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Candidatos vascos de estilos muy distintos y tono suave en la campaña gallega

Los candidatos de los principales partidos vascos se presentan a las elecciones con estilos bien distintos, que van del tono directo de Basagoiti a la imagen de hombre de partido de Urkullu, mientras que en Galicia PPdeG, PSdeG y BNG apuestan por discursos tranquilos, poco agresivos y nada arriesgados.

Así lo explican en entrevistas con EFE el profesor de Sociología en la Universidad de La Coruña Eduardo Rego y el director del máster en Comunicación Política y Corporativa de la Universidad de Navarra Carlos Barrera, que hablan sobre los liderazgos de los candidatos a la presidencia de la Xunta y la Lehendakaritza y la estrategia de los partidos.

Relata el profesor Carlos Barrera que el popular Antonio Basagoiti destaca por su estilo propio y directo, mientras que el lehendakari, Patxi López, explota su “lado humano” y la candidata de EH Bildu, Laura Mintegi, destila frescura.

Cree que Íñigo Urkullu “no tiene un especial carisma a la hora de hablar y comunicar” pero señala que “la fortaleza del PNV está más allá de sus candidatos, en su propio partido”. “Es el partido por excelencia, muy metido en todos los entresijos de la sociedad vasca”, dice.

Los candidatos de los tres principales partidos gallegos, por su parte, se presentan a las elecciones con un discurso tranquilo y empleando un tono asertivo.

El profesor de Sociología en la Universidad de La Coruña Eduardo Rego cree que ninguno de los tres llegará a adoptar un tono agresivo en un contexto en el que traspasar esa barrera es “un riesgo que ninguno quiere afrontar”.

“Los tres evitan plantear las líneas estratégicas y la visión de futuro para el desarrollo y crecimiento económico de Galicia”, expone el profesor, quien dice que Feijóo tiene un aspecto más innovador, mientras que el socialista Pachi Vázquez conserva un aire de político profesional, y el nacionalista Francisco Jorquera tiene un discurso “pobre y muy esquematizado”.

El popular Alberto Núñez Feijóo se presenta como la alternativa de la estabilidad frente a una oposición fragmentada, mientras que la oposición tratará de centrar el discurso en los recortes.

Respecto a Euskadi, Barrera revela los tabúes de cada candidato, y dice, por ejemplo, que el PP intentará evitar el debate económico y de los recortes, EH Bildu tratará de sacar a ETA del punto de mira, y el PNV pasará de puntillas sobre el debate independentista y jugará a la ambigüedad para llegar a un electorado lo más amplio posible.

La formación nacionalista tratará de poner el foco en la economía y ensalzará su experiencia de gestión, mientras que EH Bildu se presenta como el espacio común de los soberanistas. “Bildu se basa en el argumento simple de que la independencia es la gran panacea que todo lo soluciona”, indica Barrera.

El discurso del PSE -que se presenta en Euskadi como el partido más transversal- se asentará sobre el logro de la gestión de la paz, algo que aún puede atraer a un electorado que está desubicado y que sigue lastrado por la gestión económica del ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero. Y al PP, dice el profesor, “le viene bien que la gestión económica no sea el principal debate”.

En Galicia, el presidente Alberto Núñez-Feijóo quiere neutralizar al sector de su electorado que está disgustado con las respuestas del Gobierno a la crisis, pero se encuentra con que la marca PP “es más una losa que un refuerzo a sus aspiraciones”, según sostiene el profesor de Sociología en la Universidad de La Coruña Eduardo Rego.

Los candidatos de la izquierda buscan que las elecciones gallegas se planteen como un referendo a las políticas del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, pero a grandes rasgos ninguno de los tres está dispuesto a subir el tono por temor a movilizar en su contra a la ciudadanía.

El profesor de Sociología en la Universidad de La Coruña apunta que los tres candidatos han dejado en un segundo plano los temas propios de Galicia, y dice que el BNG se presenta como una formación soberanista pero de una forma “vaga e imprecisa, casi limitándose al papel de “eslogan”. 

Fuente: lainformacion.com

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La democracia y el pueblo por Eric Hobsbawm

Gracias a los medios de comunicación masas, la opinión pública es más poderosa que nunca, lo cual explica el constante incremento de las profesiones que se especializan en influenciarla. Lo que es menos conocido es el vínculo crucial entre los medios políticos y la acción directa: una acción desde la base que repercute directamente en quienes toman las decisiones, eludiendo los mecanismos intermedios de los gobiernos representativos. Ello resulta más evidente en los asuntos transnacionales, en los que no existen esos mecanismos intermedios. Todos estamos familiarizados con lo que se ha denominado “efecto CNN” : la políticamente poderosa, pero completamente desestructurada sensación de que “algo debe hacerse” respecto del Kurdistán, Timor Oriental u otra zona en conflicto. Más recientemente, las manifestaciones en Praga y Seattle han mostrado la efectividad de la acción directa bien dirigida por pequeños grupos conscientes del poder de las cámaras, incluso contra organizaciones que fueron diseñadas para ser inmunes a los procesos políticos democráticos, como el FMI y el Banco Mundial.

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Todo esto enfrenta a la democracia de impronta liberal con el que quizás sea su problema más serio e inmediato. En un mundo crecientemente globalizado y transnacional, los gobiernos nacionales coexisten con poderes que tienen tanto impacto como ellos en la vida diaria de sus ciudadanos, pero que están más allá de su control. Los gobiernos ni siquiera tienen la opción política de abdicar ante tales fuerzas que escapan a su radio de acción. Cuando los precios del petróleo aumentan, existe la convicción en los ciudadanos, incluso en los ejecutivos de las empresas, de que el gobierno puede y debe hacer algo al respecto, aun en países como Italia, en donde poco o nada se espera del Estado, o como Estados Unidos, en donde muchas personas no creen en el Estado.

¿Pero qué podrían hacer los gobiernos? Más que en el pasado, están bajo la presión creciente de una opinión pública continuamente controlada. Ello restringe sus opciones. Pero los gobiernos no pueden dejar de gobernar. Además, se ven alentados por sus expertos en relaciones públicas para que se muestren gobernando constantemente, y esto, como ha mostrado la historia británica del siglo XX, implica multiplicar gestos, anuncios, y a veces, hasta leyes innecesarias. Y las autoridades públicas de hoy se ven constantemente enfrentando decisiones sobre intereses comunes, que son de índole tanto técnica como política. Aquí, los votos democráticos (o las elecciones de los consumidores en el mercado) no son en absoluto una guía. Las consecuencias ambientales del crecimiento ilimitado del tráfico a motor, y las mejores formas de lidiar con ellas no pueden ser descubiertas simplemente por un referendo. Además, estas formas pueden resultar impopulares, y en una democracia, es poco inteligente decirle al electorado lo que no quiere oír. ¿Cómo pueden organizarse racionalmente las finanzas públicas, si los gobiernos se han autoconvencido de que cualquier propuesta para aumentar los impuestos conduce a un suicidio electoral, cuando en las campañas electorales se compite por bajar impuestos y los presupuestos gubernamentales se ejercitan en el oscurantismo fiscal?

En resumen, la “voluntad del pueblo”, o como quiera llamársela, no puede determinar las tareas específicas de gobierno. Como apropiadamente observaron Sidney y Beatrice Webb respecto de los sindicatos, la “voluntad del pueblo” no puede juzgar proyectos, sólo resultados. Es inconmensurablemente mejor votando en contra que a favor. Cuando consigue uno de sus principales triunfos negativos, como derrocar los regímenes corruptos de 50 años de posguerra en Italia y Japón, es incapaz por sí mismo de ofrecer una alternativa.

Y aun así, el gobierno es para la gente. Sus efectos son juzgados por lo que afecta a la gente. Por más desinformada, ignorante o aun estúpida que sea la “voluntad del pueblo”, y por muy inadecuados que sean los métodos para descubrirla, es indispensable. ¿De qué otra forma podríamos definir la manera en que las soluciones técnico-políticas, por más expertas y técnicamente satisfactorias que sean en otros aspectos, afectan a las vidas de los seres humanos concretos? Los sistemas soviéticos fallaron porque no existió una retroalimentación de información entre aquellos que tomaban las decisiones “en nombre del interés del pueblo” y aquellos a quienes se imponían esas decisiones. La globalización del laissez-faire de los últimos 20 años ha incurrido en el mismo error.

La solución ideal ahora está menos que nunca al alcance de los gobiernos. Es la solución a la que recurrían en el pasado los médicos y los pilotos, y a la que sigue tratando de recurrir una parte crecientemente desconfiada del mundo: la convicción popular de que nosotros y ellos compartimos los mismos intereses. Nosotros [el pueblo] no le dijimos [al gobierno] cómo debe servirnos –carentes de pericia, no podríamos—, pero hasta que algo salga verdaderamente mal, le brindamos nuestra confianza. Pocos gobiernos (para distinguirlos de regímenes políticos) disfrutan actualmente de esta fundamental confianza a priori. En las de impronta liberal, los gobiernos raramente representan la mayoría de votos, ni qué decir del electorado. Los partidos de masas y organizaciones, que alguna vez otorgaron a “sus” gobiernos confianza y apoyo constante, se han desmoronado. En los omnipresentes medios de comunicación, los directores, entre las bambalinas, y arrogándose una idoneidad competitiva con la del gobierno, no dejan de comentar críticamente los desempeños gubernamentales.

De modo que la solución más conveniente, a veces la única, para los gobiernos democráticos, es mantener el mayor número posible de decisiones fuera del alcance de la opinión pública y de la política, o al menos, dejar de lado los procesos de característicos del gobierno representativo. Muchas decisiones políticas serán negociadas y decididas detrás de escena. Lo que incrementará la desconfianza ciudadana en los gobiernos y la mala opinión pública sobre los políticos.

¿Entonces, cuál es el futuro de la democracia de impronta liberal en esta situación? Con la excepción de la teocracia islámica, en principio ningún movimiento político poderoso desafía esta forma de gobierno. La segunda mitad del siglo XX fue la edad dorada de las dictaduras militares. El siglo XXI no parece demasiado favorable a ellas –ninguno de los estados ex comunistas ha elegido seguir por esa vía—, y casi todos esos regímenes militares carecen del cabal coraje de la convicción antidemocrática: se limitan a proclamarse salvadores de la Constitución hasta el día (sin especificar) del retorno del gobierno civil. 

Ello es que, cualquiera que haya sido su apariencia antes de los terremotos económicos de 1997-98, ahora resulta evidente que la utopía de un mercado global de laissez-faire y sin Estado no llegará. La mayoría de la población mundial, y ciertamente aquella bajo regímenes democrático-liberales que merecen tal denominación, continuarán viviendo en estados operativamente efectivos, aun a despecho de que en algunas -y poco felices- regiones el poder y la administración estatal se hayan desintegrado virtualmente. La política continuará. Las elecciones democráticas perdurarán.

En resumen, deberemos enfrentar los problemas del siglo XXI con un conjunto de mecanismos políticos espectacularmente inapropiados para lidiar con esos problemas. Se trata de mecanismos que están, en efecto, confinados dentro de las fronteras de unos estados nacionales enfrentados a un mundo interconectado, fuera del alcance de sus operaciones. Aún no está clara la longitud de su radio de acción dentro del vasto y heterogéneo territorio que posee una estructura política común como la Unión Europea. Se enfrentan a y compiten en el marco de una economía globalizada que opera a través de unas unidades harto heterogéneas y para las cuales son irrelevantes la legitimidad política y el interés común, a saber: las corporaciones transnacionales. Sobre todo, se enfrentan a una era en la que el impacto de las acciones humanas sobre la naturaleza y el planeta se ha convertido en una fuerza de proporciones geológicas. La solución, o aun la mera mitigación, precisará de medidas para las cuales, casi con certeza, ningún apoyo podrá encontrarse contando votos o midiendo las preferencias de los consumidores. Esto no mejorará las perspectivas a largo plazo de ninguna democracia en el mundo.

Encaramos el tercer milenio como el irlandés apócrifo que, preguntado por la mejor manera de llegar a Ballynahinch, y tras una breve pausa reflexiva, espetó: “si yo fuera usted, no partiría de aquí”.

Pero aquí estamos, y de aquí partimos.

Eric Hobsbawm es el decano de la historiografía marxista británica. Falleció el 1 de octubre del 2012. Este pequeño post en su honor. 

¿Quién está detrás de los medios de comunicación en España?

Los inversores de los medios al descubierto

De persuasión neoliberal conservadora, porque si algo queda claro después de ojear el gráfico es que la derecha se toma muy en serio el control de la información. La gran mayoría de estos medios son deficitarios, y aún así los propietarios siguen manteniéndolos asumiendo las pérdidas como una inversión para lograr mayor influencia social y poder moldear, casi dictar, el pensamiento colectivo. De nuevo, parece que sólo en Euskadi existe una izquierda capaz de llevar proyectos adelante. Lo que allí es posible (varios periódicos, una televisión…) más al Sur de Pancorbo ni tan siquiera se llega a plantear. Creo que es imperiosa en la izquierda española una profunda reflexión sobre qué es lo que desea ser de mayor y los medios que va a usar para conseguirlo.

Volviendo al gráfico, al indagar un poco más han aparecido viejos conocidos como George Soros o Carlos Slim, que deben estar detrás de la mitad de las empresas del planeta. Pero también han aparecido nuevos personajes, como nuestro amigo Rodrigo Rato. A ver si lo localizáis. 

De forma esquemática, podemos encontrar varios tipos de grupos de comunicación.

Los controlados por grandes grupos internacionales como Telecinco (cuya propiedad está bastante concentrada en Berlusconi), El Mundo (también propiedad de los italianos) o, sobre todo, Prisa, que pertenece a, en expresión afortunada de GurusBlog, el lado más salvaje del capitalismo internacional.

Otro caso son los medios que pertenecen a alguna de las grandes fortunas españolas como el Grupo Z, el Grupo Godó o el Grupo Planeta del marqués de Lara (aliado con los alemanes de la RTL). Por encima de todos ellos, el descomunal Vocento, propiedad de las familias de Neguri (burguesía vizcaína).

Luego está el caso del constructor botarate que quiere lavar su imagen de ladrón invirtiendo un pellizco de los millones amasados durante la burbuja en hacerse con la propiedad de medios locales y regionales (con la complicidad de los cargos autonómicos, se da por hecho, con sus licencias, sus subvenciones y sus jugosos contratos con la administración). En algunos casos, con notable éxito, como es el caso de Promecal, que poco a poco se va construyendo un pequeño imperio mediático muy apañadito.

Un tipo especial en la categoría de empresarios de la comunicación (y la persuasión) en España lo constituye la Iglesia Católica. No contentos con el poder de la COPE y tras el batacazo de Popular TV, han puesto toda la carne (y el dinero) en el asador (al menos eso parece por la velocidad a la que lo funden) con la nueva cadena, 13TV. Intereconomía se queja porque le están haciendo competencia con dinero público y de los cepillos, y en esto tienen razón.

Como en los mejores tiempos, aristrocracia, burguesía y clero unidos para imponer en la sociedad su discurso, su doctrina, una visión del mundo adecuada a sus intereses.

Finalmente, los menores costes asociados a un medio digital han permitido a periodistas, normalmente desahuciados de su puesto habitual de trabajo, a colmar su ego creando su propio medio de comunicación en Internet. De estos últimos hay ejemplos a porrillo y he tratado de tomar sólo los más importantes. Entre ellos está ElDiario.es de Escolar, en el cual tengo depositadas grandes esperanzas de que con el tiempo se convierta en una alternativa seria y rigurosa de información que oponer a la hegemonía de medios de la burguesía, la banca o la Iglesia.

Fuente: La mirada del mendigo

¿Es tan malo ser antisistema? por Francisco Fernández Buey y Jordi Mir

Esta publicación es en memoria del fallecido Francisco (Paco) Fernández Buey falleció el sábado 25 de agosto a las 2012, a la edad de 69 años. Otra publicación de este blog a este filosofo es está.

francisco fernandez buey

Venimos observando que, en los últimos tiempos, los medios de comunicación de todo tipo han puesto de moda el término antisistema. Lo usan por lo general en una acepción negativa, peyorativa, y casi siempre con intención despectiva o insultante. Y aplican o endosan el término, también por lo general, para calificar a personas, preferentemente jóvenes, que critican de forma radical el modo de producir, consumir y vivir que impera en nuestras sociedades, sean estos okupas, altermundialistas, independentistas, desobedientes, objetores al Proceso de Bolonia o gentes que alzan su voz y se manifiestan contra las reuniones de los que mandan en el mundo.

Aunque no lo parezca, porque enseguida nos acostumbramos a las palabrejas que se ponen de moda, la cosa es nueva o relativamente nueva. Así que habrá que decir algo para refrescar la memoria del personal. Hasta comienzos de la década de los ochenta la palabra antisistema sólo se empleaba en los medios de comunicación para calificar a grupos o personas de extrema derecha. Vino a sustituir, por así decirlo, a otra palabra muy socorrida en el lenguaje periodístico: ultra. Pero ya en esa década la noción se empleaba principalmente para hacer referencia a las posiciones del mundo de Herri Batasuna en el País Vasco. En la década siguiente, algunos periódicos a los que no les gustaba la orientación que estaba tomando Izquierda Unida ampliaron el uso de la palabra antisistema para calificar a los partidarios de Julio Anguita y la mantuvieron para referirse a la extrema derecha, a los partidarios de Le Pen, principalmente, y a la llamada izquierda abertzale. Así se mataba de un solo tiro no dos pájaros (de muy diferente plumaje, por cierto) sino tres.

Esa práctica se ha seguido manteniendo en la prensa aproximadamente hasta principios del nuevo siglo, cuando surgió el movimiento antiglobalización o altermundialista. A partir de entonces se empieza a calificar a los críticos que se manifiestan de grupos antisistema y de jóvenes antisistema. Pero la calificación no era todavía demasiado habitual en la prensa, pues el periodista de guardia de la época, Eduardo Haro Teglen, en un artículo que publicaba en El País, en 2001, aún podía escribir: “Las doctrinas policiales que engendra esta globalización que se hace interna hablan de los grupos antisistema. No parece que el intento de utilizar ese nombre haya cundido: se utilizan los de anarquismo, desarraigo, extremismo, agitadores profesionales. Pero el propio sistema tendría que segregar sus modificaciones para salvarse él si fuera realmente un sistema y no sólo una jungla, una explosión de cúmulos”.

En cualquier caso, ya ahí se estaba indicando el origen de la generalización del término: las doctrinas policiales que engendra la globalización. Desde entonces ya no ha habido manifestación en la que, después de sacudir convenientemente a una parte de los manifestantes, la policía no haya denunciado la participación en ellas de grupos antisistema para justificar su acción. Pasó en Génova y pasó en Barcelona. Y también desde entonces los medios de comunicación vienen haciéndose habitualmente eco de este vocabulario.

El reiterado uso del término antisistema empieza a ser ahora paradójico. Pues son muchas las personas, economistas, sociólogos, ecólogos y ecologistas, defensores de los derechos humanos y humanistas en general que, viendo los efectos devastadores de la crisis actual, están declarando, uno tras otro, que este sistema es malo, e incluso rematadamente malo. Académicos de prestigio, premios Nobel, algunos presidentes en sus países y no pocos altos cargos de instituciones económicas internacionales hasta hace poco tiempo han declarado recientemente que el sistema está en crisis, que no sirve, que está provocando un desastre ético o que se ha hecho insoportable. Evidentemente, también estas personas son antisistema, si por sistema se entiende, como digo, el modo actualmente predominante de producir, consumir y vivir. Algunas de estas personas han evitado mentar la bicha, incluso al hablar de sistema, pero otras lo han dicho muy claro y con todas las letras para que nadie se equivoque: se están refiriendo a que el sistema capitalista que conocemos y en el que vivimos unos y otros, los más moran o sobreviven, es malo, muy malo.

Resulta por tanto difícil de entender que, en estas condiciones y en la situación en que estamos, antisistema siga empleándose como término peyorativo. Si analizando la crisis se llega a la conclusión de que el sistema es malo y hay que cambiarlo, no se ve el motivo por el cual ser antisistema tenga que ser malo. El primer principio de la lógica elemental dice que ahí hay una incoherencia, una contradicción. Si el sistema es malo, y hasta rematadamente malo, lo lógico sería concluir que hay que ser antisistema o estar contra el sistema. Tanto desde el punto de vista de la lógica elemental como desde el punto de vista de la práctica, es indiferente que el antisistema sea premio Nobel, economista de prestigio, okupa, altermundista o estudiante crítico del Proceso de Bolonia.

Si lo que se quiere decir cuando se emplea la palabreja es que en tal acción o manifestación ha habido o hay personas que se comportan violentamente, no respetan el derecho a opinar de sus conciudadanos, impiden la libertad de expresión de los demás o atentan contra cosas que todos o casi todos consideramos valiosas, entonces hay en el diccionario otras palabras adecuadas para definir o calificar tales desmanes, sean éstos colectivos o individuales. La variedad de las palabras al respecto es grande. Y eligiendo entre ellas no sólo se haría un favor a la lengua y a la lógica sino que ganaríamos todos en precisión. Y se evitaría, de paso, tomar la parte por el todo, que es lo peor que se puede hacer cuando analizamos movimientos de protesta.

Francisco Fernández Buey y Jordi Mir son Centro de Estudios sobre Movimientos Sociales (CEMS)-Universidad Pompeu Fabra

Fuente: rebelion.org

¿Y tú, cuánto cuestas? (Castellano)

Excelente documental. Consumismo, irresponsabilidad empresarial, el poder de la publicidad, control de masas, guerras, energía, agua, petróleo… ¿Realmente necesitamos las cosas que creemos necesitar? ¿Es cierto todo lo que nos dicen los medios?. 

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