crítica a las ciencias humanas (o sociales). Foucault tenía un concepto de la ciencia muy exigente, y para él, la psicología o la psiquiatría, no podían ser consideradas ciencias por las grandes dificultades a la hora de definir variables comparables y por no poseer un lenguaje preciso y único que tuviera una suficiente correspondencia con la realidad a estudiar. La segunda aptitud es una conciencia antidialéctica. “La razón dialéctica se caracteriza por asumir que lo negativo es un momento de lo positivo y que, gracias a las contradicciones, la historia avanza” (p. 30). Pero Foucault ve en la dialéctica un mecanismo para justificar las injusticias[14]. La tercera aptitud es una resistencia pertinaz a la domesticación moderna. Así, en el caso de la locura, aunque el discurso dominante es que la época moderna trata mejor la locura que la época clásica, Foucault se opone con un discurso de resistenciamostrando que la locura se ha reducido a la categoría de enfermedad, deja de ser vista como una experiencia humana (el abandono a las pasiones) y pasa a ser una simple desviación de la norma (la normalización que la psicología o la psiquiatría se encargan de definir e imponer).
En Las palabras y las cosas, Foucault continúa con la crítica a las ciencias sociales, esta vez, asumiendo bases epistemológicas más definidas (las epistemes) que en la anterior. Además, en esta obra incluye en sus críticas de forma manifiesta a la sociología (campo en el que tenía algunos compañeros con cierta afinidad como Passeron) junto a la psicología y la psiquiatría como no-ciencias que se aprovechan de otras que lo sí son como las matemáticas. Las ciencias sociales ―dirá― relativizan conceptos de otras ciencias y de la filosofía, y terminan por operar siempre en un marco dialéctico. Curiosamente, hace algunas reservas para otras disciplinas como el psicoanálisis o la etnología, por considerarlas reflexivas y capaces de comprender sus condiciones sociales de posibilidad. MP se pregunta ―y yo también― qué le llevó a Foucault a pensar que no podría serlo igualmente la sociología o la psicología.
¿Se equivocaba Foucault en su insistente desprestigio hacia las ciencias sociales? No debemos olvidar los efectos subjetivos de su ‘sociogénesis’ que están implícitos en el análisis que hace MP de manera continua en todo el libro. Quizás, Foucault no llegó a plantearse que al final la ‘caja de herramientas’ que deja como legado tendría tanta o más influencia en las ciencias sociales que en otras disciplinas a las que tenía en mejor estima[15]. Al menos se pueden obtener dos lecturas de esta actitud; una, que a pesar de que Foucault investigó bordeando las fronteras de la filosofía, jamás fue su pretensión abandonarla. Una filosofía como práctica abierta hacia el exterior, sí, pero también un ejercicio de afuera a dentro, recoger del exterior para enriquecer el interior. Y este ejercicio está en la base de la tarea filosófica que Foucault definió en su último curso en el Colegio de Francia y que MP nos recuerda su gran importancia: “la filosofía sirve para recordarnos que cualquier verdad exige condiciones políticas y produce un tipo de sujetos; que cualquier relación de poder reclama tipos de verdad y conocimiento y formas de ser particulares; que todohabitus[16] exige soportes cognitivos que lo defiendan y relaciones políticas que lo permitan” (p. 58). Y esta es, básicammente, la dimensión filosófica que Foucault incorpora al análisis del poder, una filosofía (la hagan o no filósofos de profesión) que nos ayuda a descubrir las relaciones mutuas de la verdad, la ética y la política. La otra lectura ―que es una interpretación personal mía― es que a las ciencias sociales (sobre todo a la sociología, que es la parte que más me toca) lo mejor que les puede suceder es tener críticos como Foucault, pues, al incorporarlos a su autocrítica, al valorar sus errores y al plantear reorientaciones, las ciencias sociales tienen más posibilidades de avanzar hacia un ethos más legítimo, que no sólo a una mera profesionalización que sólo se justifica por un sector dominante que asegura sus competencias.
Respecto a la utilidad que tiene la obra de Foucault para las identidades políticas, sobre todo para la renovación del pensamiento de izquierdas lejos del marxismo[17], la clave no está en la propia experiencia biográfica de Foucault. El activismo político de Foucault fue muy variable. Durante su formación en la ENS (École Normale Supérieure) fue comunista; estuvo cerca del poder gaullista en sus primeros años universitarios; a partir de Mayo del 68[18] se convierte a la ultraizquierda que, posteriormente, tomo la deriva hacia una izquierda no estatalista con un acercamiento al diálogo con el neoliberalismo[19]. Estas contradicciones políticas, que parecen explicarse sólo por modas de cada momento, no deben confundirse con su filosofía de la política y del poder. MP ofrece dos explicaciones a esta variabilidad en las definiciones políticas de Foucault: la primera supone verle como un agente racional que calcula sus intereses en sus incursiones políticas y que se transforman según las coyunturas que aparecen en su historia de vida. La segunda, algo más compleja, “considera a un individuo como el resultado de cadenas de interacción enmarañadas que van anudándose en un modo de ser” (p. 37). Pero la clave está en que en el individuo coexisten diversas formas de ser como consecuencia de las diferentes experiencias que se van reuniendo y que en algunos casos llegan a ser totalmente opuestas. Esto explica las capas que se van acumulando en su comportamiento y que le permite unas veces ser plural y ajustarse a la situación, y otras, un comportamiento totalmente contradictorio.
¿Significa esto que podría haber un Foucault para cualquier concepción política? “No. ―nos advierte MP― Hay posiciones imposibles de de encontrar en Foucault: además de las aberraciones políticas (fascismo o estalinismo), Foucault no fue socialdemócrata estatista ni liberal radical” (p. 120).
Tras los acontecimientos de Mayo del 68, es cuando Foucault empieza a incorporar la dimensión filosófica al campo de la política y el poder, “amplia sus fronteras y empieza a incorporar ámbitos que antaño se consideraban ayunos de cualquier juego de poder” (p. 55). A partir de ese momento empieza a tener una audiencia más politizada. Foucault hace filosofía política proponiendo dos vías: una, “retrocediendo hacia atrás y obteniendo una visión de nuestro lugar en el conjunto del mundo, después de haber reconstruido la historia de la que venimos” (p. 58), y la otra, persiguiendo los principios íntimos que rodean nuestro comportamiento, es decir, “las prácticas que hemos incorporado: «En el cuerpo, se encuentra el estigma de los acontecimientos pasados, tanto como en él nacen los deseos, los desfallecimientos y los errores»” (p. 59).
Lejos de los grandes tratados de teoría política omniabarcante, Foucault analiza el poder en un ámbito micro (las micro-estructuras del poder) e investiga cómo las relaciones de poder moldean la experiencia cotidiana de los individuo. En este sentido, Foucault es deudor del concepto de genealogía de Nietzsche. En el campo de la ‘verdad’ (no se tiene siempre un acceso completo a la realidad y por lo tanto expresar la verdad es muy difícil; sin embargo, Foucault nunca renunció a la noción de la verdad en su trabajo científico) se incorpora la genealogía para explicar la ontología del sujeto, es decir, cuál es la genealogía que permite convertirnos en objetos de conocimientos en cada momento histórico. En el campo del ‘poder’, la genealogía sirve para explicar cómo nos convertimos en sujetos de acción que influye y domina a los demás (la etnografía del poder). Así, Foucault habló de conceptos como la ‘anatomopolítica’ (la inserción de la política en la anatomía humana); y la ‘biopolítica’ (o ‘biopoder’ que intenta controlar y fortalecer la vida de los individuos en su conjunto). Mientras la biopolítica se encarga de la vida colectiva, la anatomopolítica tiene por objeto los cuerpos.
Foucault ejerció una gran crítica contra el socialismo estatalista por “carecer de método para gobernar a las poblaciones” (p. 91). Por una parte ve en el estatalismo una gran tendencia a pensar en el Estado como una máquina de dominación invulnerable, y por otra, considera que la crítica marxista (los marxistas ven al Estado como un sistema organizado por los intereses de las clases dominantes). Foucault prefiere hablar de los efectos imprevistos, es decir: “El Estado puede engendrar burocracia, pero también igualdad” (p. 93).
En cuanto al análisis del ethos neoliberal, Foucault se interesa por la construcción del individuo en el sistema neoliberal contemporáneo. El neoliberalismo ―dirá― rompe con el liberalismo clásico y no se fundamenta ya en el laissez faire: una economía libre y la ausencia de la intromisión política; al contrario, el neoliberalismo tiene cada vez más necesidad de ser intervencionista persiguiendo su principal objetivo, que los individuos se adapten al mercado. Es necesario la intervención, al menos en dos ámbito: “por un lado, el patrimonio genético de los individuos y, por otro, en su educación” (p. 99).
Si el neoliberalismo “concibe al individuo como un simple empresario de sí mismo que maximiza sus recursos en función de sus proyectos” (p. 102), Foucault, a través de un economicismo antropológico, ofrecerá una ética del sujeto muy diferente a la propuesta por la tradición individualista del homo æconomicus (preferidor racional)[20], y preferirá antes que el paradigma de la ‘disciplina’, cuyo objetivo es reglamentar la realidad social, el paradigma de la ‘seguridad’, que permite actuar sólo en niveles determinados[21]. Para Foucault la disciplina resulta utópica, mientras la seguridad es la que ha permitido el desarrollo del capitalismo económico, aunque no era el objetivo inicial.
A finales de los años 70, las simpatías o, mejor dicho, las no antipatías de Foucault hacia algunas de las concepciones neoliberales parecen evidentes. Por mucho que le pese a buena parte del sector intelectual de la izquierda, sobre todo la que intenta renovarse a través del pensamiento de Foucault, MP, sin fallar a su compromiso científico y crítico, deja claro que así fue y no descarta la posibilidad de una derecha neoliberal que se inspira también en Foucault. No obstante, MP deja algunos interrogantes sobre esta valoración. Puesto que el neoliberalismo no era todavía muy visible, estaba gestándose en aquella época, es muy posible que Foucault no valorara suficientemente este proceso. MP también hace una oportuna observación al afirmar que aunque el sistema neoliberal “no le era completamente antipático”, Foucault no se preguntó en ningún momento por los efectos que este sistema tenía en la desigualdad social. Esto puede ser debido ―a mi juicio― al haber subestimado Foucault a ciencias sociales como la sociología, la que desde un principio ―y una de las causas de su nacimiento― hizo de la desigualdad social uno de sus objetivos prevalentes de estudio (y así continúa siendo).
Como en los mejores best-sellers, lo mejor del libro está al final, en el último capítulo: Cuidado de sí, cuidado del otro; pero no se trata de una estrategia literaria deliberada por MP, es algo que resulta obvio cuando se reconoce la talla de Foucault. Los mejores filósofos y pensadores sociales que han pasado a la categoría de clásicos, o de clásicos contemporáneos, suelen alumbrar sus mejores ideas en su etapa más madura. En la década de los 80, Foucault se dedicó por entero a estudiar el pensamiento grecorromano y lo aplicó a los dos últimos trabajos de su carrera: la experiencia de la sexualidad y las técnicas de trabajo sobre uno mismo. Foucault intenta dar respuestas a la pregunta ¿cómo hemos de comportarnos considerando el efecto de nuestra personalidad que ha venido configurándose a través de nuestras experiencias vitales? En las éticas grecorromanas descubre que “el cuidado de sí se encontraba vinculado al cuidado del otro” (p. 107).
Foucault parte del hecho de que vivir significa asumir riesgos que no pueden ser protegidos públicamente. Para los neoliberalistas que les preocupaba el exceso de gobierno, Foucault ofrece una nueva alternativa al considerar que “el hecho de ser gobernados nos volvía solidarios a los seres humanos” (p.108). A partir de las relecturas del pensamiento de los estoicos y de los cínicos, el pensamiento político de Foucault produce dos ideas importantes. La primera, “una reflexión sobre los recursos necesarios para ser reconocido en la interacción cotidiana”[22]. Los hábitos son importantes para comprender que es nuestra personalidad, con la acumulación de las experiencias que nos preceden, la que nos permite tomar decisiones sobre nuestra vida que impliquen valores sociales, incluso, compromisos políticos. La segunda idea, influida por el pensamiento estoico, es “que todos los seres humanos ―y no sólo la élite gobernante― deben ocuparse de sí mismos y hacerlo no sólo en la juventud, o cuando uno se está formando, sino en todos los momentos de la vida” (p. 109). Se trata, pues, de obtener un habitus que deberemos seguir desarrollando continuamente.
Al pensar sobre la producción de los habitos, Foucault analizará con exhaustividad el concepto de laparresia con el fin de resolver el problema de ‘cómo decir la verdad’ y cómo se vincula ésta con la política según el contexto sociohistórico: “en qué condiciones institucionales puede decirse la verdad (democracia, monarquía […]) y cuáles son las condiciones personales (coraje personal, tipo de habitus y temperamento) para proferir y escuchar la verdad” (p. 111).
Siguiendo tres discursos de Pericles que Tucídides describe en Historia de la guerra del Peloponeso, Foucault analiza la parresia y describe tres condiciones de posibilidad: la epistemológica (la verdad), la moral (la ética) y la política (el poder). A través de la parresia Foucault teoriza sobre las asambleas democráticas como un espacio rectangular donde para que sea posible una autentica ‘palabra libre’ deben cumplirse cuatro condiciones: las formales, de prestigio, de verdad y de coraje físico. Serán estos cuatro ángulos los que permitan “la imbricación en la experiencia de la asamblea democrática, sin confundirse, de verdad, ética y poder” (p.113). Según MP, Foucault olvidó aclarar cuáles debían de ser las condiciones sociales y materiales para el acceso y la práctica de la palabra libre.
En suma, Foucault propone una “política filosófica pegada a la tierra, combativa, sostenida sobre un habitus entrenado para la desgracia e independiente de todo poder y doctrina” (p.117). El pensamiento político de Foucault, en esta última etapa, hace posible que exista un vínculo entre la experiencia íntima y la expresión política. Un vínculo que está en el corazón de movimientos sociales y acciones colectivas como el 15M[23]. De ahí la utilidad de su ‘caja de herramientas’ que ha ampliado nuestro horizonte en las cuestiones políticas más actuales, nos ha mostrado cómo funciona el poder con un enfoque antes desconocido, y nos puede ayudar a construir una mirada más crítica hacia los mecanismos estatales de la integración social y la garantía de la libertad.
Foucault y la política es un libro no sólo para apasionados del pensamiento de Foucault o los que busquen en el herramientas para enriquecer su formación política, es también un libro para aquellos que sólo conocen a Foucault de oídas o por las citas sobre algunos de sus conceptos más conocidos que pueden haber encontrado a través de otros autores o manuales de estudios de diversas disciplinas sociales. El libro es pequeño, pero su contenido es muy compacto porque el estilo de escritura de MP no suele abundar en redundancias y recapitulaciones. Es fácil que en ocasiones el lector tenga que volver atrás para releer y fijar con más detenimiento ideas que se van entretejiendo en capítulos posteriores. Por el contrario, la densidad y claridad de la información que se ofrece en las páginas del libro hace que la relectura sea una tarea reconfortante porque siempre se redescubre en el texto de MP nuevos matices que mejoran la comprensión de un autor tan complejo como Foucault, máxime, si además se trata de comprender su producción teórica incluyendo su trayectoria social y sus concepciones política.
Con Foucault y la política, Moreno Pestaña, haciendo uso precisamente de una de las herramientas que el propio Foucault engendró, la arqueología del saber, ha estudiado en profundidad la propia historia del saber de Foucault, ha conseguido sumergirse en la espesura del celaje de su influencia mediática para cruzar, capa por capa, todo el pensamiento que fue integrándose en Foucault a través de sus experiencias sociales hasta llegar a su propio suelo. Una vez en él, ha estudiado su topología y nos ha trazado una cartografía más detallada y comprensiva de su pensamiento. Continuando la metáfora, el mito a ras de suelo, pero con todas las propiedades extraordinarias que tiene el mito al alcance de todos. Un manual de instrucciones de la ‘caja de herramientas’ de Foucault para comprender el actual estado de las cosas, y si no nos gustan, para tener capacidad de cambiarlas mediante una política combativa pegada a la tierra.
.
Rubén Crespo Estudiante de Sociología en la UNED a 14 de mayo de 2012[2] Véase: Moreno Pestaña, José Luis. 2012. “Sobre la actualidad del Oficio de sociólogo” en las jornadasEl oficio de sociólogo. El legado de Pierre Bourdieu. Círculo de Bellas Artes en Madrid (http://moreno-pestana.blogspot.com.es/2011/12/sobre-la-actualidad-del-oficio-de.html).
[3] José Luis Moreno Pestaña ha traducido El razonamiento sociológico: el espacio comparativo de las pruebas históricas de Jean-Claude Passeron, Madrid, Siglo XXI, 2011. / Véase también: Moreno Pestaña, José Luis. 2003. ¿Qué significa argumentar en sociología? Revista Española de Sociología Nº 3, pp. 51–67.
[4] Reseñado en: Campillo Meseguer, Antonio. 2011. “Foucault político, Foucault desconocido” en la Web de Antonio Campillo en la Universidad de Murcia. (http://bit.ly/IT25qg).
[5] Moreno Pestaña, José Luis. 2006. Convirtiéndose en Foucault: sociogénesis de un filósofo. Ediciones de Intervención Cultural, S.L. / Véase también: Fernández Zubieta, Ana. 2006. Reseña de Convirtiéndose en Foucault. Revista Española de Sociología Nº 6, pp. 131–134.
[6] Roca Jusmet, Luis. 2012. Reseña de Foucault y la política en: hexis. filosofía y sociología (http://moreno-pestana.blogspot.com.es/2012/02/resena-de-luis-roca-en-el-viejo-topo.html).
[7] Foucault, Michel. 1974. “Prisons et asiles dans le mécanisme du pouvoir” en Dits et Ecrits, t. II. Paris: Gallimard, 1994, pp. 523–524.
[8] Foucault sufrió de depresiones, llegando incluso a intentar suicidarse, por la angustia que le supuso su homosexualidad. Debido a estos episodios, estuvo en tratamiento psiquiátrico, momento en el que empezó a interesarse por la psicología. Así, Foucault se licenció primero en Psicología, pero luego, años después, obtuvo también la licenciatura en Filosofía en 1952. Foucault daba clases de Psicología en Clermont-Ferrand, pero al final empezó a gustarle poco este trabajo por la aversión que fue tomando hacia esta disciplina.
[9] Philippe Calderon. 2003. Michel Foucault par lui-meme. ARTE France / BFC Productions.
[10] Foucault, Michel. 1962. Maladie mentale et psychologie. París, PUF.
[11] Foucault, Michel. 1972. Histoire de la folie à l’âge classique. París, Gallimard.
[12] Foucault, Michel. 1963. Naissance de la Clinique. Une archéologie du regerd médical. París, PUF.
[13] Foucault, Michel. 1966. Les mots et les choses. Une archéologie des sciencies humaines, París, Gallimard.
[14] La noción que Foucault tiene de la dialéctica nada tiene que ver con la de Ortega y Gasset: unadialéctica como síntesis de conocimientos especializados con vocación práctica. Moreno Pestaña se apoya con frecuencia en Ortega y Gasset para explicar o poner en contradicción las ideas de Foucault.
[15] Por ejemplo, buena parte de la obra de Jean-Claude Passeron es un diálogo con las críticas de Foucault a las ciencias sociales.
[16] Habitus: concepto esencial en el pensamiento de Bourdieu para explicar la socialización y el sentido práctico. El habitus o los habitus son, según la definición de Bourdieu: sistemas de «disposiciones» duraderas y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas para funcionar como estructuras estructurantes, es decir, como principios generadores y organizadores de prácticas y representaciones que pueden estar objetivamente adaptadas a su fin, sin suponer la búsqueda consciente de fines y el dominio expreso de las operaciones necesarias para alcanzarlos, objetivamente «reguladas» y «regulares», sin ser el producto de la obediencia a reglas y, a la vez que todo esto, colectivamente orquestadas, sin ser producto de la acción organizadora de un director de orquesta. (Castro Nogueira, Luis, Miguel Ángel Castro Nogueira, y Julian Morales Navarro. 2008. Metodología de las ciencias sociales: una introducción crítica. Tecnos. p. 827).
[17] Foucault dejó de creer en la revolución capitalista, propuso la desmarxitización de la izquierda y criticó la concepción de la economía de Marx porque no era tan innovadora como otros autores posteriores escribieron; sin embargo, donde sí lo consideraba innovador fue en su concepción histórica.
[18] Cuando estalla el conflicto de Mayo del 68, Foucault se encuentra en Túnez, y fue su compañero Daniel Defert quien lo mantuvo al día.
[19] Esta variedad de posiciones políticas en la trayectoria biográfica de Foucault, que Moreno Pestaña se ha atrevido a incorporar con puro sentido crítico, es la que ha causado los polémicos debates a los que me referí al inicio de este texto. A pesar de que Moreno Pestaña insiste en evitar caer en el simplismo de atribuir a Foucault una u otra adscripción partidaria, por el hecho de que Moreno Pestaña atribuye una cercanía de Foucault al gaullismo en los años 60 y su simpatía con algunos planteamientos del neoliberalismo, algunos comentaristas de la edición francesa lo han malinterpretado y lo han visto como un ataque personal hacia Foucault.
[20] Homo æconomicus: “idealización elaborada en el seno de la teoría económica neoclásica. Representa un individuo/consumidor racional y egoísta, dotado de consistentes sistemas de preferencias [preferidor racional] y creencias que actúa de acuerdo con el principio de maximización de la ganancia o bienestar y minimización del coste. (Castro Nogueira, Luis, Miguel Ángel Castro Nogueira, y Julian Morales Navarro. 2008. Metodología de las ciencias sociales: una introducción crítica. Tecnos. p. 828).
[21] Puesto que Foucault ya había considerado el poder como una relación y no como una propiedad, el rechazo a la disciplina y la tolerancia a la seguridad se debe a que acepta las relaciones de poder siempre y cuando éstas sean reversibles y no impliquen una estructura de dominio, es decir, “sí a las relaciones de poder cuando no son jerárquicas”. (Roca Jusmet, Luis. 2012. Reseña de Foucault y la política en: hexis. filosofía y sociología (http://moreno-pestana.blogspot.com.es/2012/02/resena-de-luis-roca-en-el-viejo-topo.html).
[22] En terminología de Bourdieu, se trataría de los diferentes capitales y su valor en relación con los contextos sociales.
[23] Véase la conferencia que Moreno Pestaña ofreció el 3 de junio de 2011 en el marco de un ciclo de reflexiones sobre el 15-M, organizado por el grupo de trabajo, ‘Debate teórico’ de la Plaza del Carmen de Granada. en: Moreno Pestaña, José Luis. 2012. “Pensar los hábitos democráticos con Michel Foucault”.Cisolog. Ciencia Sociológica. Retrieved (http://cisolog.com/sociologia/pensar-los-habitos-democraticos-con-michel-foucault/)
Escrito en Artículos/Noticias, Filosofía, Internet, Material Sociológico, Opinión, Pensamiento Sociológico, Política
Etiquetas: alcance, Bourdieu, busquen, cisolog, citas, combativa, conceptos, conocen, crespo, de todos, debate, disciplinas sociales, española, estudios, etnográfica, formación, foucault, Francia, herramientas, la gauche et la politique, libros, manuales, más conocidos, moreno, oídas, pestaña, política, publiciado, rubén, sólo, versión


























