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España pierde población por primera vez y en 2018 se registrarán más muertos que nacimientos

España pierde población por primera vez y ya no dejará de hacerlo en los próximos 40 años. España afronta a una tormenta demográfica perfecta: emigración, envejecimiento y baja natalidad. A partir de 2018, se registrarán más muertes que nacimientos

La tormenta perfecta, y sin perspectivas de que amaine. La crisis económica va a pasar una fuerte factura demográfica a España, que perderá población de forma sostenida en el medio siglo que viene: de los 46,2 millones de ahora a los 41,5 en 2052, un 10,2%. El panorama es sombrío. No solo la emigración superará con creces a la inmigración —alentada por la bonanza, fue el pulmón del crecimiento de la cifra de habitantes—. También las muertes se impondrán a los nacimientos a partir de 2018, es decir, dentro de seis años. Este paisaje de largo invierno demográfico —y no solo por el aumento del envejecimiento y el desequilibrio entre jóvenes y mayores—, quedó ayer trazado en las proyecciones de población 2012-2052 que difundió el Instituto Nacional de Estadística (INE).

Las previsiones, hechas a partir de las estimaciones demográficas más recientes, proyectan en gran medida la negrura de los datos actuales hacia el futuro. Este año saldrán de España 558.175 personas, un 9,9% más que el año pasado y llegarán 376.696, un 17,7% menos. Es decir, habrá un saldo migratorio negativo de 181.479: es más del triple del registrado el año pasado —50.090—. Y así seguirán las cosas si las previsiones se cumplen: las salidas solo bajarán del medio millón en 2020 y se mantendrán por encima de las 400.000 anuales hasta 2046. En paralelo, las llegadas aumentarán a un ritmo suave hasta superar las 400.000 por año a partir de 2022 y marcarán su cénit en 2051, con 450.665.

“En los próximos 30 años habrá un saldo migratorio negativo [más salidas que llegadas]. Hacia 2040 podría volverse positivo, pero aún así no compensaría el saldo vegetativo negativo [diferencia entre nacimientos y muertes]”, detalla Miguel Ángel Martínez Vidal, subdirector del INE. El declive demográfico se pinta como irremediable si no cambian las circunstancias actuales, sobre todo las económicas, que atraen o expulsan población según los expertos. Con todo, los demógrafos son cautelosos ante las proyecciones a más de diez años vista y el INE puntualiza que la validez de los pronósticos depende del mantenimiento de las tendencias de partida.

“Lo que ha cambiado radicalmente es la inmigración. En 2007 entró en España casi un millón de extranjeros”, plantea el subdirector del INE. Pero el país ha perdido su principal atractivo para los inmigrantes: el auge económico que demanda mano de obra. Con la cuarta parte de la población activa en paro, no solo vienen menos extranjeros, sino que parten cada vez más residentes, según las estimaciones del INE. Para la próxima década prevé 3,9 millones de llegadas frente a 5,2 millones de partidas. Aunque el INE no precisa nacionalidades, en sus estadísticas sobre la materia ha fijado la proporción de emigrantes que han nacido en España entre el 12% y el 14% del total. En sus proyecciones, Estadística calcula que, en los próximos 40 años saldrán de España 18,1 millones de personas y llegarán 16,7. Procederán sobre todo de la Unión Europea (4,9 millones), Sudamérica (3,7) y África (3,5).

“Las proyecciones son hijas de su tiempo y ahora se ha instaurado el pesimismo demográfico. Los resultados son impactantes, pero solo son fiables a corto plazo”, matiza Joaquín Recaño, del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad Autónoma de Barcelona. “La clave, y la gran incógnita, es la emigración”, plantea. A juicio de este demógrafo, “se ha instalado un nivel de emigración difícilmente sostenible”. Considera que los datos pueden estar inflados, en parte por la limpieza de padrón —los extranjeros deben renovar su inscripción padronal, y de no hacerlo, se les da de baja—.

“Yo no me creo estas proyecciones, porque no tienen en cuenta el efecto que puede tener la propia evolución demográfica sobre el mercado laboral. Prevén, por ejemplo, que en 2052 casi haya unos nueve millones de personas menos entre 25 y 64 años. Así, no se podrían cubrir los puestos de trabajo actuales”, critica el demógrafo y economista Juan Antonio Fernández-Cordón. “Tratan la demografía como si no estuviera en contacto con la economía”, añade.

En el INE defienden sus números. “Se ha juntado un poco todo. El deterioro económico pasa factura, pero a ello se suma la estructura de la población española”, detalla Martínez Vidal. Se refiere, en gran medida, a la baja natalidad prevista. “Por una parte, la caída de los nacimientos, que tiene su origen en la crisis de fecundidad de los años ochenta y noventa del pasado siglo y que ha provocado que haya menos mujeres en edad fértil, aunque prevemos que tendrán una fecundidad algo mayor que ahora. Por otro lado, habrá un incremento de la longevidad. El envejecimiento aumentará”, apunta Martínez Vidal.

El INE pronostica “un paulatino descenso” de la natalidad. En 2021 nacerán 375.159 bebés, un 20% menos que el año pasado. La cifra remontará en 2030, pero solo durante una década. Así, en los próximos 40 años nacerán 14,6 millones de niños, casi una cuarta parte menos que en las cuatro décadas anteriores. Y pinta este escenario dando por hecho que se mantendrá la tendencia “ligeramente favorable” de la natalidad de los últimos diez años. Espera que el promedio de hijos por mujer suba del 1,36 actual al 1,51 dentro de dos décadas, y ello pese a que se mantendrá la tendencia a retrasar la edad de maternidad.

El envejecimiento está servido, y “no es ninguna sorpresa”, recuerda Recaño, pero ahora la emigración también contribuye a ello, plantea. En 2052, si se cumplen las previsiones, España tendrá casi dos millones menos de niños por debajo de los 15 años —“el deterioro económico también pasa factura a la fecundidad”, plantea Recaño—, 7,2 millones más de mayores de 64 años —serían el 37% de la población— y 9,9 millones menos de ciudadanos entre 16 y 64 años. Este desequilibrio estructural entre jóvenes y mayores, que se arrastra desde hace años, se ve empujado en parte por el saldo migratorio negativo: las mujeres extranjeras han hecho una notable aportación a la natalidad y la población extranjera, más joven, rebaja la edad media de los residentes. Así las cosas, en 2022 habrá casi seis personas potencialmente inactivas —niños o mayores— por cada 10 en edad de trabajar. Dentro de 40 años habrá casi un ciudadano en edad de trabajar por cada uno sin condiciones para hacerlo, según la previsión. Mientras, la esperanza de vida seguirá en aumento: 86,9 años para los varones al nacimiento y 90,7 para las mujeres en 2051. En los últimos años aumenta a un ritmo cercano al trimestre por año.

Los desequilibrios serán especialmente patentes en las comunidades donde las defunciones superarán a los nacimientos —ocurrirá desde ahora hasta 2021 en Galicia, Castilla y León, Asturias, País Vasco, Aragón, Extremadura, Cantabria y la Rioja—. Comunidad Valenciana, Canarias, Castilla-La Mancha, Navarra y Cataluña también se encaminan hacia esa situación. En 2022, solo tendrán más población que ahora Andalucía, Baleares, Canarias, Murcia, Ceuta y Melilla, según el INE.

“España ha dejado de ser tan atrayente como fue para los extranjeros, pero las migraciones son el termómetro más rápido de los ciclos económicos, seguidas de la fecundidad”, reflexiona Recaño. De ahí que esos datos vayan a ser un buen indicador de si realmente aparecen, o no, brotes verdes en lontananza. Y es que demografía rima con economía.

Fuente: elpais.com

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El suicidio, primera causa de muerte en España, y sus causantes: desahucios, desempleo y pobreza

“La Ley española del desahucio vulnera la normativa comunitaria y no garantiza ninguna protección eficaz de los consumidores frente a posibles cláusulas contractuales abusivas en las hipotecas” según el Tribunal de Justicia de la UE. 

Desahuciados o parados, empresarios arruinados, que se quitan la vida, desempleados volcados en una consulta psiquiátrica… gente que quiere emigrar porque aquí no se puede vivir. Los problemas emocionales derivados de la crisis económica española aumentan y agravan la incidencia de las enfermedades mentales y de las soluciones desesperadas.

Desde diciembre de 2011 hasta marzo o abril de 2012 ha crecido el número de suicidios obviamente vinculados a problemas económicos En los primeros meses de este año, dos conocidos empresarios andaluces aparecieron calcinados en el interior de sus respectivos automóviles en localidades costeras y, según todos los indicios, se habrían matado ante la ruina de sus negocios, reveló el agente, que no ofreció más detalles.

El suicidio supera los accidentes de tráfico, el cáncer, y enfermedades cardiovasculares. Pero el número de personas que se quitaron la vida no había crecido significativamente desde 2007, antes del inicio de la crisis, y 2010, último año del que se tienen datos oficiales. En 2007, los fallecidos por suicidio fueron 3.263, de los que 2.463 eran hombres y 800 mujeres, indica el informe de defunciones según causa de muerte del Instituto Nacional de Estadística (INE). En los años subsiguientes hubo algunas oscilaciones: 3.457 en 2008; 3.429 en 2009 y 3.158 en 2010. Las cifras de suicidios no suelen hacerse públicas y los servicios de emergencia no dan cuenta de ellos a los medios de comunicación, aunque sí lo hacen sobre muertes con otras causas.

En las facultades de Comunicación se enseña que el suicidio no es noticia. “Es en cierto modo correcto, no es noticia cada caso individual, no se debe informar de métodos o detalles. Pero es también un error: sí se debe hablar del fenómeno social que supone el suicidio. Y de la forma de prevenirlo.

Por eso, hay que ser consciente. Hay que hablar del tema como problema y pensar en eventuales soluciones, sobre todo si hay algún peligro en el entorno. Pero no es sí. El 10 de septiembre, Día Mundial de la Prevención del Suicidio, pasó sin pena ni gloria en los medios. El suicidio sigue siendo un tabú, algo maldito e innombrable, lo que convierte a las familias en víctimas dobles

“En el 95% por ciento de los casos, no se llama a los periodistas al lugar del suicidio, aunque sí están presentes en homicidios o accidentes”, según el policía malagueño.

Son noticias que sacuden la región casi a diario y que apenas se mencionan en la gran prensa. Ningún responsable político habla de la proliferación de suicidios en España. Pocas veces aparecen reflejados en las crónicas de sucesos.

Las depresiones con consecuencias fatales afectan, sobre todo, a jefes de empresa o altos cargos que han visto derrumbarse el trabajo de una vida. Dado que España es un país de empresas familiares, la ruina tiene una connotación especial. Ante el fracaso, el sentimiento de frustración y de responsabilidad es aún mayor, y de ahí la desesperación.

«Lo siento, pero no me queda otra salida. Cuídate mucho». Con estas palabras, Isabel se despidió telefónicamente de una amiga antes de poner fin a su vida. Pero la mayoría de los suicidios en España tienen lugar en la más absoluta oscuridad, sin que trascienda su tragedia. No abundan los mensajes de despedida, ni las notas escritas a mano para decir adiós.

Aunque no hay cifras oficiales y muchos de estos casos se camuflan como accidentes (de arma de fuego o por ingestión de medicinas equivocadas), el caso que cuenta es que hay una muerte diaria, consecuencia de la precariedad económica, según Eures, la red creada por la Comisión Europea para facilitar la movilidad laboral.

 

Se trata a veces de autónomos, enfermos desahuciados, solitarios, incluso jubilados con pensiones de miseria que se van por falta de medios, de trabajo, o desesperanza. O porque les iban a echar del piso.

 

En muchos medios se presenta la imagen de una España desesperada por la crisis: precios por las nubes, salarios inmóviles (entre los más bajos de Europa), récord de impuestos, o un IVA desmesurado que eleva el precio de las cosas más elementales… En Euskadi con la supresión de las bonificaciones por contratación o mantenimiento del empleo, adoptadas por el gobierno de Madrid, miles de empresas se encuentran con un mayor coste salarial en sus contratos de trabajo, y en especial de jóvenes, mayores de 45 años y mujeres. El mayor impacto se ha producido en las actividades de investigación, desarrollo e innovación tecnológica. Y el país que aguantaba bien ahora se desmorona.

Con este panorama desolador, algunos confiesan que tienen que robar productos alimenticios en los supermercados para poder sobrevivir y llevar algo a casa para comer. Otros que ya han empeñado las joyas de los abuelos. También entre los empleados que han perdido su puesto de trabajo y no tienen instrucción especial abundan los suicidios. Eso sin contar los jóvenes que han caído en los mallas de la droga debido a la falta absoluta de expectativas de futuro y los malos amigos que están más o menos en la misma situación. Se sabe que el número de drogodependientes en España ha superado las cifras registradas en la segunda mitad de los 70. Ante la falta de medios para adquirir la droga, se recurre a sustancias ‘estupefacientes’ insólitas muy peligrosas. Y estos sucesos se han disparado.

Es un presente duro el que está viviendo España. Tal vez el peor desde la guerra civil. Y lo malo es que hay poco margen para la esperanza. ¿Cuántos suicidios más se seguirán ocultando en los próximos meses?

Vivimos inmersos en una cultura que se dice de la “información”, pero mirando a nuestro alrededor constatamos que nunca parecen importar las cosas, que los medios también están tocados y no mueven a la gente sino hacia la indiferencia. Lo que importa es vender publicidad. Y nunca se ha sentido el ser humano más sólo, más distante de todos y de todo. Más indiferente. Y eso a pesar de estar rodeados de sistemas que “comunican”, ”informan”, ”anuncian”, ”revelan” las 24 horas del día… pero no acompañan.

Desde la muerte de Franco se ha seguido en la misma sociedad de consumo de masas, donde el ser humano es pasivo, sin claras definiciones económicas, sociales o filosóficas, y el gobierno de turno intenta sutilmente que el hombre se comporte como un animal de consumo, conformista, apolítico. ¿Derechos humanos?… ¿Qué es eso?

La pobreza, el hambre, los desahucios, la exclusión social y demás problemas sociales no existen para Rajoy

No se ha escuchado ni una sola vez, ni en boca de Rajoy ni de sus entrevistadores, ninguna de esas palabras: “ni por supuesto, las de suicidio, malnutrición infantil, derechos humanos, inflación galopante, sostenibilidad, solvencia, problemas escolares, inamovilidad de las pensiones, tasas universitarias, becas, etc, etc.”. Eso lo dice todo…

En la cuestión de los desahucios el poder judicial trata débilmente de cambiar la ley pero es el propio gobierno el que se resiste. Explica que la comisión de seguimiento en la que participan la asociación hipotecaria, el Banco de España, la comisión Nacional del Mercado de la Vivienda y el secretario de estado para la economía estudian modificar umbrales e ingresos en los que se excluyan los desahucios. Eso requiere tiempo.

Ahora el acuerdo del gobierno y del PSOE de aceptar una reforma Express contra los desahucios, ha sido acogido con esperanza teñida de escepticismo. Después de casi unos 400.000 desahucios desde 2008 Rajoy ya no podía aguantar le presión de los medios sociales, de muchos jueces que estaban aplicando una ley de 1909. Hay un tribunal de Primera Instancia (el 32 de Madrid) que ha tramitado 1.200 ejecuciones hipotecarias en lo que va de año.

Espoleada por el alza del IVA la inflación se disparó hasta el 3’5 % en septiembre. El IVA ha aumentado los precios y esto se ha reflejado en el indicador del INE, que registra una subida hasta el 3’5%. Y el colmo viene con la privatización sanitaria. La gestión privada de la sanidad que empezó en Madrid y se ha extendido por las autonomías del PP. Más o menos significa la entrega al sector privado del control integral de los hospitales. La crisis es más bien una excusa de una maniobra dirigida a debilitar la red sanitaria-aunque esté funcionando bien-y entregarla a una empresa privada. Un jugoso negocio para las empresas que se dedican a la prestación de servicios sanitarios. El anuncio del Presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, ha dado el primer paso. La noticia de esta iniciativa, después de tantos fracasos en muchas otras, provocaron no sólo protestas sino huelgas en seis hospitales de Madrid. En el mejor de los casos, 5.500 trabajadores (médicos, enfermeros, auxiliares…) quedan ahora pendientes de reubicación y dependen de que las empresas privadas quieran volver a contratarlos. Los carteles que exhibieron los trabajadores son suficientemente expresivos: “Vete, se vende tu hospital”, “Se vende Sanidad Pública”, “Hospital… sólo para ricos. Abstenerse de entrar”.

Ojeamos “El Periódico de Huelva” del 12 de octubre”, por ser Andalucía, una de las regiones más afectadas, y dice así”

“Ahora más que nunca, su reivindicación es necesaria. Con motivo del ‘Día Internacional de la Erradicación de la Pobreza’ los responsables de asociaciones de Huelva ofrecieron algunos datos sobre la pobreza, “extrapolables a los que se registran en Andalucía”, tal y como destacó Manoli García, vicepresidenta de la Red Andaluza de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN-A). Así, “se han practicado 3.272 desahucios en Andalucía hasta el mes de septiembre de este año”. A esos desahucios, habría que sumar 79.000 que están a la espera de la orden de ejecución” y del millón de parados que tiene Andalucía”

De este modo, García explicó que un 40% de los andaluces ha cruzado ya el umbral de la pobreza, siendo Andalucía la tercera comunidad “más pobre de España, sólo seguida por Ceuta y Extremadura donde un 47% de la población, casi la mitad, no podrían hacer frente a un gasto urgente imprevisto”.

En Extremadura, según un artículo sobre Barriada de Juan Canet en Mérida las cosas están así: “Antes de las nueve de la mañana, un grupo de policías antidisturbios, pertrechados de escopetas lanzapelotas, custodian el rápido desalojo de muebles en una vivienda social. Se trata de uno de los 16 desahucios consumados en el último mes y medio en Extremadura. Bocachas expectantes velando las puertas y cunas extraviadas en plena calle. Una mujer, inquilina de ese piso, suplica sin éxito que le dejen entrar en la casa a coger el biberón para dar de comer a su hijo. No, no llega a estos barrios la prédica del interés superior del menor ni hay espacio en los suburbios para melindres compasivos. “Nos tratan como a terroristas”, dice una mujer mayor, consumida por la rabia. Hace ya tiempo que dejó de extrañarnos la presencia de los antidisturbios y de los GEOS en las barriadas miseria. Es la guerra sorda, la ofensiva de los ricos contra los pobres, la guerra social que se ha instalado en España.

La Junta de Extremadura, dueña de casas y juez de intemperies, ha convertido el desalojo en la guía de su política de la vivienda. 764 expedientes de desahucios abiertos y, de ellos, según se anuncia, 90 de ejecución inminente. Aunque no tiene la misma diligencia ni energía para cumplir sus obligaciones como casera. Los ascensores dejaron de funcionar, los barrios están llenos de cucarachas y otros bichos, pero el ejemplar gobierno de Extremadura sólo piensa en hacer caja con la más rentable de las inversiones: el miedo.

¿Como pretenden que pague otro recibo atrasado?” o “¿Tú crees que hay derecho a que te amenacen con echarte a la calle por tener una deuda de 600 euros?”. Se acumulan mil historias de incertidumbre y miedo.

Esto ocurre en una región que ronda los 150.000 parados, más de 60.000 de ellos sin ayuda alguna y cuando el número de personas acogidas a los programas de alimentos de Cáritas no deja de multiplicarse. Un tsunami de marginación y miseria avanza con la ruleta de los desahucios.

Esta vileza institucional del desahucio como herramienta política se produce en un país que cuenta con 4 millones de viviendas vacías y, casi un millón de ellas, en manos de los bancos como consecuencia del saqueo hipotecario. España, campeona europea de gentes sin casa y, al mismo tiempo, casas sin gente,

El país donde se extorsiona a gentes sin recursos para que paguen la insignificante deuda atrasada o se le corta el agua a familias con niños pequeños.

El mismo país en el que mientras tiburones como Rodrigo Rato o Miguel Ángel Fernández Ordóñez se van de rositas dejando pufos de 23.000 millones de euros (Bankia) o agujeros financieros de más de 100.000 millones (banca española). O donde el empresario más grande, Alfonso Gallardo, aún no ha devuelto los 10 millones de euros adelantados para el fracasado engendro de refinería.

“No vamos a parar los desahucios, de ninguna manera. Además nos están felicitando por ello”, dice jubiloso Víctor del Moral, Consejero de Vivienda de la Junta de Extremadura. Es ahí, en ese perturbador argumento, donde se encuentra la clave de esta oleada de desahucios. Todo un discurso populista que habla de las barriadas más machacadas como el reino de los televisores de plasma y los muebles de diseño, y que repiten insistentemente términos como conducta antisocial acabando por presentar como un problema de orden público lo que no es sino una expresión radical de injusticia social.

Y a la veterana criminalización de la pobreza se suma el darwinismo social, importado de Estados Unidos e inyectado en vena en las últimas décadas. “Ya no hay pobres, sino fracasados. Desapareció el marginado, ya no quedan en el lenguaje de la selva capitalista más que perdedores e inadaptados sociales“.

También aquí, tras la locura de los desahucios colectivos es apropiado aquel dicho simple: “este es el inveterado conflicto entre ricos y pobres por el derecho a la ciudad” (Mike Davis).

Un espeso silencio cómplice acompaña los desahucios. Y en los foros de los periódicos supura el odio contra los pobres. “Es lo único bueno que ha hecho el PP desde que gobierna en Extremadura”, dice un justiciero anónimo. “Venga, daros prisa en echar la escoria, que a este paso aún llegan al invierno”, añade otro enigmático valiente. Es el lumpen y todo vale.

Los que mandan conocen bien el miedo a la proletarización de las clases medias y se aprestan a parasitar la zozobra de quienes intuyen el final de la gran milonga de consumismo e individualismo propietario. Desde los 90, mucha gente empezó a vivir de la pobreza en la poderosa “industria de lo social”. Hoy resulta más evidente aún la utilidad que el poder concede a la pobreza como instrumento de cohesión y disciplina de la ciudadanía.

En “Novecento”, la hermosa película de Bertolucci que narra la historia del siglo XX en Italia, aparece la del desahucio de Orestes, un jornalero al que los patronos echan de casa por incumplimiento del contrato. El relato del desahucio sirve en la película para explicar el origen del fascismo en Italia. Observando la brutalidad e inhumanidad de los desahucios masivos de estos días y la liquidación sistemática de derechos sociales, parece que el vientre que parió aquella cosa bestial todavía está fecundo.

La Justicia europea dice que la normativa española de desahucios es ilegal 

La abogada general del Tribunal de Justicia de la UE (TUE), Juliane Kokott, ha dictaminado que no garantiza una protección eficaz de los consumidores frente a posibles cláusulas contractuales abusivas en las hipotecas.

Juliane Kokott, ha considerado días pasados que la ley española de desahucios vulnera la normativa comunitaria porque no garantiza una protección eficaz de los consumidores frente a posibles cláusulas contractuales abusivas en las hipotecas.

El dictamen de la abogada general responde a una cuestión presentada por el juzgado mercantil de Barcelona, que debe dirimir una denuncia presentada por un ciudadano contra CatalunyaCaixa, que forzó su expulsión de la vivienda que ocupaba en enero de 2011 por impago de la hipoteca. 

El ciudadano en cuestión solicita que se declare nula una de las cláusulas del préstamo hipotecario y que, en consecuencia, el procedimiento judicial de ejecución hipotecaria sea considerado también nulo.

En sus conclusiones presentadas este jueves, la abogada general recuerda en primer lugar que, al no existir un derecho de la UE una armonización de las medidas de ejecución forzosa, corresponde a los Estados miembros establecer las modalidades procesales.

No obstante, el dictamen precisa que la regulación procesal nacional no puede conducir a que se obstaculice la invocación de los derechos garantizados al consumidor por la directiva europea contra las cláusulas contractuales abusivas.

En este sentido, la abogada general estima que “la regulación procesal española es incompatible con la directiva, pues menoscaba la eficacia de la protección que ésta persigue”.

“No constituye una protección efectiva contra las cláusulas abusivas del contrato el que el consumidor, a raíz de dichas cláusulas, deba soportar indefenso la ejecución de la hipoteca con la consiguiente subasta forzosa de su vivienda, la pérdida de la propiedad que la acompaña y el desalojo, y que sólo con posterioridad esté legitimado para ejercitar la acción de daños y perjuicios”, resalta Kokott.

Al contrario, la norma europea exige “que el consumidor disponga de un recurso legal eficaz para demostrar el carácter abusivo de las cláusulas de su contrato de préstamo, merced al cual, si se da el caso, pueda detenerse la ejecución forzosa”.

La abogada general insiste en que el juez debe tener la posibilidad de suspender la ejecución forzosa hasta que se haya comprobado el carácter abusivo de una cláusula contractual, de modo que se impida que el procedimiento ejecutivo cree en perjuicio del consumidor una situación que posteriormente sea de muy difícil o imposible reparación.

El dictamen de la abogada general no tiene carácter vinculante, pero el Tribunal sigue sus recomendaciones en el 80% de los casos. Los jueces empiezan ahora a deliberar y la sentencia se dictará en un momento posterior.

Fuente: Globedia.com

El declive del ciclo socialdemócrata: explicaciones por Enrique Gil Calvo

¿Asistimos al final del ciclo histórico de hegemonía progresista? Para entender la decadencia de la socialdemocracia puede ser útil atender los planteamientos sociológicos de Colin Crouch (La postdemocracia, Taurus, 2004) o Emmanuel Todd (Después de la democracia, Akal, 2010), que analizan su declive en clave infraestructural. Según esta perspectiva, por socialdemocracia puede entenderse la coalición histórica que se construyó entre el movimiento obrero organizado y las nuevas clases medias de funcionarios, empleados de servicios y profesionales por cuenta ajena (no confundir con las viejas clases medias de agricultores, comerciantes, artesanos y profesionales autónomos). Los intereses de ambos bloques no tenían por qué coincidir, al estar separados por la barrera de su desigual dotación en capital humano: en el movimiento obrero predominaban los estudios primarios y la formación profesional mientras que las nuevas clases medias poseían titulaciones secundarias y superiores, actuando en origen el bachillerato como barrera de clase. De ahí el tradicional desencuentro entre trabajadores de cuello blanco y de cuello azul, que históricamente se reflejó en la desconfianza entre el reformismo socialista de extracción burguesa y el revolucionarismo obrero de anarquistas o comunistas. Pero esa distancia de clase pudo ser salvada mediante el acuerdo socialdemócrata que estableció un pacto de mutua colaboración entre ambos bloques para unir sus fuerzas conquistando el poder por medios pacíficos y electorales.

Un acuerdo mediante el que la parte obrera (blue collars) aceptaba supeditarse al liderazgo burgués (white collars) a cambio de que el gobierno común garantizase a todas las clases populares su acceso a los canales de movilidad social ascendente e igualdad de oportunidades. Este programa común que selló la coalición entre la clase obrera industrial y las clases medias urbanas es el que pudo desarrollarse en toda Europa tras la segunda guerra mundial, dando lugar a los célebres treinta años gloriosos (1945-1975) que crearon la sociedad de la afluencia presidida por el Estado de bienestar. Y lo menos que puede decirse es que semejante programa común se vio coronado por el éxito más completo. Pues en efecto, la coalición socialdemócrata conquistó el poder y se mantuvo en él por varias legislaturas mientras a la vez se desarrollaban los mecanismos meritocráticos que extendieron a todas las clases sociales la escolarización tanto secundaria como universitaria, además del resto de derechos sociales (salud, pensiones y servicios universales).

Ahora bien, si consideramos el inicio de la década de los 70 como el apogeo del ciclo socialdemócrata es porque a partir de esa fecha comenzó su progresivo declive, asociado al impacto de la crisis económica internacional tras el choque petrolífero de 1974. Una crisis que también modificó el sistema capitalista, pasando del modelo keynesiano afín al estatalismo socialdemócrata al modelo monetarista afín al planteamiento liberal-conservador partidario del libre mercado. No obstante, tras ciertos retrocesos iniciales, la socialdemocracia se pudo recomponer mediante la denominada Tercera Vía de adaptación al mercado que teorizó el sociólogo Anthony Giddens, logrando resistir en el poder hasta bien entrado el siglo XXI. Pero finalmente, el estallido de las sucesivas burbujas crediticias (punto.com en 2001, hipotecas subprime en 2007,eurodeuda en 2010) ha terminado por alejar cada vez más a la socialdemocracia del poder, aunque ocasionalmente todavía gane ciertas elecciones. En suma, todo indica que el declive de la socialdemocracia ya se ha consumado. ¿Cómo se puede explicar su decadencia aparentemente irreversible? Exploremos algunas razones.

La primera explicación es infraestructural y se debe al debilitamiento ineluctable de uno de los dos bloques fundadores de la coalición socialdemócrata: la clase obrera. Como consecuencia del advenimiento de la sociedad postindustrial teorizado por el sociólogo Daniel Bell, se ha producido una creciente desestructuración del sistema de clases que ha fragmentado y descompuesto a todas ellas. Pero sobre todo, la que ha sufrido ese proceso de desarticulación en mayor medida ha sido la vieja clase obrera de trabajadores industriales o blue collars, que ha visto reducirse sus efectivos en términos absolutos y relativos, obligando a sus hijos a desertar de ella mientras asistía a la llegada de nuevos contingentes inmigrantes de trabajadores manuales sin cualificar destinados a la agricultura, la construcción y los servicios personales. Por tanto, las clases medias cualificadas ya no tienen nada que ganar manteniendo su coalición con las clases industriales en retroceso, y de ahí que tiendan a romperla cayendo en una creciente volatilidad electoral. Sobre todo si tenemos en cuenta que también ellas han perdido gran parte de su poder e influencia, aunque no en términos cuantitativos pues siguen siendo las más numerosas, pero sí cualitativos como vamos a ver.

Y es que la otra explicación del declive de la izquierda resulta paradójica, pues podría decirse que la socialdemocracia ha muerto (o al menos se extingue) como consecuencia imprevista de su propio éxito. En efecto, el desarrollo del Estado de bienestar, con su provisión universal de derechos sociales, ha generado dos efectos no queridos que han resultado contraproducentes para la coalición socialdemócrata. El primero es que, al ofrecer servicios públicos de protección social provistos por redes formales administrativas, ha suplido primero y ha terminado por sustituir después a las redes sociales informales de confianza, solidaridad y compromiso colectivo (grupos de ayuda mutua, movimiento asociativo, etcétera) que antes articulaban el tejido social dotándolo de espesor y densidad cívica. En consecuencia, tanto las clases trabajadoras como las clases medias urbanas han ido viendo cómo se devaluaba y amortizaba su anterior capital social, pasando a disgregarse y atomizarse hasta caer en el aislamiento de la individualización y el familismo amoral. Algo que no puede ser compensado por las redes virtuales tipo Facebook que comercializa elmarketing de la industria digital.

Y la segunda consecuencia no querida del éxito socialdemócrata es la devaluación del sistema educativo a causa de su democratización universal, que ha terminado por amortizar su potencial meritocrático. Cuando sólo la clase media cursaba estudios superiores, sus títulos eran muy apreciados porque dotaban de un fuerte impulso selectivo hacia la movilidad ascendente. En cambio, cuando la universidad se masifica y amplía a todas las clases sociales, sus títulos dejan de ser selectivos y por tanto se devalúan al dejar de proporcionar movilidad ascendente: es el fenómeno del mileurismo (o depreciación de los profesionales urbanos) que surge cuando la inversión académica en titulación superior ya no puede rentabilizarse tanto en el mercado de trabajo. Y este efecto contraproducente, que está devaluando la meritocracia y amortizando el capital humano, es el que más ha hecho por romper la anterior coalición socialdemócrata entre trabajadores de cuello azul y profesionales de cuello blanco, al perder aquellos su capital social y estos su capital humano. En suma, como señala Todd, la socialdemocracia ha entrado en decadencia porque las clases medias tituladas, por temor a su desclasamiento, han dejado de solidarizarse con los trabajadores sin titular: de ahí su rebelión fiscal, su cinismo político y su transfuguismo electoral.

¿Es irreversible el declinar del ciclo socialdemócrata? ¿O cabe esperar que se reactive por efecto de una nueva oscilación pendular? Si el anterior análisis es acertado, la recuperación de la socialdemocracia exigiría tres requisitos difíciles de reunir. Ante todo se debería recuperar la revalorización del trabajo como fuente de realización personal, tras caer en el desprecio a causa del consumo mimético. Después habría que regenerar el capital social de la izquierda, reconstruyendo sus redes informales de confianza y reciprocidad, lo que exige superar el sectarismo amoral y la xenofobia etnocéntrica. Y además se precisa un nuevo tipo de liderazgo tipo 15M, capaz de tender puentes interculturales creando nuevas coaliciones mayoritarias. Factores que podrían entrar en reacción sinérgica si la crisis actuase como agente catalizador. Pero ello no resultará posible sin una estrategia que anude compromisos con posibles aliados, un proyecto que visualice metas comunes a alcanzar y un relato que lo haga creíble despertando emociones entusiastas. Es el puerto prometido que aguarda más allá del sombrío horizonte actual.

Fuente: elpais.com

Enrique Gil Calvo es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

Los seis principios sociológicos que rigen la moda

“La industria de la moda es un hecho social total”, asegura en su libro “Sociología de la moda” el investigador francés Frédéric Godart al descorrer el velo de una industria clave del modo de vida contemporánea con seis principios que explican un mercado simbólico, artístico, competitivo y productivo que late al pulso de cada período histórico.

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Desfiles, creaciones únicas, diseñadores súper estrellas, la dualidad económica y artística, las fábricas en todo el mundo, los trabajos seriados, símbolos y significados de cada época, estilos y acciones que hablan de un momento y, al final, el qué ponerse -femenino sobre todo- de cada día, son las capas de ese monstruo gigante que trata de desenmarañar este investigador francés.

 Godart se adentra -y recrea- este universo millonario donde “la construcción de sentido es central”, echa por tierra esa suerte de “movimiento continuo” que tiene para establecer un cambio regular de la moda, resultado de “un largo proceso histórico” con gran peso en “las capitales de la moda”.

Como comportamiento social, la moda aparece en algún momento del siglo XIV, pero Godart sostiene que al menos hace medio siglo “ocupa un lugar central en nuestras vidas”, sin embargo, la industria como tal la identifica como algo “misterioso e inasible” donde sus cambios de tendencias -y las causas que los provocan – se encuentran aún en las sombras.

Así, Godart analiza los mecanismos de influencia social que generan las tendencias propias de la moda, su creciente autonomía estética y creativa (que en ciertos aspectos las emparenta al arte), el culto a los modistos -entendidos como genios creadores- y las pautas que establecen las grandes marcas, tanto por sus diseños como por la puesta en escena de los desfiles.

Para el autor de este libro recientemente publicado por Edhasa, la investigación profunda a nivel mundial sobre la moda es algo “floreciente”, sin embargo en su obra logra identificar y dilucidar “seis principios que conforman un ideal estilizado” pero en clave sociológica aclara “puede que se contradigan” porque  cada uno tiene su lógica propia.

El primero es la “afirmación”, una mezcla delicada de imitación y distinción. Históricamente la moda comienza como un instrumento de afirmación de poder por parte de la burguesía frente a la aristocracia. Con este punto de partida, hoy tanto las palabras que se emplean, las marcas de auto o la pilosidad facial van también con el vaivén de la moda configurando señales de identidad sometidas a una industria.

“La moda hoy se presenta como la hija del lujo y del capitalismo”, dice Godart aunque aclara que abraza otras esferas sociales haciendo que la afirmación esté presente en todo tipo de moda “industriales o no”.

La convergencia, indica el autor, es otra clave que se manifiesta en las tendencias como “fenómeno de influencia y centralidad” que dirimen el consumo. Es en este punto donde se aplican los mecanismos de control sobre la producción por grupos centrales organizados que “reducen al máximo los riesgos” económicos.

Lejos de este principio mercantil, Godart propone “autonomía” en la definición de estéticas y dinámicas creativas que permite que la moda “se despliegue en escenarios sociales determinados” donde se despliegan lógicas propias y no las sometidas “a desideratum” de consumidores y productores.

Un paso más se da con “la personalización” donde el individuo está en el centro de la escena, lo que no significa -apunta- que “las elecciones sean realmente autónomas”. Una vez aclarado esto, bucea sobre “la creencia de la autonomía” donde el mercado impulsa al genio creador “olvidando la realidad organizacional de la moda”.

A este teatro de las elecciones personales, le sigue “la simbolización” donde las marcas -o la construcción de ellas- toman por asalto las creaciones y le imprimen significado y, por ende, poder.

Los consumidores reales no tienen acceso a los diseñadores más influyentes -de hecho la cadena productiva es muy larga-, los que sí acceden son pocos: compradores de grandes filiales de producción, alguna celebrity que imprima status y periodistas especializados.

Así, a través de los medios de comunicación  -transmisores o filtros entre los creadores y consumidores finales- la palabra de la moda se esparce, se legitima como consumo cultural actual y educa a un público sobre la importancia de vestir tal o cual marca. Un ejemplo es el sitio The Sartorialist, que permite ver panorámicamente los modelos “de moda” en cada momento.

El ejemplo de influencia de las épocas por antonomasia es la revista Vogue -cuyo dinámica fue llevada al cine con la película “El diablo se vista a la moda”- que instala cambios, nombres y tendencias, siempre con epicentro en las colecciones y desfiles de París, Nueva York y Londres.

De los símbolos tangibles Godart pasa a la sistematización o los que él llama “imperio”, un tipo de organización que “apunta al triunfo de los conglomerados de empresas en las industrias culturales” y que no compite ya con el resto. 

Estas claves sociológicas son mutables antes cambios políticos, económicos y productivos.

Cambian los gustos, las tendencias de los consumidores como el slow fashion (moda lenta) y hasta puede sucumbir un creador estrella ante un designio del poderoso imperio.

La moda no es “impenetrable”, dice Godart al final.

Fuente: Telam

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