Archivo del sitio
¿Qué es la Demografia?
Es el estudio interdisciplinario de las poblaciones humanas. La demografía trata de las características sociales de la población y de su desarrollo a través del tiempo. Los datos demográficos se refieren, entre otros, al análisis de la población por edades, situación familiar, grupos étnicos, actividades económicas y estado civil; las modificaciones de la población, nacimientos, matrimonios y fallecimientos; esperanza de vida, estadísticas sobre migraciones, sus efectos sociales y económicos; grado de delincuencia; niveles de educación y otras estadísticas económicas y sociales.

La demografía se encarga de tres partes fundamentales:
1. La medición: Cuantificación de eventos poblacionales.
2. La explicación: Análisis de causas de los efectos.
3. Fenomenología: Explicación de las variables.
El Estudio del tamaño de la población:
Un ejemplo de una de las técnicas de medición demográfico es el análisis de la población, la ecuación fundamental de la población es:
Ecuación Fundamental de la Población que podemos escribir de diversas maneras:
Población Final = Población Inicial + Nacimientos – Defunciones + Inmigración – Emigración
Población Final = Población Inicial + Crecimiento Natural ó Vegetativo + Migración Neta
Crecimiento de la Población = Nacimientos – Defunciones + Migración Neta
La ciencia de la demografía no se limita a la medición sino que incluye necesariamente la interpretación y análisis de los datos, las proyecciones y previsiones sobre la base de supuestos que incluyen variables no demográficas. Sin embargo la demografía estadística es el punto de partida del análisis de la población en el que se trata de medir con precisión las magnitudes demográficas.
El concepto de fecundidad se refiere al número medio de hijos que tienen las mujeres. Para medirlo con precisión es necesario delimitar con precisión la variable que queremos medir ya que la cifra que la exprese será muy distinta según consideremos a todas las mujeres que viven en un momento determinado en un país, o sólo a las mujeres fértiles, eliminando las que mueren antes de alcanzar la edad fértil. Podremos estimar también tasas de fecundidad por edades o tasa de fecundidad de cohortes.
Las tasas de natalidad y mortalidad son el resultado de dividir el número de nacimientos o defunciones por la población total. Normalmente se expresan en tantos por mil y por año. La diferencia entre las tasas de natalidad y de mortalidad indica el crecimiento natural o vegetativo.
El crecimiento demográfico mide el aumento, en un período específico, del número de personas que viven en un país o una región. La tasa de crecimiento demográfico depende, además de la tasa de natalidad y de la tasa de mortalidad, de los movimientos migratorios. La tasa de natalidad depende a su vez de la tasa de fecundidad. La tasa de fecundidad está influida por muchos factores pero el principal es el nivel cultural de la sociedad y especialmente de las mujeres: a mayor cultura, menor número de hijos se tiene. La tasa de mortalidad depende del grado de desarrollo económico y sanitario.
La longevidad es la duración de la vida de una persona. Se mide mediante el concepto de esperanza de vida. La esperanza de vida de un tipo de persona es la media de la duración de la vida de ese tipo de personas. Así, la esperanza de vida al nacer en España en 1900 es la media del número de años que vivieron los españoles nacidos ese año. También podemos calcular la esperanza de vida a los 75 años en 1963: cuánto tiempo sobrevivieron de media las personas que ese año tenían una edad de 75.
Los índices demográficos se suelen referir a las cohortes, el conjunto de personas nacidas en un período determinado. Una forma muy habitual de representar gráficamente el tamaño de diferentes cohortes en un momento determinado es la pirámide de población. El análisis longitudinal de las cohortes y las comparaciones entre cohortes son también muy ilustrativas de la dinámica de población.
Enlaces usados:
- http://www.eumed.net ”Demografía”;
- Enciclopedia Microsoft® Encarta.
Visto en
¿Es comestible el dinero? por Antonio Escohotado
Me detuve el otro día ante un póster ya antiguo, donde el daguerrotipo de una pielrroja norteamericana ilustra cierta profecía que la tribu cree: “Cuando se haya talado el último árbol, envenenado el último río y capturado el último pez descubriréis que el dinero no puede comerse”. Siempre me pareció sensato el pronóstico, pero ahora lo estaba viendo en una aldea tailandesa, tras haber leído algunas cosas sobre historia de la compraventa, y me sonó distinto.
A finales del siglo pasado, en Birmania los adquirentes iban de compras con una pieza de plata, martillo, cincel, balanza y pesas, para con ayuda de un yunque (puesto a su disposición por el vendedor) cortar el trozo adaptado a cada adquisición. En Siam, dada la falta de moneda pequeña, los adquirentes debían a veces dar la misma pieza a dos o tres vendedores distintos, encargándose ellos de su posterior reparto, o bien recibir a cambio de su compra algunas medidas de arroz. No menos curiosos eran los hábitos comerciales de los mexicanos precolombinos, que desconocían hasta la balanza y adquirían cosas usando bolsitas con granos de cacao, oro en polvo metido en los cañones de plumas de ganso e incluso finas láminas de zinc. En Africa era más habitual pagar las transacciones con sal, y con esclavos, mientras en el curso superior del Amazonas el equivalente a esos bienes resultaban ser panales de cera y miel.
Descubrimos el dinero muy tarde, allí donde había ya agricultura intensiva, metalurgia y arte ingenieril, gracias a especuladores que osaron acumular ese nuevo tipo de mercadería cuando los demás se dedicaban a atesorar bienes tradicionales, anticipando la ventaja de poseer objetos con una capacidad de venta superior a cualesquiera otros. Aunque al principio las monedas fuesen trozos de metales útiles pero no nobles (cobre y hierro ante todo), y aunque parecía temerario cargarse de cosas ni nutritivas ni acogedoras ni ornamentales, su apuesta prosperó admirablemente, sentando las bases de economías complejas que acabaron descubriendo las ventajas de la plata y el oro, si se combinaban con un sistema de pesas y medidas.
El primer dinero parece haber consistido en cabezas de ganado, medio de pago para todos los antiguos moradores de Europa. Reses, caballos, ovejas y otros animales útiles presentan manifiestos inconvenientes para sostener el intercambio, compensados tan sólo por su capacidad para autotrasladarse, que les hizo preferibles a grano, materiales de construcción, aperos e incluso tejidos. Y las primeras monedas llevan efectivamente el troquel de algún animal, sello que se conserva también a nivel lingüístico: pecuniario y peculio vienen del latín pecus (“ganado”); en árabe el singular mâl (“ganado”) significa en plural “dinero”, y los griegos usaban boios (“buey”) como base para cifras económicas importantes como dekaboion, hekatoboion, etc.
Sin embargo, la vida económica no despegó hasta que metales nobles, de peso y pureza controlada, se combinaron con otros medios de pago –letras de cambio, cheques, acciones, bonos- que evitaban en mucha mayor medida dificultades de almacenaje y posibles fraudes (muchos emperadores, por ejemplo, limaban toneladas de su propia moneda para reacuñar esas limaduras). Progresivamente espiritualizado y cómodo, el dinero acabó siendo papel dificil de falsificar, luego el plástico de las tarjetas de crédito y ahora la combinación personal de números que se introduce en internet para pagar con cargo a nuestra cuenta corriente. No hace falta ser adivino para sospechar que el cash tangible tiene sus días contados.
Comparado con las dificultades del trueque antiguo, el intercambio resulta ahora tan infinito como instantáneo. Gracias a esa movilización extraordinaria, la Tierra es capaz de sostener a muchísimos más habitantes que nunca, en condiciones incomparablemente más comfortables, demoliendo el agorero pronóstico del abate Malthus en cuanto a un superávit de bocas sobre alimentos. Pero esa evidencia sólo cobra su significado último comprendiendo que el dinero –como las lenguas, el derecho, el mercado y otras grandes costumbres- no es fruto de designio o plan consciente, ni tiene inventor distinto de la evolución social. El mayor disparate de nuestros ancestros fue imaginar que las cosas fundamentales surgen por decreto creador (divino o gubernativo), y se extinguen por decreto derogatorio (divino o gubernativo), cuando en realidad brotan de un impersonal espíritu humano obligado sin pausa a aprender de sus equivocaciones, dentro de procesos aleatorios que constituyen la historia de su propia libertad.
Hay todavía quien dice odiar el dinero, y sobre todo a los adinerados, proponiendo que en lugar de sacarse cada individuo y cada familia sus castañas del fuego acudamos todos a dependencias donde nos entreguen gratuitamente cierta cantidad igual de alimentos, bienes de equipo y billetes para ir alguna vez al ballet o a un concierto. Así nos libraríamos de lo que estas personas llaman el “horror económico”, cuyo fundamento son las necesidades de bienes sentidas autónomamente por cada cual. Otros, entre los cuales me incluyo, ven en ese supuesto horror el nervio de nuestro progreso material y moral. A cambio de un futuro siempre incierto, no hacemos cola para recibir la mísera ración mensual de arroz, mantequilla o vivienda establecida por algún autócrata, sino que cada uno se lanza a realizar personales aspiraciones, tejiendo una red de servicios que eleva hasta extremos antes impensables el nivel y la expectativa de vida para individuos y grupos.
A fin de cuentas, para despreocuparnos de la economía en general necesitaríamos o que los actuales bienes se multiplicasen de modo casi infinito (hasta dejar de ser bienes escasos y, por tanto, económicos) o que las necesidades humanas adelgazasen de modo casi infinito (hasta poder satisfacerse con el producto de un trabajo sin incentivos individuales, estrictamente colectivizado). Es sin duda esto segundo lo que pusieron en marcha distintos mesías totalitarios desde principios del siglo que ahora acaba, inaugurando una pseudo-producción para el consumo, orientada de hecho al imperio del espionaje y la coacción. El mesías propone que es mejor vivir sin dinero, con unos buenos vales para cubrir legítimas necesidades, pues a fin de cuentas el dinero no se come, corrompe a las personas y arruina el medio ambiente.
Al otro lado del río están los anónimos especuladores del pasado remoto, decisivos para la consolidación de una cosa tan indigerible y peligrosa. Mientras campesinos, terratenientes y nobles acumulaban bienes con alto valor de uso, ellos se atrevieron a enajenar tierras, alimentos y cualquier mercancía menos intercambiable que piezas de cobre y hierro, aparentemente estériles. Pero al simplificar los intercambios, base del proceso acumulativo, hicieron por la prosperidad bastante más que todos los profetas, redentores y estadistas juntos: le dieron al comercio su instrumento idóneo, contribuyendo enérgicamente a remediar la penuria y el aislamiento de ilimitados congéneres.
Fuente: escohotado

































