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¿Para qué sirve la sociología?

Marx, Durkheim y Weber cavaron el surco para una ciencia que hoy enfrenta una serie de preguntas que cuestionan y desafían su función. Los intelectuales consultados subrayan la necesidad de contar con un instrumento de análisis capaz de cuestionar y reconstruir las estructuras del medio donde vivimos.

Por qué desde la sociología a diferencia de otras disciplinas surgen preguntas del estilo ¿para qué sirve un sociólogo? o ¿cuál es la utilidad de la propia sociología? Estos interrogantes a su vez interpelan: ¿Son estas preguntas cíclicas o evidencian un replanteo de posición de la sociología al interior de las ciencias sociales? Estas son algunas de las inquietudes que surgieron al leer ¿Para qué sirve la sociología? (dirigido por Bernard Lahire, y publicado por Siglo Veintiuno Editores), ¿Para qué sirve realmente un sociólogo? (de François Dubet, de Siglo Veintiuno Editores), y¿Qué hacen los sociólogos? (editado por Lucas Rubinich y Gastón Beltrán, en Aurelia Rivera Libros). Obviamente los autores de estos libros son de profesión sociólogos.

La sociología es como un deporte de combate: se utiliza para defenderse, no para dar golpes bajos”, la definió Pierre Bourdieu.

Ciencia polifónica, la sociología puede dar diversas explicaciones de un problema específico según el modelo explicativo en que se base. Pero, rara avis , está obligada periódicamente a explicar frente al poder su razón de ser. ¿Por qué dar cuenta de la utilidad de la ciencia? le consultó Ñ a tres especialistas. “Siempre está en duda la utilidad de una disciplina cuya ‘funcionalidad’ es ser disfuncional al poder, criticar estructuras de dominación, escudriñar el origen y la dinámica de la desigualdad. A la sociología se la cuestiona cuando incomoda”, señala Javier Auyero, desde EE.UU., donde enseña etnografía, sociología del sufrimiento, y política latinoamericana en la Universidad de Texas (Austin).

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Desde luego, la sociología puede resolver problemas concretos en ámbitos como la salud o la vida rural y así surgen ramas o campos de trabajo como sociología de la salud, sociología rural o sociología del trabajo. Muchas veces, esas miradas no buscan resolver problemas inmediatos, sino que analizan diversas aristas de una situación y ponen en cuestión todas las relaciones. “Eso es molesto: una ciencia que no habla desde el poder, sino sobre el poder es problematizadora. Preguntarse sobre el poder produce desacomodamientos. Al trabajar contra la mirada convencional sobre lo social, que es la mirada política que sostiene determinado orden, la sociología, lo quiera o no, es problematizadora de ese orden”, dice Lucas Rubinich, sociólogo, profesor de Sociología de la Cultura y Sociología General en la Carrera de Sociología (UBA), desde una mirada ligada al núcleo de producción de conocimiento en autonomía.

Siguiendo a Bernard Lahire, la sociología tiene tantas más posibilidades de decepcionar o de contrariar a los poderes cuanto mejor cumpla con su función científica. Esa función no es servir para algo o para alguien. Pedirle a la sociología que sirva para algo es una manera de pedirle que sirva al poder. Mientras que su función científica es comprender el mundo social, comenzando con los poderes. Operación que no es neutra socialmente. Entre otras razones, porque no existe poder que no deba una parte –y no la menor– al desconocimiento de los mecanismos que lo fundan.

Por su parte, Ricardo Sidicaro, investigador del Conicet, especialista en teoría sociológica y problemas socio políticos de la Argentina, señala que el problema radica en “que la sociología puede ser cuestionada desde otras disciplinas en sus explicaciones, pero al mismo tiempo puede ser cuestionada porque algunos hacen ejercicio ilegal de la sociología, entonces ésta pierde reconocimiento frente a la sociedad”.

La cuestión del poder

La pregunta que irrumpe es a quién debe responderle esta serie de interrogantes la sociología como ciencia y práctica concreta. ¿Quién es su interlocutor potencial a la hora de dar cuentas? Para Javier Auyero, desde sectores dominantes, y desde el sentido común que muchas veces reproduce el punto de vista dominante, siempre se pone en duda la tarea intelectual, en general, la de las ciencias sociales críticas.

“Se le rinde cuentas a otras ciencias competitivas, y también a una especie de sentido común que cuestiona que la sociedad pueda ser pensada científicamente”, dice Sidicaro. Y agrega: “Cualquier poder está montado sobre una especie de mitología: puede ser que la justicia es ecuánime, que los lideres son infalibles, o que la democracia representa a todas las personas. La sociología cuando explica qué es eso, indudablemente se pelea con los poderes”. Acuñando conceptos del alemán Max Weber, da un ejemplo: “Si me preguntan qué es un partido político, digo: un partido político es una asociación organizada para llevar al jefe al gobierno para repartir prebendas entre sus seguidores”. Y añade: “Puedo decir que los laboratorios medicinales trabajan para la salud de la humanidad, o bien puedo decir que los laboratorios medicinales trabajan para ganar dinero, y que cuando hacen avanzar la ciencia, hasta que no amortizaron las patentes que tenían, no fabrican los medicamentos de las nuevas patentes. Y si uno afirma que la escuela en realidad les enseña a algunos chicos lo que saben y a otros lo que no saben, y por lo tanto perjudica a los más pobres porque les enseña contenidos que son más adecuados para la clase media, los maestros se ponen locos: cualquier tesis o cualquier aporte que plantea la sociología molesta a alguien: es mucho más lindo creer que si sos maestro sos un funcionario de la cultura”.

Rubinich coincide: “La mirada de la sociología, lo quiera o no lo quiera, interviene en las luchas por las miradas sobre el mundo. Cuando uno piensa una institución religiosa no como algo divino sino como una construcción histórica es problemático, sobre todo, para las instituciones religiosas. Y eso lo puede decir Durkheim, Weber, Marx, entre muchos otros sociólogos clásicos. Es una intervención indirecta en la lucha política más densa: la lucha por la imposición de visiones del mundo en una sociedad”.

Por ejemplo, la explicación acerca de por qué se producen diferencias sociales es un análisis teórico que circula por el campo científico, pero que tiene consecuencias políticas. Es justamente este tipo de intervenciones la que genera disputa y cuestiona el papel de la sociología. Se busca, entonces, redefinir sus objetivos y límites, en términos teóricos y de praxis. Se trata de acotarla y descalificarla.

Es que en toda relación social hay elipsis y silencios que ayudan a seguir adelante. Verdades que preferimos ignorar para que la vida se vuelva soportable. “Por eso se dice que la sociología es una ciencia que incomoda. Molesta porque nos dice lo que preferimos no ver. Vivir juntos supone trabajar sobre el equívoco”, señala Sidicaro. Se trata de una especie de consenso tácito que incluye omisiones y cegueras para hacer más tolerable la vida en sociedad.

Según François Dubet, la sociología siempre pone de relieve la distancia que media entre las representaciones y las realidades, entre los más elevados principios y los hechos más banales: dejar al desnudo esa distancia es en sí una acción útil.

¿Cuáles son los principales cuestionamientos que se le hacen a la sociología? “Que no es útil, que no “sirve”, que no cumple ninguna función –que no cura a nadie, que no construye ningún puente, etcétera– como si la vara de utilidad fuese solo la racionalidad instrumental”, dice Auyero.

Esta situación lleva a que a veces la sociología se vea obligada a exacerbar sus recursos técnicos metodológicos provenientes de la estadística para obtener legitimidad frente al resto de las ciencias.

La sociología tiene un campo profesional amplio: desde analizar las expectativas de distintos nichos para vender una gaseosa hasta intervenir en políticas públicas. “Creo –dice Rubinich– que la sociología tiene una presencia muy importante en el mundo estatal y en el mundo tecnocrático internacional. En organismos internacionales como el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, la Organización Internacional del Trabajo, la Organización Internacional de la Salud, y en ministerios y organismos estatales en Latinoamérica hay sociólogos trabajando y cumplen una función relevante”.

En cambio, Sidicaro señala: “En la Argentina, pensar que un insumo de mayor racionalidad puede servir para desarrollar acciones de políticas públicas fue siempre muy pobre porque está fundado en la lluvia y el precio de los mercados internacionales, eso es más adecuado para las sociedades industriales con ideología industrial”. Para Sidicaro, el trabajo de los sociólogos en sectores de planificación de políticas públicas no es por sí solo un indicador positivo, sino que es necesario analizar el impacto real que tienen en el diseño y desarrollo de políticas sociales específicas. “Los sociólogos pueden trabajar en muchas esferas, pero la sociología se hace más fuerte cuando el Estado la legitima porque considera que el conocimiento sobre lo social es previo a tratar de intervenir sobre lo social. Pero acá eso no ocurre: muchos están hablando todo el día del 17 de octubre, de que prohibieron a Perón, que Perón se fue… Acá la idea es que el futuro está en el pasado o los países que no tienen futuro piensan en el pasado”.

Para Rubinich, la producción de conocimiento específico sobre la sociedad en términos académicos otorga verdadera identidad a la sociología.

Hoy, ¿cuál es la principal función de la sociología? Para Auyero, la sociología tiene múltiples funciones, pero fundamentalmente sirve para entender cómo operan las estructuras sociales, cómo funciona el poder, cómo determina y condiciona nuestras vidas. “Cualquier sociedad –dice– que se precie de querer mejorar la condición humana, necesita de más sociología. Pero también tiene funciones más específicas, como “ilustrar” a los distintos organismos del Estado sobre los efectos de sus políticas. Por dar un ejemplo, la Asociación Americana de Sociología acaba de presentar un informe a la Corte Suprema de Justicia de los EE.UU. (un amicus brief) en donde delinea la investigación social existente sobre cómo a los hijos e hijas de matrimonios del mismo sexo (gays) les va igual de bien que a los hijos e hijas de matrimonios heterosexuales. Es un informe que le vendría bien leer a más de un “experto” tanto en Argentina como en EE.UU.”.

“La Argentina no tiene un Estado de previsibilidad racional”, dispara Sidicaro. Y agrega: “En los países desarrollados, y EE.UU. es el primero, se piden investigaciones sobre ciertos temas que podrían tener consecuencias sociales graves. En la Argentina eso no funcionó de ese modo nunca: la sociología nunca formó profesionales para la planificación”.

Sin embargo, el panorama no es el más alentador para algunas universidades norteamericanas, donde surge parte del insumo que luego, en caso de que haya sociólogos en organismos de planificación, aplicarán, discutirán y modificarán. “En EE.UU. –comenta Auyero– la sociología goza de más autonomía por su firme implantación en las universidades –lo que no quiere decir que su validez no sea cuestionada. Por estos días, por dar un ejemplo, el líder de la mayoría republicana en el congreso, Eric Cantor, está proponiendo un proyecto de ley que eliminará todo el financiamiento federal para la investigación en ciencias sociales”.

Rumbo a la teología

En nuestras pampas, en 2008, Lino Barañao, el entonces y actual ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva caracterizó sin filtro a las ciencias sociales de dogma: “(…) a mí me gustaría ver un cierto cambio metodológico; estoy tan acostumbrado a la verificación empírica de lo que digo, que a veces los trabajos en ciencias sociales me parecen teología”.

Para Auyero, la sociología informó el pensamiento de muchos movimientos sociales y políticos pero al mismo tiempo, en su fase más técnica, ayuda, por ejemplo, a develar la existencia de la desigualdad de género al interior del Estado, del mundo del trabajo: “¿Cómo entenderíamos los mecanismos de discriminación que existen al interior del mundo laboral, tanto en la contratación como en la experiencia concreta del trabajo? ¿No seguiríamos reproduciendo estereotipos sobre el comportamiento político de los pobres –el llamado ‘clientelismo’, por ejemplo, si la sociología no nos hubiese enseñado otra cosa?– ¿Dónde aprenderíamos a comprender la desigualdad ambiental –esto es, la desigual exposición a los peligros ambientales– sino con más y mejor sociología? ¿Es posible sin sociología entender los determinantes de la pobreza y la marginalidad?”.

Queda preguntarnos si estamos dispuestos a darle lugar a las explicaciones proyectivas y no complacientes. Qué lugar se le da desde el Estado a la investigación en ciencias sociales, y a la conformación de equipos de especialistas en áreas clave para el desarrollo e implementación de políticas específicas.

Por último: ¿es posible entender y explicar el impacto de políticas concretas sin estudios sociológicos? Merece una ciencia, polifónica y plural, en sus abordajes metodológicos y analíticos, explicarse una y otra vez.

POR MARINA OYBIN, visto en www.revistaenie.clarin.com

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Gurvitch: conciencia crítica de la sociología moderna

Con motivo del aniversario de la muerte de Gueorgui Gurvitch, Rusia Hoy da a conocer una de las figuras de origen ruso más comprometidas de la sociología europea del S. XX.

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Hace exactamente 50 años Gueorgui Gurvitch (o Georges como era conocido en Francia), sufrió un atentado en su apartamento parisino, aunque no consiguió acabar con su vida. El ataque lo llevó a cabo la OAS, una organización terrorista de la extrema derecha francesa bastante activa en los años 60, y responsable de varios atentados a intelectuales franceses, entre sus objetivos tuvieron también a Jean Paul Sartre. 

Debido al atentado Gurvitch tuvo que refugiarse en la casa del pintor Marc Chagall. Fue un intelectual brillante, de ahí que muchos sectores reaccionarios en Francia lo considerasen especialmente peligroso por sus declaraciones de apoyo a la independencia de Argelia. 

Se adelantó a lo que inmediatamente iba a acontecer a nivel global como la liquidación del colonialismo y la creación de nuevas naciones a lo largo y ancho de todo el mundo. 

Inicio revolucionario y exilio 

Nació en Novorosíisk, una ciudad al sur de Rusia que da al Mar Negro. Fue bastante activo en las labores revolucionarias del nuevo gobierno soviético instaurado tras la revolución del 17. 

Sin embargo algunas críticas a Lenin junto con las duras condiciones de vida de los científicos de esta época en la naciente URSS le empujaron a emigrar, primero a Berlín, después a Praga y finalmente a Francia, país en el que desarrolló la mayor parte de su carrera académica, como docente en la Universidad de la Sorbona, ocupando el puesto que a principios de siglo había ostentado Emile Durkheim. 

Una lente social implacable 

Fue un prolífico escritor que consiguió observar con una lente crítica bastante fuera de lo común aspectos relacionados con la filosofía del derecho y la forma de practicar la sociología. 

En ese sentido, la máxima del sociólogo francés Pierre Bordieu “la sociología es un deporte de combate”, cobra la máxima relevancia en este autor. 

Sus detractores, sobre todo los sociólogos americanos le achacaban que no prestaba la suficiente atención a las encuestas de opinión pública, tan habituales en todos los países democráticos hoy en día. Su visión de la investigación social iba más allá. 

Cuando murió Gurvitch el 12 de diciembre de 1965, el novelista francés y sociólogo Jean Duvignaud publicó en un artículo en ‘Le Monde’ poco después de su muerte: 

“Después de todo, en el siglo pasado el laboratorio de Marx fue la Comuna de París, como el de Gurvitch fue la revolución de 1917, el ‘new deal’ y el Frente Popular. La intensa participación, el compromiso en las situaciones vivientes de una época son quizá más aclaradoras que las encuestas sobre un medio abstracto.” 

Su enorme influencia llega hasta el punto que como señala el prestigioso sociólogo español, José María Pérez Agote “fue el creador de dos perspectivas ampliamente utilizadas por la sociología contemporánea: la perspectiva macro y micro sociológica”. 

La perspectiva macro es la que trata los fenómenos sociales como si fueran grandes procesos, por ejemplo el análisis de las recientes revoluciones de la ‘Primavera árabe’, entrarían dentro de esta categoría. 

La perspectiva micro tendría que ver con las relaciones cotidianas del individuo en la sociedad; como puede ser una simple transacción monetaria en el supermercado. 

Algo que a simple vista puede ser evidente revolucionó el enfoque de investigación en el ámbito académico de la sociología. 

1.1.

Reconstruyendo la noción de ‘ley’ 

En el ámbito del derecho acuñó la noción de pluralismo jurídico, término que hace referencia a la coexistencia en un mismo plano de varias perspectivas normativas, de ahí que este concepto rompa con la visión clásica de que el Estado es la única fuente de derecho. 

Ahí donde haya un grupo social, habrá una serie de normas específicas que rigen a este grupo concreto, que a su vez puede ir más allá y afectar al resto.

Pensemos, por ejemplo, en una organización mafiosa que haciendo caso omiso a las normas estatales genera sus propias normas que son cumplidas de forma estricta por sus componentes o un centro educativo, de trabajo, la familia… con normas que son ‘ley’ en ese entorno grupal. 

Una influencia poco reconocida 

Lo cierto es que no ha sido el único sociólogo ruso marginado por el ámbito académico internacional, Pitirim Sorokim también pertenece a este grupo, a ambos se les ha negado un lugar en el Olimpo de los grandes clásicos de la sociología. 

Esperemos que un futuro no muy lejano se le reconozca el mérito y podamos ver de una vez por todas a un sociólogo ruso en los manuales clásicos de sociología de todos los países del mundo. 

Gurvitch ha muerto, ¡viva Gurvitch!

Fuente: rusiahoy.com

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Entrevista a Loïc Wacquant: El trabajo de Bourdieu es una crítica de la dominación

Han pasado diez años desde el fallecimiento del sociólogo francés Pierre Bourdieu. En esta década, la difusión e influencia mundial de su trabajo han crecido exponencialmente, convirtiéndolo en el primer y único cientista social de la segunda mitad del siglo veinte en unirse a Karl Marx, Émile Durkheim y Max Weber como uno de los clásicos de las ciencias sociales. Este hito es destacado con la publicación de Sur l´État, libro basado en las clases que dio en el Collège de France entre 1989 y 1992, y por un conjunto de  conferencias y dossiers publicados en importantes periódicos de varios países. En esta entrevista, Loïc Wacquant, su discípulo más destacado, discute el legado intelectual de Bourdieu y la creciente relevancia del trabajo de su maestro en las ciencias sociales y en el debate público contemporáneo.

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¿Cómo fue su primer encuentro con Pierre Bourdieu?
Conocí a Bourdieu en una clase pública que estaba dando sobre “Cuestiones de política”, una noche gris en noviembre de 1980, en la École Polytechnique de las afuera de París. Luego de la clase, a la que hallé densa y obtusa, la discusión continuó de manera informal junto a un grupo de estudiantes, hasta la madrugada, en la cafetería de la escuela. Allí, Bourdieu escudriñó, con la maestría de un cirujano, las conexiones subterráneas entre la política y la sociedad en Francia, en vísperas de las elecciones de 1981 que condujeron a la victoria de Mitterrand. Fue una iluminación, e inmediatamente pensé: “Si esto es la sociología, eso es lo que yo quiero hacer.” Así fue que comencé a tomar el curso de sociología en la Universidad de París en Nanterre y a faltar a mis clases en la École des HEC (la escuela de economía más importante en Francia) para asistir a las conferencias de Bourdieu en el Collège de France, donde acababa de ser elegido. Al final de cada una de sus clases, lo esperaba pacientemente y lo bombardeaba con preguntas hasta dejarlo exhausto. Desarrollamos la costumbre de regresar a su casa caminando por las calles de París. Era una fabulosa clase privada para un aprendiz de sociología.

¿Cómo lo percibía en relación a otras luminarias del pensamiento francés como Claude Lévi-Strauss, Michel Foucault y Jacques Derrida?
Bourdieu ya era famoso como el autor de Outline of a Theory of Practice, que cuestionaba el estructuralismo mentalista de Lévi-Strauss al preocuparse por capturar las actividades más ordinarias de la gente en situaciones concretas, pero también por ser el autor de La distinción, que refutaba la visión filosófica del gusto defendida por Derrida al revelar que nuestras preferencias más íntimas están permeadas por nuestra posición y nuestra trayectoria en la sociedad. Pero, en ese momento, no comprendía a Bourdieu en relación a otros grandes pensadores, en primer lugar porque no tenía ambición intelectual alguna y también porque él era un hombre muy accesible, caluroso, tímido. Lo veía como el conductor de la revista Actes de la recherche en sciences sociales, a la que me había suscripto a pesar de mis grandes dificultades para leerla. Actes es una revista académica única porque lleva a los lectores a la cocina de las ciencias sociales: nos permite ver el proceso de producción de un objeto sociológico, que se construye rompiendo con el sentido común. Para una generación de investigadores, la mejor manera de aprender de Bourdieu fue leer esa revista que él fundó y editó por un cuarto de siglo. Luego otros descubrieron su pensamiento por medio de la serie de libros breves Raisons d’agir, que lanzó en 1996.

¿Qué adjetivos utilizaría para caracterizar la sociología de Bourdieu?
Bourdieu es un sociólogo enciclopédico. Publicó 30 libros y casi 400 artículos que tratan de los temas más diversos, desde relaciones de parentesco en comunidades rurales hasta escolaridad, clase social, cultura e intelectuales, ciencia, ley y religión, dominación masculina, la economía, el Estado, y la lista sigue. Pero, debajo de una increíble variedad de objetos empíricos, uno puede encontrar un pequeño número de principios y conceptos que dan a su obra una llamativa unidad y coherencia. Bourdieu desarrolló una ciencia de la práctica, que alimenta una crítica de la dominación en todas sus formas: de clase, étnica, sexual, nacional, burocrática, etcétera. Esta ciencia es antidualista, agonística, y reflexiva. Antidualista porque escapa a las antinomias heredadas de la filosofía clásica y la sociología, entre el cuerpo y la mente, lo individual y lo colectivo, lo material y lo simbólico, y combina la interpretación (que busca razones) y la explicación (que detecta causas), así como los niveles micro y macro de análisis. Esta sociología es agonística porque postula que todos los universos sociales, incluso el que aparenta ser más conciliador como la familia o el arte, son sitios de luchas multifacéticas e interminables. Por último, la sociología de Bourdieu se diferencia de otras, incluyendo la de los padres fundadores, Marx, Weber y Durkheim, en que es reflexiva: los sociólogos deben de manera imperativa utilizar sus herramientas para con su oficio a los efectos de controlar las determinaciones sociales que pesan sobre ellos como seres sociales y como productores culturales.

¿Cuáles son los conceptos distintivos que forman el corazón de la sociología de Bourdieu?
Para Bourdieu, la acción histórica existe en dos formas, encarnada e institucionalizada, sedimentada en los cuerpos y concretizada en las cosas. Por un lado, se “subjetiviza” al depositarse en la profundidad de los organismos individuales bajo la forma de categorías de percepción y apreciación, conjuntos de disposiciones duraderas que él llamó habitus. Por otro lado, la acción histórica se “objetiviza” en la distribución de recursos eficaces, que Bourdieu captura con la noción de capital, y en microcosmos que poseen una específica lógica de funcionamiento, que Bourdieu denomina campos (político, jurídico, artístico, etcétera). La agenda de su sociología consiste en elucidar la dialéctica de la historia hecha cuerpo y de la historia hecha cosa, el contrapunto entre habitus y campo, disposición y posición, que nos lleva al corazón del misterio de la vida social. Bourdieu propone que las estructuras mentales (del habitus) y las estructuras sociales (campo) se interpelan, se responden y corresponden unas a otras porque están vinculadas en una relación genética y recursiva: la sociedad moldea las disposiciones, las formas de ser, sentir y pensar características de una clase de personas; las disposiciones guían las acciones por medio de las cuales las personas moldean a la sociedad. Sumemos a esto la idea central de la pluralidad y convertibilidad de las distintas especies de capital: en las sociedades contemporáneas, las desigualdades no surgen solamente de las diferencias entre capital económico (riqueza, ingreso) sino también entre capital cultural (credenciales educativas), capital social (lazos sociales efectivos) y capital simbólico (prestigio, reconocimiento). Si revuelve obtendrá la receta para una sociología agonística flexible y dinámica, capaz de rastrear las luchas materiales y simbólicas por medio de las cuales hombres y mujeres producen la historia.

¿Qué hacer con el compromiso político de Bourdieu, especialmente con sus intervenciones después de la agitación social de 1995, cuando millones de franceses tomaron las calles para protestar contra los planes del gobierno de reducción del Estado de Bienestar?
En verdad, el “compromiso” político de Bourdieu se remonta a sus trabajos de juventud, durante la crisis argelina, desatada luego del levantamiento nacionalista contra el poder francés en 1955-1962. Como recién graduado de la École normale supérieure, se reconvirtió de la filosofía a la antropología -esto es, de la pura reflexión a la investigación empírica- para absorber el shock de esta guerra horrible y para aplicar un ojo clínico sobre la descolonización, que conmovió y finalmente derribó a la Cuarta República. Hacer ciencias sociales fue siempre la forma en que Bourdieu contribuyó al debate cívico. Todos sus libros atienden y reformulan los asuntos sociopolíticos más importantes de la actualidad. Esto es cierto en La reproducción (1970), que devela el mito meritocrático de la escuela liberadora, como lo es de La nobleza de estado (1989) que muestra los mecanismos de legitimación del poder tecnocrático y, por supuesto, del estudio de campo que llevó a La miseria del mundo (1993), publicado dos años antes de su famoso discurso a los ferroviarios en la Estación de Lyon en diciembre de 1995, donde protestaban por los recortes al gasto público. Lo que cambió en este tiempo es la manera en que su compromiso cívico se manifestó. Al principio, enteramente sublimado y a través de su trabajo científico. Luego, asumiendo con gradualidad una forma más discernible, que finalmente lo llevó a acciones concretas, visibles ante el público general. Esto por dos razones. Primero, Bourdieu cambió: envejeció, acumuló autoridad científica y comprendió mejor el funcionamiento de los universos político y periodístico, adquiriendo una mejor capacidad para producir efectos en ellos. Pero el mundo también cambió: en los 90, la dictadura del mercado amenazó directamente los logros colectivos de las luchas democráticas, e intervenir sobre eso se volvió un asunto de emergencia social. Lo que permanece constante es la pasión arrolladora de Bourdieu por la investigación y su devoción a la ciencia, a la que defendió con uñas y dientes contra la usurpación representada en la “filosofía de revista” y el irracionalismo de los llamados posmodernistas.

¿En qué se diferencia la recepción de su trabajo en Francia de la que tuvo en Estados Unidos?
En el extranjero, se lee a Bourdieu sin interferencias políticas y sin el prisma distorsivo de su imagen mediática: como un autor clásico, que creó armas innovadoras y poderosas para pensar acerca de las sociedades contemporáneas y como una importante figura de acción intelectual, que extiende el linaje de Émile Zola, Jean-Paul Sartre y Michel Foucault. En el nido de arañas de París, los prejuicios son duros de matar y algunos han continuado de forma póstuma con la guerra de clanes académicos que enlodaron la recepción de Bourdieu mientras vivía. Mal para Francia…

En su propia investigación, ¿qué toma de Bourdieu y qué hace con él?
Extiendo y reviso sus enseñanzas en tres frentes: el cuerpo, el gueto y el estado penal. En Entre las cuerdas (2004), hago un doble test del concepto de habitus. Primero, como un objeto empírico: distingo cómo uno arma sus esquemas mentales, competencias kinéticas y deseos carnales que, puestos juntos, hacen al boxeador profesional apetente y competente. Segundo, como un método de investigación: adquirí el habitus pugilístico vía un entrenamiento de tres años en un gimnasio del gueto negro de Chicago para facilitar el camino hacia una sociología carnal que trata al cuerpo como un vector de su producción y no como un obstáculo para el conocimiento. En el frente de las inequidades urbanas y étnicas, mi libro Parias urbanos (2008) desarrolla los modelos de Bourdieu para mostrar cómo, con su estructura y políticas, el Estado da forma a la marginalidad urbana en el cambio de siglo, llevando a la emergencia del “hipergueto” en Estados Unidos y de los “antiguetos” de Francia y Europa Occidental. Finalmente, mi investigación sobre la difusión global de las temáticas de “la ley y el orden”, bajo el concepto de “tolerancia cero”, resumidas en Las cárceles de la miseria (1999, expandida en 2009), revela que el retorno de la prisión marca el advenimiento de un nuevo régimen de manejo de la pobreza, que une la “mano invisible” del mercado de trabajo desregulado con el “puño de acero” de un aparato penal intrusivo e hiperactivo. El neoliberalismo no sólo nos trae un “pequeño gobierno” sino también el cambio desde el estado de bienestar social (welfare) hacia el “workfare”, centrado en el trabajo individual, y la expansión masiva de un “estado carcelario” en el lado de la justicia penal. 

Y, al contrario, ¿qué encuentra menos útil o menos relevante en Bourdieu?
La asunción de que existe una correspondencia cercana entre nuestras chances objetivas y aspiraciones subjetivas ya no es válida dada la universalización de la educación secundaria y la disrupción generalizada de las estrategias de reproducción de los hogares obreros, que se enfrentan a la degradación y el encogimiento del trabajo. El marco nacional desde el que Bourdieu construyó sus análisis debe ser ampliado y complementado por un análisis de los fenómenos transnacionales, para los que su propio trabajo provee herramientas conceptuales cruciales, como se desprende del reciente desarrollo de una rama de la teoría de las relaciones internacionales derivada de su trabajo. Como con todos los científicos, debemos tomar los postulados de Bourdieu y llevarlos hasta el límite. Bourdieu sería el primero en incitarnos a hacerlo.

Sus cursos en el Colegio de Francia de 1989 a 1992 acaban de publicarse con el título de Sobre el Estado (2012). ¿Qué es lo que agrega este voluminoso tomo a la sociología de Bourdieu y a la sociología en general?
En cuanto a su forma, es el primero de varios libros por venir, que nos permiten ver a Bourdieu en acción como profesor, yendo a tientas hacia ese “monstruo frío” que nombró Nietzsche; aquellas cosas que nos resultan tan familiares que ya no nos damos cuenta de que de hecho se nos han vuelto invisibles. Al clarificar por qué planteó los problemas del modo que lo hace (aproximarse al Estado a partir de pequeños actos mundanos, como llenar un formulario burocrático o firmar un certificado médico), al señalar las trampas de las que escapa, al revelar sus propios errores, dudas y ansiedades, Bourdieu nos invita a su laboratorio sociológico y nos ofrece una propedéutica sociológica en acción. En cuanto a sus contenidos, Bourdieu vigoriza la teoría del Estado caracterizándola como “el banco central del capital simbólico”: la agencia que monopoliza su uso legítimo, no solamente en términos de violencia física con la policía y el ejército (como propuso Max Weber hace un siglo) sino también la violencia simbólica. Esto es, la capacidad para otorgar categorías y asignar identidades, en particular desde el sistema escolar y el derecho, y entonces el poder de veridicción del mundo. El libro sigue los pasos a la increíble serie de invenciones históricas a través de las cuales “la casa del rey”, fundada en la apropiación y transmisión dinástica de poderes, se transformó rápidamente en “razón de Estado”, fundada en credenciales académicas y reproducida por medios burocráticos. El Estado, así, emerge como una institución de dos caras, como el dios Jano: por un lado, es un vehículo usado por aquéllos que construyen y mueven sus palancas, para crear un universalismo que los beneficie; por otro, es el medio a través del cual es posible avanzar hacia el universalismo y así promover la justicia.

¿Qué pensaría Bourdieu de la actual crisis económica europea y de la forma en que está amenazando sus concepciones del Estado como regulador y protector?
Con perspectiva en la larga duración, el libro provee herramientas precisas para capturar mejor lo que está en juego en las luchas políticas inducidas por el crash financiero y monetario que ha sacudido el mundo. Nos recuerda que son los Estados los que construyen mercados y, por lo tanto, quienes pueden reinar sobre ellos, siempre y cuando quienes los dirigen impulsen la voluntad política colectiva en esa dirección. El análisis de Bourdieu sugiere que las expresiones aparentemente científicas -como las agencias evaluadoras de deuda- en torno a las cuales el orden económico se hace fuerte no son más que una serie de golpes de Estado simbólicos. Descansan simplemente en la creencia colectiva, una confianza acicateada por quienes responden a esos mecanismos (comenzando con los medios masivos de comunicación). Sobre esto es bueno releer el capítulo del pequeño libro de Bourdieu titulado Contrafuegos (1998), donde critica lo que bautizó como “Pensamiento Tietmeyer” (tal era el apellido del alemán que presidía el Bundesbank el principal apóstol del euro), luego convertido en “Pensamiento Tricht” y “Pensamiento Draghi”. Es la idea de una dictadura financiera como ineluctable, cuando es fundamentalmente arbitraria y dura sólo a causa de la servidumbre voluntaria de los líderes políticos.

¿Qué es lo que más extraña desde la muerte de Bourdieu y qué deberíamos retener de su vida?
Personalmente, sus llamadas de teléfono a las dos de la mañana de Berkeley, que solían comenzar con un toque de ansiedad y culminaban invariablemente a las risas, y donde me infundía una energía eléctrica. Los desayunos que teníamos en su cocina diminuta, en los que se mezclaba todo: investigación académica, discusión política y consejos de vida, todo esto sumergido en sociología. Aunque lo niegue en La sociología es un deporte de combate, la película que Pierre Carles hizo sobre él, Bourdieu nunca se sacaba sus lentes sociológicos. Pero el autor de El sentido práctico (1980) está aún presente y vive entre nosotros, a través de la miríada de trabajos que su pensamiento estimuló en todo el planeta. Bourdieu es ahora el nombre de una empresa colectiva de investigación que atraviesa todas las barreras entre disciplinas y países, estimulando una ciencia social rigurosa, crítica del orden establecido y dispuesta a ampliar el espectro de posibilidades históricas. 

Por Patricio Dean Loïc Wacquant, sociólogo y discípulo de Pierre Bourdieu, analiza la vigencia del pensador francés a diez años de su muerte.

Traducción: Ignacio Pardo 
y Javier Auyero
Derechos cedidos por 
Loïc Wacquant y Javier Auyero

Josep Manel Busqueta: “”Nos educan para aceptar que el esclavo quiere ser esclavo”

Panadero de oficio principal y licenciado en economia como instrumento de lucha, desvelando las cosas que suceden en la realidad e intentando transformarlas, Josep Manel Busqueta, es miembro del Seminari de Economia Crítica Taifa y fue invitado, durante unos meses, a participar en el asesoramiento en aspectos económicos, del Gobierno de Venezuela. 

Fuente: 
http://laentrevistadelmes.blogspot.com.es

El asesinato descontrolado generará más de 15.000 puestos de trabajo

Es preocupante, cuanto menos, el papel que los economistas estamos teniendo en los últimos tiempos en todo cuanto acontece en Occidente. Y es preocupante digo porque si bien la economía es demasiado importante como para que se ocupe de ella un economista, todo lo que es la no-economía, lo es aún más. Me refiero, evidentemente, al medio ambiente, a la ciencia política o a las relaciones sociales y humanas, por ejemplo.

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El análisis coste-beneficio ha sido una innovación de análisis económico de una importancia terrible -el término “terrible” está usado aquí con toda la intención- en el ámbito de infinitud de disciplinas y pautas sociales. Construir un hospital o no hacerlo depende del análisis coste-beneficio, al igual que edificar una autovía dentro de un parque natural. Todo se reduce a una especie de problema económico-matemático donde se le pone precio a todo. Hemos, gracias al análisis coste-beneficio, creado una especie de mercados para todo con derechos de propiedad sobre todo. Y como todo es ya mercancía y susceptible de ser convertido en precio, poner dinero sobre la mesa a cambio de una mercancía se ha convertido en algo normalizado, prácticamente connatural al ser humano y aceptado por éste.

El mecanismo es simple: se investiga una determinada enfermedad sí y sólo sí su demanda es capaz de colmar la oferta, es decir si los posibles beneficios superan a sus costes. La salud, que es un bien público, se ha convertido de la noche a la mañana en un bien sujeto a leyes de carácter privado, es decir, en la búsqueda y obtención de rentabilidad o bien en la minimización del coste a costa de la propia salud, tómese por ejemplo el aumento descontrolado de cesáreas en contraposición a los partos naturales o seminaturales que son mucho más caros y más lentos pero infinitamente menos peligrosos. O la protección del medio ambiente, que es difícilmente traducible a términos monetarios, se convierte también en mercancía del ámbito privado de la manera más simple; se le otorgan precios a la emisión de polución y si se es capaz de pagar esos precios con el desarrollo de la actividad “el sistema funciona” sin importar cuestiones básicas como que, por ejemplo, la destrucción del medio ambiente es dificilmente reparable y que no está sujeto a la lógica de las indemnizaciones, es decir, hacer el aire irrespirable no se repara a través de una compensación económica, sino que el aire, simplemente, se convierte en irrespirable y no hay vuelta atrás.

Todo es convertible en mercancía, todo es reducible a dinero y todo es transformado en negocio.

Pero el análisis coste-beneficio está conociendo unas cotas de irracionalidad que apabullan. La sociedad ha asimilado tan profundamente ese sistema donde todo aquello cuyos “beneficios” (generalmente sobrevalorados) superen a sus costes (generalmente infravalorados) que desmontar esa construcción intelectual se ha convertido en una tarea ardua. Tanto es así que tenemos ilustres Premios Nobel de Economía que se han dedicado a extrapolar el análisis coste-beneficio a todo lo humano: el amor, por ejemplo, está -para Gary Becker- sujeto a las pautas del coste-beneficio. Así un individuo decidirá enamorarse de otro si las rentas obtenidas -y ahí entra todo, desde los hijos hasta el pago conjunto de la vivienda- supera a los costes -el coste, por ejemplo, de no poder romper el monopolio bilateral de las relaciones sexuales, esto es, la imposibilidad de ser infiel; o el coste de soportar a los suegros, etc.- Todo es mercancia, todo es convertible a moneda y mesurable; y, lo lógico para los amantes del coste-beneficio, es que los seres humanos asuman e interioricen eso. Además, el analisis coste-beneficio es del todo parcial y, como decíamos un poco más arriba, deshumanizado. De este modo, y según Becker, un individuo delinquirá si los rendimientos esperados de su delito son superiores a la pena que pudiera sufrir sujeta a la probabilidad de ser capturado. Y ese es todo el análisis. Quedan fuera de la ecuación las condiciones sociales, la educación, el tiempo histórico o, por ejemplo, la legitimidad de las autoridades que señalan el delito e imponen la pena. Ese es el corazón del coste-beneficio: simplificar la realidad e interacción social a una simple transacción, como el que va al mercado a por fruta, dejando profundas cuestiones al margen del análisis.

Sin embargo, la última moda a la hora de mercadear con todo es, sin duda, la convertibilidad del beneficio en empleo como moneda de cambio y cuyo peso está, en el imaginario colectivo, más que justificado.

De ahí que el título del presente artículo sea tan escabroso. Imaginen por un momento que, en pleno arrebato de lucidez, un grupo de economistas bien pagados, con sus trajes caros y apurado afeitado, sacan a la luz un estudio según el cual, si se instruye a cierto tipo de jóvenes en la delincuencia más salvaje -con otros términos mucho más políticamente correctos, por supuesto; no olviden que nuestro grupo de economistas son gente con estudios, y muy caros por cierto- esto generará directa e indirectamente más de 15.000 puestos de trabajo entre los médicos y enfermeros que cuidarán a los heridos derivados de la violencia, policías para la detención y la seguridad, personal de construcción para la ampliación de cárceles, etcétera. Todo ello perfectamente adornado con un sofisticado análisis econométrico cuya complejidad matemática le aporta un toque mucho más riguroso. ¿Qué gobierno, en la situación de destrucción de empleo en la que nos encontramos, rechazaría tan suculento plato?

Lógicamente, como se puede comprobar es un ejemplo de alejada (¿?) realidad. Podría haber usado otros aún más increíbles, como que por ejemplo un par de grandes ciudades españolas estuviesen subastando su soberanía mediante exenciones fiscales, reducciones de control judicial o simplemente crear una especie de vacío legal para convertir una zona de la ciudad en un lugar sin ley, o mejor dicho, un lugar con una ley que permita hacer prácticamente lo que un inversor que haya prometido la creación de más de 15.000 puestos de trabajo directos en casinos, desee. Como comprenderán, es un ejemplo tan irreal que apenas merece la pena desarrollar ni reflexionar sobre él. El análisis entre el coste (político, de cesión de soberanía; social, de prostitución, drogas, etc; y económico, de blanqueo de capitales -por seguir a Saviano-) y el beneficio generado es, bajo mi punto de vista, imposible. Entrar en una ponderación de costes y beneficios acerca de estas cuestiones es entrar en un juego perverso en el que, por sí mismo, se acepta la convertibilidad en moneda común -dinero o empleos- de los heterogéneos costes contra los heterogéneos beneficios.

La cuestión que aquí se intenta poner de relieve es simple, ¿de verdad estamos tan mal en la lucha ideológica que los ciudadanos se han comenzado a comportar en homo economicus, dándole -de paso- una alegría al cadáver de Pigou? ¿Ha calado tan profundamente el individualismo que exporta el neoliberalismo que los conceptos como derechos sociales o comunitarios y su naturaleza misma no son ya más que papel mojado y convertibles en moneda de cambio, como cualquier otro bien? ¿Deben las relaciones sociales, como el matrimonio o las quedadas con las amistades, ser objeto de un análisis tan superficial y economicistas? Es más, ¿Es sensato entregar un Premio Nobel a quien propone la deshumanización de toda acción humana convirtiendola en objeto de transacción, de mercado?

Los y las ciudadanos y ciudadanas, tienen ante sí un reto simple, pero a la vez complejo como él solo: la reflexión como seres sociales.

Alejandro Quesada Solana

Fuente: economiacritica.com

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