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Aquí se intentará definir, su temas de estudio, y como surgió. Una forma de explicar esta ciencia.

Sociología y religión – Fenómenos y realidad religiosa

Las problemáticas vicisitudes de la llamada Escuela de Frankfurt parecerían no estar muy afectadas por un tratamiento urgente de los fenómenos religiosos. Ni desde la teoría crítica de la sociedad ni desde la dialéctica negativa se observa algún interés por estudiar el factor “religión” en la sociedad del siglo XX.

Sin embargo, es justamente de Horkheimer y Adorno, en realidad más del primero que del segundo, de donde provienen sugestivas lecturas de la realidad religiosa, que –partiendo de la más antigua perspectiva marxista de los estudiosos de Frankfurt– llegan a notables resultados, cuyas consecuencias son a veces teológicas y otras se reflejan en un fructífero diálogo con los intelectuales más sagaces del siglo XX: desde Paul Tillich (principalmente en el caso de Horkheimer) hasta Barth, desde Buber hasta Ernst Bloch.
Los sociólogos del Institut für Sozialforschung son decididamente contrarios a la metafísica y, por ende, a toda ideología religiosa. Consideran que las iglesias también hacen uso de la razón instrumental, lo que esclaviza al sujeto social domesticándolo en nombre de supuestas motivaciones superiores con finalidades ajenas a su voluntad. Según Horkheimer y Adorno, el Iluminismo ha contribuido a superar la teocracia pero al mismo tiempo ha favorecido el surgimiento de soluciones antidemocráticas y tiránicas en nombre de la racionalización absoluta.

Para Horkheimer existen ámbitos no escrutables del comportamiento humano. En efecto, en lo que se refiere a la religión, su actitud no es una simple negación sino un enfoque cauteloso y para nada obvio. Examina los diferentes aspectos y se expresa con gran libertad utilizando –como es habitual en él– una fina ridiculización, a la que se agregan análisis que no olvidan el papel social desempeñado por los diversos movimientos y creencias religiosas.

Existe en Horkheimer una “nostalgia de lo Otro” que queda inexpresada o suspendida al punto casi de aceptar una hipótesis de lo posible –al referirse a la octava sinfonía de Mahler, Veni Creator Spiritus (“Ven Espíritu Creador”)– frente a la frialdad de Pfitzner (“¿Y si después no viene?”): Horkheimer probablemente habría respondido: “¿Y si luego viene? ¿Por qué no debería venir?”. Más allá de las hipótesis sobre el verdadero pensamiento de Horkheimer, no deja lugar a dudas lo que expresó en ocasión de la muerte de su amigo y colega Adorno: 

“(Adorno) ha hablado siempre de la nostalgia de lo Otro sin utilizar nunca la palabra cielo, eternidad, belleza o algo similar. Y yo creo, y esto es lo grandioso de la problemática, que él, interrogándose sobre el mundo, en definitiva ha considerado lo ‘Otro’, aunque estaba convencido de que este ‘Otro’ no es posible de comprender describiéndolo sino interpretando el mundo tal cual es y considerando que el mundo no es lo único, ni es la meta donde pueden encontrar reposo nuestros pensamientos”.

El mismo Horkheimer, mostrando algún interés por el mensaje del cristianismo (sin por esto traicionar su marxismo inicial), habla explícita y extensamente de una “nostalgia de lo totalmente Otro”. Teniendo bien presente la lección marxista, opina que el factor religioso no ha actuado siempre como elemento de distracción de la práctica terrena pero que también ha desarrollado las energías que hoy estigmatizan su desempeño. Por este motivo, la investigación social debe ocuparse de la religión como uno de los fenómenos que pueden ser entendidos sólo en conexión con la vida social de los hombres, con su cultura material y espiritual. Esta postura aparece ya en el programa inicial del Instituto para la Investigación Social. Para Adorno (1990), quien a pesar de todo muestra evidentemente una inspiración de base tanto judía como protestante, la muerte no constituye la totalidad de la existencia. Sostiene que la metafísica corriente de la muerte no es más que la consolación impotente de la sociedad. Sin embargo, piensa Adorno, la imposibilidad de pensar a fondo la muerte no protege al pensamiento contra lo desconfiable de toda experiencia metafísica. En definitiva, el más allá está negado como realidad pero continúa teniendo espacio en la reflexión filosófica-sociológica. Por lo tanto, las categorías metafísicas viven todavía, secularizadas, en el impulso que tanto en el nivel superior como popular se llama “el problema del sentido de la vida”.

En Minima Moralia está en desacuerdo con el saber dominado por los intereses económicos. La religión que no está sometida a un análisis crítico en su esencia originaria sino en su modalidad ideológica está dispuesta a ser utilizada para fines capitalistas. Si el sociólogo-musicólogo se ocupa del hecho religioso se debe considerar tal actitud-comportamiento dentro de un cuadro de análisis más general, agudo y puntual, aplicado a toda la sociedad burguesa. Este enfoque de Adorno se mueve dentro de las líneas marxistas, aunque no faltan críticas al mismo marxismo. El resultado final es bastante pesimista: se habla de esperanza pero no más allá de la dimensión histórica; se nombra la salvación como posibilidad de esperanza pero con rasgos utópicos.

La investigación de lo Otro a través del mundo, según la visión de Horkheimer sobre el pensamiento de Adorno, es un aspecto ineludible, en particular cuando en el último capítulo de Dialéctica negativa surge el interrogante en torno a Auschwitz: es decir, si la muerte de inocentes no debería encontrar una aclaración, tener un rescate, una instancia última de justicia. Si la luz humana no da claridad a la noche de la injusticia y el sufrimiento, la ausencia de una esperanza ulterior –la de una luz divina que coloque nuevamente cada elemento en orden – se presenta como una monstruosidad inexplicable.

También de Adorno es necesario citar un estudio empírico sobre la consulta del horóscopo, una forma de “superstición de segunda mano”, cuyo contenido examina durante tres meses en el diario Los Angeles Times en 1952-1953, y encuentra que en esto hay tanto una referencia a los mandamientos bíblicos como a las lógicas de una sociedad altamente competitiva. En definitiva, la astrología misma es un instrumento ideológico de dependencia del statu quo.

Erich Fromm es otro exponente del grupo de Frankfurt, aunque a partir de su traslado a los Estados Unidos se aleja cada vez más de las posiciones de sus colegas alemanes. También dedica parte de sus estudios a temáticas espirituales desarrollando la relación entre psicoanálisis y religión, tal como se lee en su obra de 1959 Psicoanálisis y religión Fromm, 1967. En esta ocasión, Fromm afirma: “Si me dedico a discutir nuevamente los problemas de la religión y el psicoanálisis en estos capítulos, es porque quiero demostrar que es erróneo tanto concebirlas como dos disciplinas irreconciliablemente opuestas como pretender identificarlas totalmente. Cualquiera de los dos puntos de vista es simple y cómodo: un examen profundo e imparcial revela que la relación entre la religión y el psicoanálisis es mucho más compleja”. Fromm es problemático cuando se refiere a la religión como si se tratara de una disciplina científica o casi científica. El primero que intenta esta conciliación es Carl G. Jung en 1938, con su antología de conferencias titulada Psychology of Religion, y un poco más tarde, en 1942, con su análisis del simbolismo de la misa. En este último estudio la atención se concentra en el tema de la transformación, puesta en acto durante la celebración eucarística “como símbolo antropomórfico de un estado ultraterreno… al de un más allá inalcanzable”. Luego de haberse inspirado en Freud (2001), especialmente en El porvenir de una ilusión, de la religión Fromm pasa a hablar precisamente de Jung, cuyas ideas le resultan opuestas a las de los freudianos en cuanto le parecen limitadas “a la observación de los hechos” y privadas de toda consideración metafísica o filosófica.

Así ha escrito en la página 2 de la obra Psychology of Religion mientras en la página 4 del mismo texto define la religión como la observación cuidadosa y escrupulosa de lo que Rudolph Otto ha definido oportunamente como “lo numinoso”, es decir, una existencia o un efecto de carácter dinámico, no causado por un acto arbitrario de la voluntad sino como elemento que aferra y controla el sujeto humano. Este último es siempre su víctima más que su creador. Estas citas junguianas son referidas por el mismo Fromm, quien en la conclusión vuelve a analizar los distintos puntos de vista de sus colegas: “Podemos decir que Freud se opone a la religión en nombre de la moral, que su actitud bien podría llamarse ‘religiosa’, mientras Jung reduce la religión a un fenómeno psicológico, y al mismo tiempo eleva el inconsciente a un fenómeno religioso”. En efecto, a Freud se le reconoce el hecho de negar a Dios pero no los ideales éticos, mientras que a Jung se le atribuye enfatizar el nivel inconsciente hasta hacerlo aparecer como una dimensión religiosa. Fromm, a su vez, llega con dificultad a una definición propia de religión: “Cualquier sistema de pensamiento y acción compartido por un grupo, que dé al individuo una orientación y un objeto de devoción”. Si no fuera por la connotación de la devoción, el concepto podría indicar otros fenómenos sociales. Pero Fromm cree que esto es suficiente, porque según su parecer “no hay cultura en el pasado, y parece que no va a haber cultura en el futuro, que no tenga religión en el amplio sentido de nuestra definición”, y además el psicoanálisis es como “la cura del alma” por ser capaz de dar al paciente la “capacidad de amar”.

Artículo de Roberto Cipriani, visto en perfil.com

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El mundo según el sociólogo Manuel Castells: ¿Qué significa hoy la sociología en un mundo tan cambiante?

¿Qué significa hoy la sociología en un mundo tan cambiante como el nuestro?. Personas que han trabajado con él nos ayudan a entender el mundo según Castells. Pienso, luego existo se ha emitido el domingo, 16 de junio, en La 2

Programa dedicado al sociólogo Manuel Castells que antes de su regreso a Estados Unidos donde trabaja en la universidad de California en Berkeley como catedrático de Sociología y Urbanismo, nos explicó lo que hoy en día significa la sociología en un mundo tan cambiante como el nuestro. En esta entrega de “Pienso, luego existo” conocemos en profundidad al sociólogo Manuel Castells (Hellín, 1942).

Catedrático de Sociología y Director del Internet Interdisciplinary Institute de la Universitat Oberta de Catalunya, Catedrático de Tecnología de Comunicación y Sociedad en la Annenberg School of Communication, University of Southern California, y de Sociología y Urbanismo en la Universidad de California en Berkeley,Castells es uno de los sociólogos más citados del mundo.

“conocemos su visión de las nuevas tecnologías y su incidencia en nuestra sociedad”

Reputado experto en la sociedad de la información y de la comunicación, conocemos su visión de las nuevas tecnologías y su incidencia definitoria en nuestra sociedad y en nuestra forma de entender el mundo contemporáneo, así como su compromiso con las “utopías reales” y sus certeros análisis sobre los cambios políticos y sociales que han aparecido en los últimos años.

También aparecen en el programa la Doctora en Ciencias Sociales y rectora de la UOC (Universitat Oberta de Catalunya) Imma Tubella, la investigadora Metitxell Roca, del Internet Interdisciplinay Institute, y la socióloga Marina Subirachs.

Con guión y dirección de Luis Carrizo, ‘Pienso, luego existo’ es una coproducción de TVE y Minoría Absoluta, que reivindica la importancia de la reflexión crítica, del saber, de la filosofía y del arte de preguntar y pensar en el mundo. Fuente: rtve.es

Los enlaces han sido subidos personalmente, pedimos difusión.

Parte 1:

Parte 2:

Pierre Bourdieu: La esencia del Neoliberalismo

¿Tiene razón el discurso dominante? ¿Y qué pasaría si, en realidad, este orden económico no fuera más que la instrumentación de una utopía —la utopía del neoliberalismo— convertida así en un problema político? ¿Un problema que, con la ayuda de la teoría económica que proclama, lograra concebirse como una descripción científica de la realidad?

Esta teoría tutelar es pura ficción matemática. Se fundó desde el comienzo sobre una abstracción formidable. Pues, en nombre de la concepción estrecha y estricta de la racionalidad como racionalidad individual, enmarca las condiciones económicas y sociales de las orientaciones racionales y las estructuras económicas y sociales que condicionan su aplicación.

Para dar la medida de esta omisión, basta pensar precisamente en el sistema educativo. La educación no es tomada nunca en cuenta como tal en una época en que juega un papel determinante en la producción de bienes y servicios tanto como en la producción de los productores mismos. De esta suerte de pecado original, inscrito en el mito walrasiano (1) de la «teoría pura», proceden todas las deficiencias y fallas de la disciplina económica y la obstinación fatal con que se afilia a la oposición arbitraria que induce, mediante su mera existencia, entre una lógica propiamente económica, basada en la competencia y la eficiencia, y la lógica social, que está sujeta al dominio de la justicia.

Dicho esto, esta «teoría» desocializada y deshistorizada en sus raíces tiene, hoy más que nunca, los medios decomprobarse a sí misma y de hacerse a sí misma empíricamente verificable. En efecto, el discurso neoliberal no es simplemente un discurso más. Es más bien un «discurso fuerte» —tal como el discurso siquiátrico lo es en un manicomio, en el análisis de Erving Goffman (2). Es tan fuerte y difícil de combatir solo porque tiene a su lado todas las fuerzas de las relaciones de fuerzas, un mundo que contribuye a ser como es. Esto lo hace muy notoriamente al orientar las decisiones económicas de los que dominan las relaciones económicas. Así, añade su propia fuerza simbólica a estas relaciones de fuerzas. En nombre de este programa científico, convertido en un plan de acción política, está en desarrollo un inmenso proyecto político, aunque su condición de tal es negada porque luce como puramente negativa. Este proyecto se propone crear las condiciones bajo las cuales la «teoría» puede realizarse y funcionar: un programa de destrucción metódica de los colectivos.

El movimiento hacia la utopía neoliberal de un mercado puro y perfecto es posible mediante la política de derregulación financiera. Y se logra mediante la acción transformadora y, debo decirlo, destructiva de todas las medidas políticas (de las cuales la más reciente es el Acuerdo Multilateral de Inversiones, diseñado para proteger las corporaciones extranjeras y sus inversiones en los estados nacionales) que apuntan a cuestionar cualquiera y todas las estructuras que podrían servir de obstáculo a la lógica del mercado puro: la nación, cuyo espacio de maniobra decrece continuamente; las asociaciones laborales, por ejemplo, a través de la individualización de los salarios y de las carreras como una función de las competencias individuales, con la consiguiente atomización de los trabajadores; los colectivos para la defensa de los derechos de los trabajadores, sindicatos, asociaciones, cooperativas; incluso la familia, que pierde parte de su control del consumo a través de la constitución de mercados por grupos de edad.

El programa neoliberal deriva su poder social del poder político y económico de aquellos cuyos intereses expresa: accionistas, operadores financieros, industriales, políticos conservadores y socialdemócratas que han sido convertidos en los subproductos tranquilizantes del laissez faire, altos funcionarios financieros decididos a imponer políticas que buscan su propia extinción, pues, a diferencia de los gerentes de empresas, no corren ningún riesgo de tener que eventualmente pagar las consecuencias. El neoliberalismo tiende como un todo a favorecer la separación de la economía de las realidades sociales y por tanto a la construcción, en la realidad, de un sistema económico que se conforma a su descripción en teoría pura, que es una suerte de máquina lógica que se presenta como una cadena de restricciones que regulan a los agentes económicos.

La globalización de los mercados financieros, cuando se unen con el progreso de la tecnología de la información, asegura una movilidad sin precedentes del capital. Da a los inversores preocupados por la rentabilidad a corto plazo de sus inversiones la posibilidad de comparar permanentemente la rentabilidad de las más grandes corporaciones y, en consecuencia, penalizar las relativas derrotas de estas firmas. Sujetas a este desafío permanente, las corporaciones mismas tienen que ajustarse cada vez más rápidamente a las exigencias de los mercados, so pena de «perder la confianza del mercado», como dicen, así como respaldar a sus accionistas. Estos últimos, ansiosos de obtener ganancias a corto plazo, son cada vez más capaces de imponer su voluntad a los gerentes, usando comités financieros para establecer las reglas bajo las cuales los gerentes operan y para conformar sus políticas de reclutamiento, empleo y salarios.

Así se establece el reino absoluto de la flexibilidad, con empleados por contratos a plazo fijo o temporales y repetidas reestructuraciones corporativas y estableciendo, dentro de la misma firma, la competencia entre divisiones autónomas así como entre equipos forzados a ejecutar múltiples funciones. Finalmente, esta competencia se extiende a los individuos mismos, a través de la individualización de la relación de salario: establecimiento de objetivos de rendimiento individual, evaluación del rendimiento individual, evaluación permanente, incrementos salariales individuales o la concesión de bonos en función de la competencia y del mérito individual; carreras individualizadas; estrategias de «delegación de responsabilidad» tendientes a asegurar la autoexplotación del personal, como asalariados en relaciones de fuerte dependencia jerárquica, que son al mismo tiempo responsabilizados de sus ventas, sus productos, su sucursal, su tienda, etc., como si fueran contratistas independientes. Esta presión hacia el «autocontrol» extiende el «compromiso» de los trabajadores de acuerdo con técnicas de «gerencia participativa» considerablemente más allá del nivel gerencial. Todas estas son técnicas de dominación racional que imponen el sobrecompromiso en el trabajo (y no solo entre gerentes) y en el trabajo en emergencia y bajo condiciones de alto estrés. Y convergen en el debilitamiento o abolición de los estándares y solidaridades colectivos (3).

De esta forma emerge un mundo darwiniano —es la lucha de todos contra todos en todos los niveles de la jerarquía, que encuentra apoyo a través de todo el que se aferra a su puesto y organización bajo condiciones de inseguridad, sufrimiento y estrés. Sin duda, el establecimiento práctico de este mundo de lucha no triunfaría tan completamente sin la complicidad de arreglos precarios que producen inseguridad y de la existencia de un ejército de reserva de empleados domesticados por estos procesos sociales que hacen precaria su situación, así como por la amenaza permanente de desempleo. Este ejército de reserva existe en todos los niveles de la jerarquía, incluso en los niveles más altos, especialmente entre los gerentes. La fundación definitiva de todo este orden económico colocado bajo el signo de la libertad es en efecto laviolencia estructural del desempleo, de la inseguridad de la estabilidad laboral y la amenaza de despido que ella implica. La condición de funcionamiento «armónico» del modelo microeconómico individualista es un fenómeno masivo, la existencia de un ejército de reserva de desempleados.

La violencia estructural pesa también en lo que se ha llamado el contrato laboral (sabiamente racionalizado y convertido en irreal por «la teoría de los contratos»). El discurso organizacional nunca habló tanto de confianza, cooperación, lealtad y cultura organizacional en una era en que la adhesión a la organización se obtiene en cada momento por la eliminación de todas las garantías temporales (tres cuartas partes de los empleos tienen duración fija, la proporción de los empleados temporales continúa aumentando, el empleo «a voluntad» y el derecho de despedir un individuo tienden a liberarse de toda restricción).

Así, vemos cómo la utopía neoliberal tiende a encarnarse en la realidad en una suerte de máquina infernal, cuya necesidad se impone incluso sobre los gobernantes. Como el marxismo en un tiempo anterior, con el que en este aspecto tiene mucho en común, esta utopía evoca la creencia poderosa —la fe del libre comercio— no solo entre quienes viven de ella, como los financistas, los dueños y gerentes de grandes corporaciones, etc., sino también entre aquellos que, como altos funcionarios gubernamentales y políticos, derivan su justificación viviendo de ella. Ellos santifican el poder de los mercados en nombre de la eficiencia económica, que requiere de la eliminación de barreras administrativas y políticas capaces de obstaculizar a los dueños del capital en su procura de la maximización del lucro individual, que se ha vuelto un modelo de racionalidad. Quieren bancos centrales independientes. Y predican la subordinación de los estados nacionales a los requerimientos de la libertad económica para los mercados, la prohibición de los déficits y la inflación, la privatización general de los servicios públicos y la reducción de los gastos públicos y sociales.

Los economistas pueden no necesariamente compartir los intereses económicos y sociales de los devotos verdaderos y pueden tener diversos estados síquicos individuales en relación con los efectos económicos y sociales de la utopía, que disimulan so capa de razón matemática. Sin embargo, tienen intereses específicos suficientes en el campo de la ciencia económica como para contribuir decisivamente a la producción y reproducción de la devoción por la utopía neoliberal. Separados de las realidades del mundo económico y social por su existencia y sobre todo por su formación intelectual, las más de las veces abstracta, libresca y teórica, están particularmente inclinados a confundir las cosas de la lógica con la lógica de las cosas.

Estos economistas confían en modelos que casi nunca tienen oportunidad de someter a la verificación experimental y son conducidos a despreciar los resultados de otras ciencias históricas, en las que no reconocen la pureza y transparencia cristalina de sus juegos matemáticos y cuya necesidad real y profunda complejidad con frecuencia no son capaces de comprender. Aun si algunas de sus consecuencias los horrorizan (pueden afiliarse a un partido socialista y dar consejos instruidos a sus representantes en la estructura de poder), esta utopía no puede molestarlos porque, a riesgo de unas pocas fallas, imputadas a lo que a veces llaman «burbujas especulativas», tiende a dar realidad a la utopía ultralógica (ultralógica como ciertas formas de locura) a la que consagran sus vidas.

Y sin embargo el mundo está ahí, con los efectos inmediatamente visibles de la implementación de la gran utopía neoliberal: no solo la pobreza de un segmento cada vez más grande de las sociedades económicamente más avanzadas, el crecimiento extraordinario de las diferencias de ingresos, la desaparición progresiva de universos autónomos de producción cultural, tales como el cine, la producción editorial, etc., a través de la intrusión de valores comerciales, pero también y sobre todo a través de dos grandes tendencias. Primero la destrucción de todas las instituciones colectivas capaces de contrarrestar los efectos de la máquina infernal, primariamente las del Estado, repositorio de todos los valores universales asociados con la idea del reino de lo público. Segundo la imposición en todas partes, en las altas esferas de la economía y del Estado tanto como en el corazón de las corporaciones, de esa suerte de darwinismo moral que, con el culto del triunfador, educado en las altas matemáticas y en el salto de altura (bungee jumping), instituye la lucha de todos contra todos y el cinismo como la norma de todas las acciones y conductas.

¿Puede esperarse que la extraordinaria masa de sufrimiento producida por esta suerte de régimen político-económico pueda servir algún día como punto de partida de un movimiento capaz de detener la carrera hacia el abismo? Ciertamente, estamos frente a una paradoja extraordinaria. Los obstáculos encontrados en el camino hacia la realización del nuevo orden de individuo solitario pero libre pueden imputarse hoy a rigideces y vestigios. Toda intervención directa y consciente de cualquier tipo, al menos en lo que concierne al Estado, es desacreditada anticipadamente y por tanto condenada a borrarse en beneficio de un mecanismo puro y anónimo: el mercado, cuya naturaleza como sitio donde se ejercen los intereses es olvidada. Pero en realidad lo que evita que el orden social se disuelva en el caos, a pesar del creciente volumen de poblaciones en peligro, es la continuidad o supervivencia de las propias instituciones y representantes del viejo orden que está en proceso de desmantelamiento, y el trabajo de todas las categorías de trabajadores sociales, así como todas las formas de solidaridad social y familiar. O si no…

La transición hacia el «liberalismo» tiene lugar de una manera imperceptible, como la deriva continental, escondiendo de la vista sus efectos. Sus consecuencias más terribles son a largo plazo. Estos efectos se esconden, paradójicamente, por la resistencia que a esta transición están dando actualmente los que defienden el viejo orden, alimentándose de los recursos que contenían, en las viejas solidaridades, en las reservas del capital social que protegen una porción entera del presente orden social de caer en la anomia. Este capital social está condenado a marchitarse —aunque no a corto plazo— si no es renovado y reproducido.

Pero estas fuerzas de «conservación», que es demasiado fácil de tratar como conservadoras, son también, desde otro punto de vista, fuerzas de resistencia al establecimiento del nuevo orden y pueden convertirse en fuerzas subversivas. Si todavía hay motivo de abrigar alguna esperanza, es que todas las fuerzas que actualmente existen, tanto en las instituciones del Estado como en las orientaciones de los actores sociales (notablemente los individuos y grupos más ligados a esas instituciones, los que poseen una tradición de servicio público y civil) que, bajo la apariencia de defender simplemente un orden que ha desaparecido con sus correspondientes «privilegios» (que es de lo que se les acusa de inmediato), serán capaces de resistir el desafío solo trabajando para inventar y construir un nuevo orden social. Uno que no tenga como única ley la búsqueda de intereses egoístas y la pasión individual por la ganancia y que cree espacios para los colectivos orientados hacia la búsqueda racional de fines colectivamente logrados y colectivamente ratificados.

¿Cómo podríamos no reservar un espacio especial en esos colectivos, asociaciones, uniones y partidos al Estado: el Estado nación, o, todavía, mejor, al Estado supranacional —un Estado europeo, camino a un Estado mundial— capaz de controlar efectivamente y gravar con impuestos las ganancias obtenidas en los mercados financieros y, sobre todo, contrarrestar el impacto destructivo que estos tienen sobre el mercado laboral. Esto puede lograrse con la ayuda de las confederaciones sindicales organizando la elaboración y defensa del interés público. Querámoslo o no, el interés público no emergerá nunca, aun a costa de unos cuantos errores matemáticos, de la visión de los contabilistas (en un período anterior podríamos haber dicho de los «tenderos») que el nuevo sistema de creencias presenta como la suprema forma de realización humana.

Notas

1. Auguste Walras (1800-66), economista francés, autor de De la nature de la richesse et de l’origine de la valeur [sobre la naturaleza de la riqueza y el origen del valor) (1848). Fue uno de los primeros que intentaron aplicar las matemáticas a la investigación económica.

2. Erving Goffman. 1961. Asylums: Essays On The Social Situation Of Mental Patients And Other Inmates[Manicomios: ensayos sobre la situación de los pacientes mentales y otros reclusos]. Nueva York: Aldine de Gruyter.

3. Ver los dos números dedicados a « Nouvelles formes de domination dans le travail » [nuevas formas de dominación en el trabajo], Actes de la recherche en sciences sociales, Nº 114, setiembre de 1996, y 115, diciembre de 1996, especialmente la introducción por Gabrielle Balazs y Michel Pialoux, « Crise du travail et crise du politique » [crisis del trabajo y crisis política], Nº 114: p. 3-4.

Publicado en Le Monde,Francia. Visto en aquevedo.wordpress.com

Zygmunt Bauman “Hemos perdido el arte de las relaciones sociales”

La humanidad ha olvidado cómo ser feliz, advierte el sociólogo polaco

“Hay que replantearse el concepto de felicidad, se lo digo totalmente en serio”. El hombre que bautizó este tiempo de incertidumbre como modernidad líquidarepara durante gran parte de la conversación en el deseo más universal de la humanidad. El filósofo y pensadorZygmunt Bauman (Poznan, Polonia, 1925) cree que se nos ha olvidado cómo alcanzarla: “Generamos una especie de sentido de la culpabilidad que nos lo impide”.

Bauman recaló recientemente en la capital para ofrecer una conferencia en la Universidad Europea de Madrid a propósito de su último libro Sobre la educación en un mundo líquido, publicado en 2013. La conversación transcurre en una mesa de reuniones, frente a una botella de agua que apenas toca y un gran ventanal. Y ahí, con un gesto grave como su voz, profundiza sobre la felicidad, la crisis económica, las redes sociales o la juventud. “La búsqueda de una vida mejor es lo que nos ha sacado de las cuevas, un instinto natural y perfectamente comprensible, pero en el último medio siglo se ha llegado a pensar que es equivalente al aumento de consumo y eso es muy peligroso”, señala el premio Príncipe de Asturias 2010. Con mirada enérgica, anima a cambiar los referentes: “Hemos olvidado el amor, la amistad, los sentimientos, el trabajo bien hecho”. Lo que se consume, lo que se compra “son solo sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos”, despacha el filósofo que, a sus 88 años, arranca y despide el encuentro matutino fumándose una pipa de tabaco y un cigarro.

Describe un círculo vicioso familiar a propósito de la asociación de felicidad y consumo. El padre o la madre que dedican parte del sueldo a comprar la consola al hijo, porque se sienten culpables al no dedicarles tiempo. Le hacen el regalo, pero el modelo queda obsoleto pronto y se comprometen a facilitarle el siguiente. “Para pagarlo necesitarán más éxito profesional, estar más disponibles para el jefe, usar un tiempo que quitarás a tu familia…”.

Zygmunt Bauman no tiene teléfono móvil ni perfil en las redes sociales, pero “desgraciadamente” se ve obligado a observarlos de cerca: “No tengo más remedio que interesarme por estos fenómenos por motivos profesionales”. Abomina de ellos porque considera que invaden todos los espacios y diluyen las relaciones humanas. “El viejo límite sagrado entre el horario laboral y el tiempo personal ha desaparecido. Estamos permanentemente disponibles, siempre en el puesto de trabajo”, dice.

No le gusta el papel que juegan en la vida laboral y tampoco el que suplantan, en su opinión, en las relaciones personales. Se acuerda de Mark Zuckerberg, que ideó la red Facebook para ser un chico popular. “Claramente ha encontrado una mina de oro, pero el oro que él buscaba era otro: quería tener amigos”.

“Todo es más fácil en la vida virtual, pero hemos perdido el arte de las relaciones sociales y la amistad”, se detiene. Las pandillas de amigos o las comunidades de vecinos “no te aceptan porque sí, pero ser miembro de un grupo de en Facebook es facilísimo. Puedes tener más de 500 contactos sin moverte de casa, le das a un botón y ya”.

Fuente: elpais.com

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