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El mundo según el sociólogo Manuel Castells: ¿Qué significa hoy la sociología en un mundo tan cambiante?
¿Qué significa hoy la sociología en un mundo tan cambiante como el nuestro?. Personas que han trabajado con él nos ayudan a entender el mundo según Castells. Pienso, luego existo se ha emitido el domingo, 16 de junio, en La 2
Programa dedicado al sociólogo Manuel Castells que antes de su regreso a Estados Unidos donde trabaja en la universidad de California en Berkeley como catedrático de Sociología y Urbanismo, nos explicó lo que hoy en día significa la sociología en un mundo tan cambiante como el nuestro. En esta entrega de “Pienso, luego existo” conocemos en profundidad al sociólogo Manuel Castells (Hellín, 1942).
Catedrático de Sociología y Director del Internet Interdisciplinary Institute de la Universitat Oberta de Catalunya, Catedrático de Tecnología de Comunicación y Sociedad en la Annenberg School of Communication, University of Southern California, y de Sociología y Urbanismo en la Universidad de California en Berkeley,Castells es uno de los sociólogos más citados del mundo.
“conocemos su visión de las nuevas tecnologías y su incidencia en nuestra sociedad”
Reputado experto en la sociedad de la información y de la comunicación, conocemos su visión de las nuevas tecnologías y su incidencia definitoria en nuestra sociedad y en nuestra forma de entender el mundo contemporáneo, así como su compromiso con las “utopías reales” y sus certeros análisis sobre los cambios políticos y sociales que han aparecido en los últimos años.
También aparecen en el programa la Doctora en Ciencias Sociales y rectora de la UOC (Universitat Oberta de Catalunya) Imma Tubella, la investigadora Metitxell Roca, del Internet Interdisciplinay Institute, y la socióloga Marina Subirachs.
Con guión y dirección de Luis Carrizo, ‘Pienso, luego existo’ es una coproducción de TVE y Minoría Absoluta, que reivindica la importancia de la reflexión crítica, del saber, de la filosofía y del arte de preguntar y pensar en el mundo. Fuente: rtve.es
Los enlaces han sido subidos personalmente, pedimos difusión.
Parte 1:
Parte 2:
Pierre Bourdieu: La esencia del Neoliberalismo
¿Tiene razón el discurso dominante? ¿Y qué pasaría si, en realidad, este orden económico no fuera más que la instrumentación de una utopía —la utopía del neoliberalismo— convertida así en un problema político? ¿Un problema que, con la ayuda de la teoría económica que proclama, lograra concebirse como una descripción científica de la realidad?
Esta teoría tutelar es pura ficción matemática. Se fundó desde el comienzo sobre una abstracción formidable. Pues, en nombre de la concepción estrecha y estricta de la racionalidad como racionalidad individual, enmarca las condiciones económicas y sociales de las orientaciones racionales y las estructuras económicas y sociales que condicionan su aplicación.
Para dar la medida de esta omisión, basta pensar precisamente en el sistema educativo. La educación no es tomada nunca en cuenta como tal en una época en que juega un papel determinante en la producción de bienes y servicios tanto como en la producción de los productores mismos. De esta suerte de pecado original, inscrito en el mito walrasiano (1) de la «teoría pura», proceden todas las deficiencias y fallas de la disciplina económica y la obstinación fatal con que se afilia a la oposición arbitraria que induce, mediante su mera existencia, entre una lógica propiamente económica, basada en la competencia y la eficiencia, y la lógica social, que está sujeta al dominio de la justicia.
Dicho esto, esta «teoría» desocializada y deshistorizada en sus raíces tiene, hoy más que nunca, los medios decomprobarse a sí misma y de hacerse a sí misma empíricamente verificable. En efecto, el discurso neoliberal no es simplemente un discurso más. Es más bien un «discurso fuerte» —tal como el discurso siquiátrico lo es en un manicomio, en el análisis de Erving Goffman (2). Es tan fuerte y difícil de combatir solo porque tiene a su lado todas las fuerzas de las relaciones de fuerzas, un mundo que contribuye a ser como es. Esto lo hace muy notoriamente al orientar las decisiones económicas de los que dominan las relaciones económicas. Así, añade su propia fuerza simbólica a estas relaciones de fuerzas. En nombre de este programa científico, convertido en un plan de acción política, está en desarrollo un inmenso proyecto político, aunque su condición de tal es negada porque luce como puramente negativa. Este proyecto se propone crear las condiciones bajo las cuales la «teoría» puede realizarse y funcionar: un programa de destrucción metódica de los colectivos.
El movimiento hacia la utopía neoliberal de un mercado puro y perfecto es posible mediante la política de derregulación financiera. Y se logra mediante la acción transformadora y, debo decirlo, destructiva de todas las medidas políticas (de las cuales la más reciente es el Acuerdo Multilateral de Inversiones, diseñado para proteger las corporaciones extranjeras y sus inversiones en los estados nacionales) que apuntan a cuestionar cualquiera y todas las estructuras que podrían servir de obstáculo a la lógica del mercado puro: la nación, cuyo espacio de maniobra decrece continuamente; las asociaciones laborales, por ejemplo, a través de la individualización de los salarios y de las carreras como una función de las competencias individuales, con la consiguiente atomización de los trabajadores; los colectivos para la defensa de los derechos de los trabajadores, sindicatos, asociaciones, cooperativas; incluso la familia, que pierde parte de su control del consumo a través de la constitución de mercados por grupos de edad.
El programa neoliberal deriva su poder social del poder político y económico de aquellos cuyos intereses expresa: accionistas, operadores financieros, industriales, políticos conservadores y socialdemócratas que han sido convertidos en los subproductos tranquilizantes del laissez faire, altos funcionarios financieros decididos a imponer políticas que buscan su propia extinción, pues, a diferencia de los gerentes de empresas, no corren ningún riesgo de tener que eventualmente pagar las consecuencias. El neoliberalismo tiende como un todo a favorecer la separación de la economía de las realidades sociales y por tanto a la construcción, en la realidad, de un sistema económico que se conforma a su descripción en teoría pura, que es una suerte de máquina lógica que se presenta como una cadena de restricciones que regulan a los agentes económicos.
La globalización de los mercados financieros, cuando se unen con el progreso de la tecnología de la información, asegura una movilidad sin precedentes del capital. Da a los inversores preocupados por la rentabilidad a corto plazo de sus inversiones la posibilidad de comparar permanentemente la rentabilidad de las más grandes corporaciones y, en consecuencia, penalizar las relativas derrotas de estas firmas. Sujetas a este desafío permanente, las corporaciones mismas tienen que ajustarse cada vez más rápidamente a las exigencias de los mercados, so pena de «perder la confianza del mercado», como dicen, así como respaldar a sus accionistas. Estos últimos, ansiosos de obtener ganancias a corto plazo, son cada vez más capaces de imponer su voluntad a los gerentes, usando comités financieros para establecer las reglas bajo las cuales los gerentes operan y para conformar sus políticas de reclutamiento, empleo y salarios.
Así se establece el reino absoluto de la flexibilidad, con empleados por contratos a plazo fijo o temporales y repetidas reestructuraciones corporativas y estableciendo, dentro de la misma firma, la competencia entre divisiones autónomas así como entre equipos forzados a ejecutar múltiples funciones. Finalmente, esta competencia se extiende a los individuos mismos, a través de la individualización de la relación de salario: establecimiento de objetivos de rendimiento individual, evaluación del rendimiento individual, evaluación permanente, incrementos salariales individuales o la concesión de bonos en función de la competencia y del mérito individual; carreras individualizadas; estrategias de «delegación de responsabilidad» tendientes a asegurar la autoexplotación del personal, como asalariados en relaciones de fuerte dependencia jerárquica, que son al mismo tiempo responsabilizados de sus ventas, sus productos, su sucursal, su tienda, etc., como si fueran contratistas independientes. Esta presión hacia el «autocontrol» extiende el «compromiso» de los trabajadores de acuerdo con técnicas de «gerencia participativa» considerablemente más allá del nivel gerencial. Todas estas son técnicas de dominación racional que imponen el sobrecompromiso en el trabajo (y no solo entre gerentes) y en el trabajo en emergencia y bajo condiciones de alto estrés. Y convergen en el debilitamiento o abolición de los estándares y solidaridades colectivos (3).
De esta forma emerge un mundo darwiniano —es la lucha de todos contra todos en todos los niveles de la jerarquía, que encuentra apoyo a través de todo el que se aferra a su puesto y organización bajo condiciones de inseguridad, sufrimiento y estrés. Sin duda, el establecimiento práctico de este mundo de lucha no triunfaría tan completamente sin la complicidad de arreglos precarios que producen inseguridad y de la existencia de un ejército de reserva de empleados domesticados por estos procesos sociales que hacen precaria su situación, así como por la amenaza permanente de desempleo. Este ejército de reserva existe en todos los niveles de la jerarquía, incluso en los niveles más altos, especialmente entre los gerentes. La fundación definitiva de todo este orden económico colocado bajo el signo de la libertad es en efecto laviolencia estructural del desempleo, de la inseguridad de la estabilidad laboral y la amenaza de despido que ella implica. La condición de funcionamiento «armónico» del modelo microeconómico individualista es un fenómeno masivo, la existencia de un ejército de reserva de desempleados.
La violencia estructural pesa también en lo que se ha llamado el contrato laboral (sabiamente racionalizado y convertido en irreal por «la teoría de los contratos»). El discurso organizacional nunca habló tanto de confianza, cooperación, lealtad y cultura organizacional en una era en que la adhesión a la organización se obtiene en cada momento por la eliminación de todas las garantías temporales (tres cuartas partes de los empleos tienen duración fija, la proporción de los empleados temporales continúa aumentando, el empleo «a voluntad» y el derecho de despedir un individuo tienden a liberarse de toda restricción).
Así, vemos cómo la utopía neoliberal tiende a encarnarse en la realidad en una suerte de máquina infernal, cuya necesidad se impone incluso sobre los gobernantes. Como el marxismo en un tiempo anterior, con el que en este aspecto tiene mucho en común, esta utopía evoca la creencia poderosa —la fe del libre comercio— no solo entre quienes viven de ella, como los financistas, los dueños y gerentes de grandes corporaciones, etc., sino también entre aquellos que, como altos funcionarios gubernamentales y políticos, derivan su justificación viviendo de ella. Ellos santifican el poder de los mercados en nombre de la eficiencia económica, que requiere de la eliminación de barreras administrativas y políticas capaces de obstaculizar a los dueños del capital en su procura de la maximización del lucro individual, que se ha vuelto un modelo de racionalidad. Quieren bancos centrales independientes. Y predican la subordinación de los estados nacionales a los requerimientos de la libertad económica para los mercados, la prohibición de los déficits y la inflación, la privatización general de los servicios públicos y la reducción de los gastos públicos y sociales.
Los economistas pueden no necesariamente compartir los intereses económicos y sociales de los devotos verdaderos y pueden tener diversos estados síquicos individuales en relación con los efectos económicos y sociales de la utopía, que disimulan so capa de razón matemática. Sin embargo, tienen intereses específicos suficientes en el campo de la ciencia económica como para contribuir decisivamente a la producción y reproducción de la devoción por la utopía neoliberal. Separados de las realidades del mundo económico y social por su existencia y sobre todo por su formación intelectual, las más de las veces abstracta, libresca y teórica, están particularmente inclinados a confundir las cosas de la lógica con la lógica de las cosas.
Estos economistas confían en modelos que casi nunca tienen oportunidad de someter a la verificación experimental y son conducidos a despreciar los resultados de otras ciencias históricas, en las que no reconocen la pureza y transparencia cristalina de sus juegos matemáticos y cuya necesidad real y profunda complejidad con frecuencia no son capaces de comprender. Aun si algunas de sus consecuencias los horrorizan (pueden afiliarse a un partido socialista y dar consejos instruidos a sus representantes en la estructura de poder), esta utopía no puede molestarlos porque, a riesgo de unas pocas fallas, imputadas a lo que a veces llaman «burbujas especulativas», tiende a dar realidad a la utopía ultralógica (ultralógica como ciertas formas de locura) a la que consagran sus vidas.
Y sin embargo el mundo está ahí, con los efectos inmediatamente visibles de la implementación de la gran utopía neoliberal: no solo la pobreza de un segmento cada vez más grande de las sociedades económicamente más avanzadas, el crecimiento extraordinario de las diferencias de ingresos, la desaparición progresiva de universos autónomos de producción cultural, tales como el cine, la producción editorial, etc., a través de la intrusión de valores comerciales, pero también y sobre todo a través de dos grandes tendencias. Primero la destrucción de todas las instituciones colectivas capaces de contrarrestar los efectos de la máquina infernal, primariamente las del Estado, repositorio de todos los valores universales asociados con la idea del reino de lo público. Segundo la imposición en todas partes, en las altas esferas de la economía y del Estado tanto como en el corazón de las corporaciones, de esa suerte de darwinismo moral que, con el culto del triunfador, educado en las altas matemáticas y en el salto de altura (bungee jumping), instituye la lucha de todos contra todos y el cinismo como la norma de todas las acciones y conductas.
¿Puede esperarse que la extraordinaria masa de sufrimiento producida por esta suerte de régimen político-económico pueda servir algún día como punto de partida de un movimiento capaz de detener la carrera hacia el abismo? Ciertamente, estamos frente a una paradoja extraordinaria. Los obstáculos encontrados en el camino hacia la realización del nuevo orden de individuo solitario pero libre pueden imputarse hoy a rigideces y vestigios. Toda intervención directa y consciente de cualquier tipo, al menos en lo que concierne al Estado, es desacreditada anticipadamente y por tanto condenada a borrarse en beneficio de un mecanismo puro y anónimo: el mercado, cuya naturaleza como sitio donde se ejercen los intereses es olvidada. Pero en realidad lo que evita que el orden social se disuelva en el caos, a pesar del creciente volumen de poblaciones en peligro, es la continuidad o supervivencia de las propias instituciones y representantes del viejo orden que está en proceso de desmantelamiento, y el trabajo de todas las categorías de trabajadores sociales, así como todas las formas de solidaridad social y familiar. O si no…
La transición hacia el «liberalismo» tiene lugar de una manera imperceptible, como la deriva continental, escondiendo de la vista sus efectos. Sus consecuencias más terribles son a largo plazo. Estos efectos se esconden, paradójicamente, por la resistencia que a esta transición están dando actualmente los que defienden el viejo orden, alimentándose de los recursos que contenían, en las viejas solidaridades, en las reservas del capital social que protegen una porción entera del presente orden social de caer en la anomia. Este capital social está condenado a marchitarse —aunque no a corto plazo— si no es renovado y reproducido.
Pero estas fuerzas de «conservación», que es demasiado fácil de tratar como conservadoras, son también, desde otro punto de vista, fuerzas de resistencia al establecimiento del nuevo orden y pueden convertirse en fuerzas subversivas. Si todavía hay motivo de abrigar alguna esperanza, es que todas las fuerzas que actualmente existen, tanto en las instituciones del Estado como en las orientaciones de los actores sociales (notablemente los individuos y grupos más ligados a esas instituciones, los que poseen una tradición de servicio público y civil) que, bajo la apariencia de defender simplemente un orden que ha desaparecido con sus correspondientes «privilegios» (que es de lo que se les acusa de inmediato), serán capaces de resistir el desafío solo trabajando para inventar y construir un nuevo orden social. Uno que no tenga como única ley la búsqueda de intereses egoístas y la pasión individual por la ganancia y que cree espacios para los colectivos orientados hacia la búsqueda racional de fines colectivamente logrados y colectivamente ratificados.
¿Cómo podríamos no reservar un espacio especial en esos colectivos, asociaciones, uniones y partidos al Estado: el Estado nación, o, todavía, mejor, al Estado supranacional —un Estado europeo, camino a un Estado mundial— capaz de controlar efectivamente y gravar con impuestos las ganancias obtenidas en los mercados financieros y, sobre todo, contrarrestar el impacto destructivo que estos tienen sobre el mercado laboral. Esto puede lograrse con la ayuda de las confederaciones sindicales organizando la elaboración y defensa del interés público. Querámoslo o no, el interés público no emergerá nunca, aun a costa de unos cuantos errores matemáticos, de la visión de los contabilistas (en un período anterior podríamos haber dicho de los «tenderos») que el nuevo sistema de creencias presenta como la suprema forma de realización humana.
Notas
1. Auguste Walras (1800-66), economista francés, autor de De la nature de la richesse et de l’origine de la valeur [sobre la naturaleza de la riqueza y el origen del valor) (1848). Fue uno de los primeros que intentaron aplicar las matemáticas a la investigación económica.
2. Erving Goffman. 1961. Asylums: Essays On The Social Situation Of Mental Patients And Other Inmates[Manicomios: ensayos sobre la situación de los pacientes mentales y otros reclusos]. Nueva York: Aldine de Gruyter.
3. Ver los dos números dedicados a « Nouvelles formes de domination dans le travail » [nuevas formas de dominación en el trabajo], Actes de la recherche en sciences sociales, Nº 114, setiembre de 1996, y 115, diciembre de 1996, especialmente la introducción por Gabrielle Balazs y Michel Pialoux, « Crise du travail et crise du politique » [crisis del trabajo y crisis política], Nº 114: p. 3-4.
Publicado en Le Monde,Francia. Visto en aquevedo.wordpress.com
El potencial revolucionario de las clases medias

Nunca he sido muy fan del concepto “clase media”. Siempre me ha parecido un camelo. La quintaesencia de la falsa conciencia. No me importa la rima. Todo el mundo era clase media: clase media-alta, clase media-baja, clase media-media. Todos nos sentíamos muy iguales. La crisis está sirviendo para que afloren las diferencias que tan ocultas estaban. Pero hoy no me voy a dedicar a desmontar el mito de la clase media. Tampoco tendría sentido: tiendo a pensar que existe todo aquello a lo que ponemos nombre. Y que si nos sentimos algo, en cierto modo llegamos a convertirnos en ello. Además, gente mucho más cualificada que yo ha llegado incluso a analizar cómo se comportan, de qué pie cojean ideológicamente… E incluso he encontrado argumentos para defender el importantísimo cometido que tienen por delante.
De todas maneras, ahora las cosas están comenzando a cambiar y las encuestas están revelando que la gente está dejando de considerarse clase media. Ése es el mantra: el peor defecto de esta crisis es que está acabando con las clases medias. Nos importan un bledo los pobres de siempre, aquéllos a los que el sistema ha excluido toda la vida.
Pero queríamos seguir hablando de las clases medias. ¿Qué harán ahora que dejan de serlo?, ¿cómo reaccionarán quienes están perdiendo ese preciado status?
José Félix Tezanos (sé que hablamos mucho de él, pero es que en su asignatura, de la que nos acabamos de examinar el grueso de la bibliografía lleva su nombre en la portada y en las últimas semanas casi no hemos podido leer otra cosa), en su libro La sociedad dividida tiene un apartado en el que habla de las orientaciones políticas de las clases medias en el que hace referencia a las diversas teorías respecto a su comportamiento.
¿Cómo son las clases medias? ¿Autoritarias? ¿Moderadas? ¿Revolucionarias? ¿Pasotas?
Según Trotsky, Gramsci y los neomarxistas de la Escuela de Francfort, las clases medias tienen una tendencia natural al autoritarismo. Para ellos, el fascismo es un fenómeno típico con el que responden cuando tienen miedo a perder su status.
Pero hay otros autores que ensalzan a las clases medias porque las creen el sector más educado y más ilustrado de la sociedad. Son los grupos que llevan por bandera valores como la tolerancia, el equilibrio, la moderación… De ahí el vínculo que muchos establecen entre la solidez de una democracia y la existencia de unas numerosas clases medias. Una idea tan vieja como Aristóteles.
Un tercer grupo de estudiosos, los más optimistas, ven un significativo potencial progresista en estos sectores sociales. Incluso hablan de un nuevo radicalismo de clase media. Frank Parkin, en un libro titulado precisamente así, El radicalismo de la clase media, citado por Tezanos, explica cómo, sobre todo la más cualificada, puede desarrollar esa “enfermedad” izquierdista derivada de la situación precaria a la que la condena un determinado orden económico y laboral, el actual: obtiene trabajos por debajo de su nivel educativo que conllevan un nivel de vida que no responde a sus expectativas ni a su origen social. Inconsistencias de status cada vez más frecuentes en España, pero que, según Parkin, pueden llegar a tener un final feliz.
Por último, autores como Wright Mills dicen que las clases medias no tienen una personalidad o una tendencia política muy definida. En realidad, son muy manipulables: “A corto plazo seguirán los caminos del prestigio; a la larga perseguirán los del poder. Entre tanto, en el mercado político de la sociedad norteamericana, las nuevas clases medias están a la venta”, escribe en ‘Las clases medias en Norteamérica’.
La revolución de la fuerza de trabajo educada
Quiero creer que Parkin llegará a tener razón. Afortunadamente, he encontrado más argumentos a favor de esa visión en Sociología industrial, de Rafael López Pintor. Es un manual de Sociología, sí. Parece un rollo. Pero su lectura es apasionante en muchos de sus capítulos. Por ejemplo, en el que voy a reseñar porque alimenta la tesis del carácter revolucionario que pueden adoptar las clases medias en un contexto que se parece mucho al actual.
El análisis parte de algo que puede sonar antiguo, pero nunca ha perdido vigencia. Marx es cierto que se equivocó en su previsión de que todos los trabajadores acabarían proletarizándose: lo que ocurrió fue que se aburguesaron. Porque, si lo pensamos bien, en realidad, las clases medias están formadas por trabajadores por cuenta ajena. Hay quien dice que los empleados de cuello blanco se separaron del resto del proletariado por el artificio y los intereses de la burguesía: divide y vencerás.
Marx se equivocó, pero sólo en el timing. A la larga parece que está acertando. Sus mayores detractores están favoreciendo que sus pronósticos se hagan realidad. Ahora todos nos estamos precarizando. Incluso los ingenieros tienen trabajos basura. El gobernador del Banco de España, Luis Linde, y Esperanza Aguirre quieren que sus sueldos estén por debajo del salario mínimo interprofesional. O que trabajen gratis para la Administración. El sociólogo estadounidense Thorstein Veblen, de influencia marxista, ya hablaba del potencial revolucionario de los ingenieros. Con estas ideas y estas nuevas prácticas en el mercado laboral (en realidad son viejas: estamos volviendo al siglo XIX), la potencia se acabará convirtiendo en acto.
En lugar de una nueva clase media está naciendo una nueva clase obrera. Cuando las cosas van bien, la situación de los ingenieros (pongan aquí la titulación que quieran), dice Serge Mallet, es próxima a la de los capitalistas, puesto que su nivel de vida está ligado a las ganancias de productividad. Pero cuando la situación económica se tuerce, como ahora, dejan de considerarse una aristocracia en el escalafón laboral y pueden comenzar a tomar conciencia de los intereses que les unen con los obreros de toda la vida.
André Gorz, un pensador que acabamos de conocer, explica: “Los técnicos, los ingenieros, los estudiantes, los investigadores descubren que son recipientes de un salario igual que los demás, que son remunerados por una cantidad de trabajo que sólo es bueno en la medida en que origina beneficios a corto plazo. Descubren que la investigación a largo plazo, el trabajo creativo sobre problemas originales y el amor al trabajo son incompatibles con los criterios del beneficio capitalista…, entonces se hace evidente que la lucha por una vida con sentido es la lucha contra el poder del capital”. Estamos ante la revolución de la fuerza de trabajo educada, en palabras de Herbert Gintis.
Vanas esperanzas
Objetivamente, la situación de las clases medias se deteriora. Pero López Pintor reconoce que no sabemos casi nada de los cambios que se están produciendo en su mentalidad, ni tampoco cómo éstos se van a trasladar al sistema político. En definitiva, volviendo a Tezanos, no sabemos si van a tirar por el fascismo, por el pasotismo, por la moderación o por la revolución. Los más optimistas decían, allá por el siglo XIX, que los obreros, como llegarían a ser mayoría en la sociedad, una vez aprobado el sufragio universal, lo tendrían todo hecho.
De todas maneras, no sé cómo podemos caer en la tentación de tener esperanza en que surja un nuevo sujeto revolucionario que ponga en marcha los cambios que necesitamos. O, al menos, que frene esta deriva destructiva de la solidaridad y la redistribución en que hasta hace poco parecían basarse nuestras sociedades. Los tradicionales defensores de los trabajadores nos han propinado una gran decepción estos días al firmar su autorización al recorte del sistema público de pensiones y nos estamos pensando dejar de pagar la cuota sindical. Pero siempre nos quedará la Organización Internacional del Trabajo. O actos de justicia poética, como el premio que esta semana ha recibido la Plataforma de Afectados por la Hipoteca.
Artículo de Cristina Vallejo, visto en www.fronterad.com
El profesor portugués e intelectual referente para los movimientos sociales, Boaventura de Sousa Santos, analiza para ‘Público’ la crisis de la UE y la trampa capitalista de la deuda soberana y las políticas de austeridad para destruir el último bastión de la protección social y laboral, Europa.
























